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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Moisés

 

MISA

Misa - Diccionario Filosófico de VoltaireLa misa, hablando en el lenguaje ordinario, es la mayor y más augusta de las ceremonias de la Iglesia. Le dan diferentes calificativos, según los ritos que se observan en las diversas regiones donde se celebra, y se llama misa muzárabe o gótica, griega y latina. Durango y Eckio llaman «seca» a la misa en la que no se hace la consagración, como es la que hacen decir a los aspirantes al sacerdocio, y el cardenal de Bona refiere, copiándolo de Guillermo de Nangis, que San Luis, durante el viaje que hizo a ultramar, siempre mandaba que le dijeran una misa de esa clase para evitar que el balanceo del buque derramara el vino consagrado.

Pedro el Chantre habla también de la misa de dos, de tres y hasta de cuatro aspectos, en la que el sacerdote celebraba la misa del día o el de la fiesta hasta el ofertorio, y después la empezaba una segunda, una tercera y a veces una cuarta vez, hasta llegar a la indicada parte; en seguida publicaba tantos secretos como misas había empezadas, pero para todas ellas sólo citaba una vez el canon, y al fin añadía tantas colectas como misas había dicho.

Hasta fines del siglo IV, la palabra «misa» no empezó a significar la celebración de la eucaristía. El sabio Beato Renano, en las notas que puso a Tertuliano, observa que San Ambrosio consagró esa frase del pueblo tomada de que hacían salir fuera a los catecúmenos después que oían la lectura del Evangelio.

Encuéntrase en las Constituciones apostólicas una liturgia que da a entender que en vez de invocar a los santos en el canon de la misa, la primitiva Iglesia les rezaba. «Os ofrecemos, Señor —decía el celebrante—, este pan y este cáliz para todos los santos que merecieron vuestra estimación particular desde el principio de los siglos, para los patriarcas, los profetas, los justos, los apóstoles, los mártires, los confesores, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los subdiáconos, los lectores, los chantres, las vírgenes, las viudas, los laicos y para todos los que os sean conocidos.» San Cirilo de Jerusalén, que vivía en el siglo IV, añade lo siguiente: «Después de esa invocación conmemorábamos a los que murieron antes que nosotros, poniendo en primer lugar a los patriarcas, a los apóstoles y a los mártires, para que Dios atienda nuestras preces por su intercesión.» Esto prueba, como lo explicaremos en el artículo titulado Reliquias, que el culto de los santos empezaba entonces a introducirse en la Iglesia.

Noel Alejandro cita las Actas de San Andrés, en las que dice este apóstol (1): «Inmolo yo todos los días en el altar del único Dios verdadero, no carne de toro ni carne de macho cabrío, sino el Cordero inmaculado, que queda siempre entero y vivo después del sacrificio, y cuya carne puede comer todo el pueblo fiel.» Pero el sabio dominico Noel Alejandro confiesa que dicho escrito no se conoció hasta el siglo VIII. El primero que lo cita es Eterio, obispo de Osma, que escribió contra Elipando el año 788.

Abdías refiere que San Juan, advertido por el Señor de que iba a morir, se preparó para la muerte y recomendó su iglesia a Dios. Después se hizo traer pan; elevó las miradas al cielo, bendijo el pan, lo cortó y lo distribuyó entre todos los que estaban presentes, diciéndoles: «Quiero que mi parte sea como la vuestra, y la vuestra como la mía.» Esta manera de celebrar la eucaristía, que significa acción de gracias, es más conforme con la institución de dicha ceremonia.

En efecto, San Lucas (2) nos dice que Jesús, después de distribuir el pan y el vino entre los apóstoles que cenaban con él, les dijo: «Haced esto en memoria de mí.» San Mateo (3) y San Marcos (3) dicen además que Jesucristo cantó un himno. San Juan, que no habla en su Evangelio de la distribución del pan y del vino ni del himno, se extiende sobre esto en el último artículo de sus Actas, cuyo texto cita el segundo Concilio de Nicea.

«Antes que el Señor fuera apresado por los judíos —dice el apóstol querido de Jesús—, nos reunió a todos y nos dijo: «Cantemos un himno en honor del Padre y después ejecutaremos el designio tal como nos lo hemos propuesto.» Nos mandó que formáramos círculos y que nos cogiéramos de las manos unos de otros, y colocándose en medio del círculo, nos dijo: «Amen; seguidme.» Entonces empezó el cántico, y dijo: «Gloria al Padre.» Todos respondieron: «Amén, Jesús.» Continuó cantando: «Gloria al Verbo, gloria al Espíritu Santo», y los apóstoles respondían siempre: «Amén.» Después de algunos otros versículos, Jesús dijo: «Quiero salvarme y quiero salvar.» «Amén.» «Quiero ser desatado y quiero desatar.» «Amén.» «Quiero ser herido y herir.» «Amén.» «Quiero hacer y quiero engendrar.» «Amén.» «Quiero comer y quiero ser consumido.» «Amén.» «Quiero que me oigan y quiero oír.» «Amén.» «Quiero que me comprenda el espíritu, siendo como soy todo espíritu y todo inteligencia.» ,«Amén.» «Quiero lavar y quiero que me laven.» «Amén.» «La gracia reclama la danza, voy a tocar la flauta; danzad todos.» «Amén.» «Voy a cantar aires lúgubres; lamentaos todos.» «Amén.»

San Agustín, que comenta parte de dicho himno, en su epístola 237, dirigida a Cerezos, le añade además lo siguiente: «Quiero adorar y ser adorado. Soy una lámpara para los que me ven y me conocen. Soy la puerta para todos los que quieran llamar. Vosotros, los que visteis lo que yo he hecho, guardaos bien de comunicarlo a nadie.»

La danza de Jesús y de los apóstoles es indudablemente copiada de la de los terapeutas de Egipto, que después de cenar danzaban en sus asambleas, al principio divididos en dos coros y luego hombres y mujeres juntos, después de beber mucho vino celeste en la fiesta de Baco, como dice Filón.

Sabemos, por otra parte, tomándolo de la tradición de los judíos, que después que salieron de Egipto y pasaron el mar Rojo, Moisés y su hermana reunieron dos coros de música, uno de hombres y otro de mujeres, que entonaron un cántico en acción de gracias. Los instrumentos que reunieron con facilidad, los coros que se reunieron con prontitud, la sencillez con que ejecutaron los cantos y la danza, hacen suponer que estaban prácticos en esos dos ejercicios desde tiempos anteriores.

Ese uso se perpetuó en el pueblo judío. Las hijas de Silo danzaban, siguiendo la costumbre, en la fiesta solemne del Señor, cuando las jóvenes de la tribu de Benjamín, a quienes se las negaron por esposas, las robaron por consejo de los ancianos de Israel. Todavía hoy en la Palestina se reúnen las mujeres cerca de las tumbas de sus padres, danzan de un modo lúgubre y lanzan gritos lastimeros.

Sabernos también que los primitivos cristianos se reunían para celebrar sus ágapes, o sean comidas de caridad, como recuerdo de la última cena que Jesús verificó con sus apóstoles: los paganos las tomaron por pretexto para dirigirles los reproches más odiosos, y entonces, para evitar toda sombra de licencia, los pastores prohibieron que el beso de paz con que terminaba dicha ceremonia se lo dieran personas de diferente sexo. Otros abusos, de los que ya se quejaba San Pablo (5), y que el Concilio de Gangres (6), el año 324, se propuso inútilmente reformar, consiguieron que aboliera los ágapes el año 397 el tercer Concilio de Cartago, cuyo canon 41 manda que se celebren los santos misterios en ayunas.

No debe dudarse de que la danza acompañaba a dichos festines, si nos fijamos en que dice Escalígero que los obispos se llamaron præsules en la Iglesia latina, por ser los que rompían el baile. Helyot, en su Historia de las órdenes monásticas, dice también que durante las persecuciones que perturbaron a los antiguos cristianos, se formaron congregaciones de hombres y de mujeres que, imitando a los terapeutas, se retiraron a los desiertos, donde se reunían en cabañas los domingos y los días de fiesta, y bailaban devotamente cantando los rezos de la Iglesia.

En Portugal, en España y en el Rosellón, bailan aún en la actualidad danzas solemnes en honor de los misterios del cristianismo. Todas las vísperas de la fiesta de la Virgen, las doncellas se reúnen a la puerta de las iglesias dedicadas al culto de aquélla, y pasan la noche bailando en círculo y cantando himnos en su honor. El cardenal Jiménez restableció en su época en la catedral de Toledo la antigua práctica de las misas muzárabes, durante las que bailaban en el coro y en la nave de la iglesia con tanto orden como devoción. En Francia, a mitad del siglo XVII, todavía los sacerdotes y el pueblo de Limoges bailaban formando coro en la colegiata, cantando lo siguiente: «San Marcial, reza por nosotros y nosotros bailaremos por ti.»

El jesuita Menestrier, en el prefacio de su Tratado de bailes, que publicó en 1682, dice que presenció que los canónigos de algunas iglesias, el día de Pascua, cogiendo de la mano a los acólitos, danzaban con ellos en el coro cantando himnos de regocijo. 

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(I) Siglo I, pág. 109.
(2) Cap. XXII, vers. 19.
(3) Cap. XXVI, vers. 30.
(4) Id. XVI, vers. 26.
(5) Epístola a los corintios, cap. XI.
(6) Ciudad de Patagonia.

 

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