MORAL
Predicadores charlatanes, controversistas extravagantes, recordad que vuestro maestro no dijo nunca que el sacramento era el signo
visible de una cosa invisible; que no admitió cuatro virtudes cardinales y tres
teologales; que no examinó si su madre vino al mundo maculada o inmaculada; que nunca dijo que los niños que murieran sin bautizar serían condenados. Proclamó esta verdad tan antigua como
el mundo: «Amad a Dios y a vuestro prójimo.» Concretaos, pues, a esta regla, miserables ergotistas; predicad la moral y nada más.
Predicad, pero observadla al mismo tiempo; que no resuenen vuestros procesos en los tribunales; que no arranque la garra de un
procurador un puñado de harina de la boca de la viuda y del huérfano; no os disputéis un beneficio insignificante con el mismo furor que
se disputaron el papismo en el gran cisma de Occidente. Frailes, no pongáis contribución al universo, y entonces os creeremos.
Acabo de leer las siguientes palabras en una declamación que consta de catorce volúmenes, intitulada
Historia del Bajo Imperio, escrita por Le Beau.: «Los cristianos tenían una moral, pero los paganos no la tenían.» ¿Dónde habrá aprendido semejante tontería el citado autor? ¿No es moral la de Sócrates, la de Zeleuco, la de Carondas, la de Cicerón, la de Epicteto y la de Marco Antonio? No hay mas que una moral, señor Le Beau, como no hay mas que una geometría. A esto se me replicará que la mayoría de los hombres desconocen la geometría. Es cierto, pero todos los que se aplican
a estudiarla, tienen un parecer unánime sobre ella. Los agricultores, los artesanos y los artistas no han estudiado ningún curso de moral; no han leído ni
De Finibus de Cicerón, ni la Ética de Aristóteles, pero en cuanto reflexionan, sin saberlo, son discípulos de Cicerón; el tintorero indio, el pastor tártaro y el marinero de Inglaterra, saben lo que es justo y lo que es injusto. Confucio no inventó su sistema de moral como se inventa un sistema físico: lo encontró grabado en el corazón de todos los hombres.
Esa moral estaba impresa en el corazón del pretor Festo cuando los judíos le daban prisa para que hiciera morir pronto
a Pablo, porque había introducido extranjeros en su templo. «Sabed —dijo
a los judíos el pretor— que los romanos no sentencian a nadie sin haberle oído antes.» Si los judíos carecían de moral
o faltaban a ésta, los romanos la conocían y la honraban.
La moral no consiste en la superstición ni en las ceremonias ni tiene nada de común con los dogmas. Nunca repetiremos bastante que los dogmas son diferentes en cada país y que la moral es la misma para todos los hombres que usan el don de la razón. La moral nace de Dios, como la luz, y las supersticiones sólo son tinieblas.
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