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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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MUJER

Física y moral

Mujer - Diccionario Filosófico de VoltaireLa mujer, generalmente hablando, es menos fuerte que el hombre, menos alta, menos capaz de trabajos largos; su sangre es más acuosa, su carne no es tan compacta, su pelo es más largo, sus miembros más redondos, sus brazos no tienen tantos músculos, su boca es más pequeña, sus nalgas son más levantadas, sus caderas están más separadas y su vientre más pronunciado. Éstos son los caracteres que distinguen a las mujeres en todo el mundo y en todas las especies, desde la Laponia hasta la costa de Guinea, así en la América como en la China.

Plutarco, en el tercer libro de los Propósitos de mesa, sostiene que el vino no las embriaga con tanta facilidad como a los hombres, y he aquí la razón que alega para probar lo que no es verdad:

«La temperatura natural de las mujeres es muy húmeda, lo que hace que sus carnes sean blandas y relucientes y que tengan sus purgaciones menstruales. Cuando el vino llega a caer en tan grande humedad, al encontrarse vencido pierde su color y su fuerza, y queda descolorido y estancado; y aquí puede aplicarse algo de las palabras de Aristóteles, cuando asegura que los que beben grandes tragos sin tomar alimento, no se emborrachan con tanta facilidad, pues el vino permanece poco dentro del cuerpo, porque bebiéndolo con fuerza, pasa pronto por todas partes. Como comúnmente vemos que las mujeres beben de esa manera, es verosímil que su cuerpo, a causa de la continua atracción que se hace de los humores de arriba a bajo por efecto de sus purgaciones menstruales, esté lleno de muchos conductos que tengan tubos por los que el vino que cae sale con celeridad y fácilmente, sin poder tenerse en las partes nobles y principales, que cuando las perturba, causa la embriaguez.» Ésta es la física que sabían los antiguos.

Las mujeres viven algo más que los hombres, o lo que es igual, en una generación se encuentran más viejas que viejos. Esto es lo que han observado los que han hecho estadísticas de los nacidos y de los muertos. Es de creer que suceda en Asia y entre los negros, los rojos y los cobrizos, lo mismo que sucede a los blancos. Natura est semper sibi consona.

Hemos copiado ya en otra parte el extracto de un diario de la China, que refiere que, habiendo hecho algunos presentes, el año 1725, la mujer del emperador Yong-tchin a las mujeres pobres de la China que tuvieran más de setenta años, hubo sólo en la provincia de Cantón 98.222 mujeres de setenta años cumplidos, 40.893 de más de ochenta años, y 3.453 que tenían cerca de cien años. Los partidarios de las causas finales dicen que la Naturaleza les concede más larga vida que a los hombres para recompensarlas de los padecimientos que les causa llevar nueve meses los hijos en el vientre, parirlos y alimentarlos. No es creíble que la Naturaleza de recompensas, pero es probable que siendo más dulce la sangre de las mujeres, sus fibras se endurezcan más tarde. Ningún anatomista, ningún físico pudo saber jamás cómo conciben. Las emisiones periódicas de sangre que debilitan a las mujeres durante esa época, las enfermedades que nacen de la supresión del menstruo, el tiempo del embarazo, la necesidad de amamantar a los hijos y de cuidarlos sin cesar y la delicadeza de sus miembros, las hacen poco a propósito para las fatigas de la guerra y para el furor de los combates. No cabe duda de que han existido en casi todos los tiempos y en casi todos los países mujeres a las que la Naturaleza dotó de valor y de fuerza extraordinaria y que se han batido con los hombres, pero estos casos son muy raros.

La parte física dirige siempre la parte moral. Como las mujeres son más débiles de cuerpo que nosotros, manejan los dedos con más facilidad y ligereza y no pueden dedicarse a trabajos penosos, estando necesariamente encargadas de los quehaceres menos pesados del interior de la casa, y sobre todo del cuidado de los hijos, y llevando una vida más sedentaria, deben ser más dulces de carácter que la raza masculina, y por lo tanto deben inclinarse mucho menos a cometer delitos: esto es tan cierto, que en todos los países civilizados sólo se condena a la pena de muerte a una mujer por cada cincuenta hombres (1).

Montesquieu, en el Espíritu de las leyes, prometiendo ocuparse de la condición de las mujeres en las diversas clases de gobierno, dice que «en Grecia a las mujeres no se las consideraba dignas de participar del verdadero amor y que el amor entre los griegos tenía una forma que no nos atrevemos a explicar». Como garantía de lo que dice, cita a Plutarco. Semejante error sólo es perdonable a una imaginación como la de Montesquieu, que se deja arrastrar por la rapidez de sus ideas, muchas veces incoherentes. Plutarco, en el capítulo que dedica al amor, introduce varios interlocutores, y él mismo, tomando el nombre de Dphneus, refuta con energía todo lo que dice Protognes referente a la liviandad de los mancebos. Precisamente en ese mismo diálogo llega a decir que hay en el amor de las mujeres algo divino; compara este amor con el sol, que anima a la Naturaleza; coloca la felicidad en el amor conyugal, y termina el diálogo con un magnífico elogio que hace de la virtud de Eponina.

La memorable aventura de Eponina pasó delante de Plutarco, que vivió algún tiempo en la casa de Vespasiano. Dicha heroína, al saber que su marido Sabino fue vencido por las tropas del emperador y estaba escondido en una caverna profunda situada entre el Franco Condado y la Champagne, le buscó y se encerró sola con él, le sirvió y le proporcionó alimento durante muchos años y tuvo hijos de él. La apresaron con su marido, la presentaron a Vespasiano, que se asombró de su grandeza de alma, y ella le dijo: «Viví más feliz debajo de tierra y en la oscuridad, que tú a la luz del sol y en la cumbre del poder.» Plutarco afirma, pues precisamente lo contrario de lo que le hace decir Montesquieu, y se pronuncia en favor de las mujeres con verdadero entusiasmo.

No debe sorprender que en todas partes el hombre haya sido dueño de la mujer, fundándose en la fuerza casi todo lo del mundo. Además, ordinariamente el hombre es superior a la mujer en el cuerpo y en el espíritu. Han existido mujeres sabias, como han existido mujeres guerreras; pero nunca hubo mujeres inventoras. Han nacido para agradar y para ser el adorno de las sociedades, y parece que hayan sido creadas para suavizar las costumbres de los hombres.

Las mujeres en ninguna república tuvieron parte en el gobierno; no han reinado nunca en los Imperios puramente electivos, pero han reinado en muchas monarquías hereditarias de Europa, en España, en Nápoles, en Inglaterra, en muchos Estados del Norte. La ley Sálica las excluyó de la sucesión a la corona de Francia, y esto no fue, como dice Mezerai, por ser incapaces de gobernar, porque han gobernado como regentes del reino. Además, desmienten a Mezerai Isabel la Católica en Castilla, Isabel en Inglaterra y María Teresa en Hungría.

La ignorancia supuso mucho tiempo que las mujeres eran esclavas toda la vida entre los mahometanos, y que cuando morían no les permitían entrar en el paraíso. Estos son dos grandes errores que falsamente se a atribuido al mahometismo. Las esposas no son completamente esclavas. El sura o capítulo IV del Corán les asigna viudedad. La hija percibe la mitad de los bienes que hereda su hermano. Si en el matrimonio no hay mas que hijas, se reparten los dos tercios de la sucesión y el resto lo perciben los parientes del muerto; cada una de las dos líneas hereda la sexta parte, y la madre del muerto tiene también derecho en la sucesión. Las esposas no puede decirse que son esclavas, porque tienen permiso para pedir el divorcio, que se concede cuando júzganse sus quejas legítimas.

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(1) Véase el artículo titulado Hombre.

 

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