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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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MILAGROS (1) (2) (3)

Milagros - Diccionario Filosófico de VoltaireEl milagro, según la acepción estricta de esta palabra, significa una cosa admirable, pero en ese caso todo es admirable. El orden prodigioso de la Naturaleza, la rotación de cien millones de globos alrededor de un millón de soles, la actividad de la luz, la vida de los animales, son milagros perpetuos. Pero adoptando la significación que el uso da a esa palabra, llamamos milagro a la violación de las leyes divinas y eternas. Si hubiera un eclipse de sol durante la luna nueva, si un muerto anduviese a pie dos leguas de camino llevando en las manos su cabeza, diríamos que esas dos cosas eran milagros.

Muchísimos físicos sostienen que en ese sentido no puede haber milagros, y he aquí los argumentos en que se fundan para decirlo: el milagro es la violación de las leyes matemáticas, divinas, inmutables y eternas. Por esta sencilla definición se comprende que el milagro indica contradicción en los términos, porque una ley no puede ser al mismo tiempo inmutable y violada. A esto les contestan: «Las leyes que estableció Dios, ¿no puede Él mismo suspenderlas?» Los físicos citados tienen la audacia de responder que no, porque es imposible que el Ser infinitamente sabio establezca leyes para violarlas. «No podría —añaden— descomponer su máquina mas que para hacerla andar mejor; luego claro es que siendo Dios el autor de esta inmensa máquina, la construyó lo mejor que pudo, y si vio que tenía alguna imperfección que resultaba de la naturaleza de la materia, la corrigió desde el principio; de modo que ya no compondrá nunca la máquina. Además, Dios no hace nada sin motivo; ¿y qué razón puede haber para que desfigure por unos instantes su propia obra?» «Lo hace en beneficio de los hombres», les contestan. Pero ellos replican: «Eso se comprendería si fuera en beneficio de todos los hombres; pero no se puede concebir que la naturaleza divina interrumpa sus leyes para favorecer a algunos y no para favorecer a todo el género humano, y todavía el género humano es una cosa insignificante para ella, es menos que un hormiguero, comparándolo con todos los seres que llenan la inmensidad.» ¿No es, pues, la más absurda de las locuras imaginar que el Ser infinito interrumpa en beneficio de trescientas o cuatrocientas hormigas el juego eterno de los resortes inmensos que hacen mover todo el universo?

Pero supongamos que Dios quiso distinguir a un escaso número de hombres; ¿por eso tiene que cambiar lo que estableció para todos los tiempos y todos los lugares? Ciertamente no hay necesidad de ese cambio ni de esa inconstancia para que resulten favorecidas sus criaturas, que esos favores los obtienen de las leyes eternas. Dios lo ha previsto todo, y todo lo organizó con ellas; todas obedecen irrevocablemente a la fuerza que imprimió para siempre a la Naturaleza.

¿Para qué había de hacer Dios milagros? Para conseguir la realización de algún designio respecto de algunos seres vivientes. En ese caso Dios tendría que decir: «No pude conseguir con la creación del universo ni con sus leyes eternas realizar cierto designio; voy, pues, a cambiar mis leyes inmutables, para realizar lo que con ellas no puedo conseguir.» Eso sería confesar su debilidad y el poco valor de su poder; eso sería la más inconcebible contradicción. De modo que suponer que Dios hace milagros, es insultarle, si es que los hombres pueden insultar a Dios; equivale a decir: «Sois un ser débil e inconsecuente.» Es, pues, absurdo creer en los milagros y deshonrar en cierto modo a la Divinidad.

Los crédulos, obstinándose todavía en atacar a los filósofos, continúan diciéndoles: «En vano os esforzáis en encarecer la inmortalidad del Ser Supremo, la eternidad de sus leyes y la regularidad de los infinitos mundos; porque a pesar de ser eso cierto, el pequeño hormigueo del mundo está lleno de milagros, y las historias refieren tantos prodigios como sucesos son naturales. Las hijas del gran sacerdote Anio convertían todos los objetos que querían en trigo, en vino o en aceite; Atalida, hija de Mercurio, resucitó varias veces: Esculapio resucito a Hipólita; Hexes volvió al mundo después de haber pasado quince días en los infiernos; Rómulo y Remo fueron hijos de un dios y de una vestal; el paladión cayó desde el cielo en la ciudad de Troya; la cabellera de Berenice se convirtió en una constelación de estrellas; la cabaña de Baucis y Filemón se trocó en hermosísimo templo; la cabeza de Orfeo pronunciaba oráculos después de la muerte de éste; las murallas de Tebas se construyeron ellas a sí mismas al son de la flauta, en presencia de los griegos; las curas que se hicieron en el templo de Esculapio fueron innumerables, y todavía conservamos monumentos en los que constan los nombres de los testigos oculares que presenciaron los milagros que hizo Esculapio. Os desafiamos a que encontréis un solo pueblo en el que no se hayan realizado prodigios increíbles, sobre todo en los tiempos en que casi nadie sabía leer ni escribir.»

Los filósofos sólo contestan a esas objeciones con la sonrisa burlona en los labios, encogiendo y levantando los hombros, y los filósofos cristianos replican: «Creemos en los milagros que realizó nuestra santa religión, porque así nos lo manda la fe, y sin dar oídos a nuestra razón, que nos guardaremos bien de escuchar, porque cuando la fe habla, la razón debe callar; creemos firmemente en los milagros de Jesucristo y de los apóstoles, pero permitidnos dudar de otros muchos, permitidnos que suspendamos nuestro fallo respecto a lo que nos refiere un hombre sencillo a quien apellidan grande. Asegura que un fraile estaba tan acostumbrado a hacer milagros, que el prior se lo prohibió; el fraile le obedeció; pero un día, viendo que un pobre pizarrero caía a la calle desde lo alto de un techo, estuvo titubeando entre el deseo que tenía de salvarle la vida y el deseo que tenía de no desobedecer al prior. Para cohonestarlo todo ordenó en aquel instante que el pizarrero quedara suspendido en el aire hasta nueva orden, y corriendo fue a referir al prior lo que acontecía. El prior le absolvió del pecado que había cometido empezando a hacer un milagro sin su permiso, y le permitió que lo terminara, con la condición de que ya no volviera a hacer ningún otro.» Razón tienen los filósofos para decir que no debemos tener fe en esa historia.

«Pero ¿cómo os atreveréis a negar —les objetan los crédulos— que San Gervasio y San Protasio se aparecieran en un sueño a San Ambrosio y que le indicaran el sitio donde se encontraban las reliquias de esos dos santos, que San Ambrosio desenterró y con ellas curó a un ciego? San Agustín estaba entonces en Milán, y refiere ese milagro en la Ciudad de Dios, libro XXII. He aquí uno de los milagros mejor comprobados.» Los filósofos les contestan que ellos no creen nada; que Gervasio y Protasio no se aparecieron a nadie; que importa muy poco al género humano que se averigüe el sitio donde existen los restos de sus esqueletos; que tienen tan poca fe en el ciego de San Ambrosio como en el ciego de Vespasiano; que ése es un milagro inútil, que Dios no tenía por qué hacer, y que ellos se sostienen siempre en sus principios. El respeto que tengo a San Gervasio y a San Protasio no me permite participar de la opinión de esos filósofos, y me concreto a dar cuenta de su incredulidad. Dan mucha importancia al pasaje de Luciano que se encuentra al ocuparse de la muerte de Pelegrino, que dice: «Cuando un jugador de manos hábil se convierte al cristianismo, puede estar seguro de que hará fortuna.» Pero como Luciano es un autor profano, no debe tener autoridad para nosotros.

Dichos filósofos no pueden resolverse a creer los milagros que se realizaron en el siglo II. Es inútil para ellos que testigos oculares refieran que cuando San Policarpo, obispo de Esmirna, fue sentenciado a morir en la hoguera, oyeron una voz que desde el cielo le gritaba: «¡Valor, Policarpo, sé valiente, demuestra que eres hombre!»; que entonces las llamas de la hoguera se separaron de su cuerpo y formaron un pabellón de fuego alrededor de su cabeza; que del centro de la hoguera salió una paloma, y que para conseguir matar a Policarpo tuvieron que cortarle la cabeza. «¿Para qué sirve ese milagro? —dicen los incrédulos—; ¿por qué las llamas perdieron su naturaleza, y por qué el hacha del ejecutor no perdió la suya? ¿En qué consiste que muchos mártires salían sanos y salvos del aceite hirviendo, y no podían resistir el filo de la espada?» A esto contestan que ésa fue la voluntad de Dios; pero los filósofos quisieran ver todo eso para creerlo.

Los que buscan la ciencia para apoyar sus argumentos, os dirán que los Padres de la Iglesia confiesan muchas veces que ya no se hacían milagros en sus tiempos. San Crisóstomo dice: Los dones extraordinarios del espíritu se concedieron hasta a las personas más indignas, porque entonces la Iglesia necesitaba hacer milagros; pero en la actualidad no se conceden esos dones ni a las personas más dignas, porque la Iglesia no los necesita ya.» Luego confiesa también que no hay nadie que pueda resucitar muertos, ni aun curar a los enfermos.

El mismo San Agustín, a pesar de contar el milagro de Gervasio y de Protasio, dice en la Ciudad de Dios: «¿Por qué los milagros que se hacían ayer, ya no se hacen hoy?» Y da le misma razón que San Crisóstomo. Objetan a los filósofos que San Agustín, a pesar de esa confesión, dice sin embargo que un zapatero remendón de Hipona, que había perdido su traje, fue a rezar a la capilla de los veinte mártires para que apareciera, y al volver encontró un pez que tenía en su cuerpo un anillo de oro, y que el cocinero que frió el pescado le dijo al zapatero: «He aquí lo que los veinte mártires os dan.» Al oír esta historia, los filósofos replican que no hay en ella nada que contradiga las leyes de la Naturaleza, que no se falta a las leyes de la física porque un pez se trague un anillo de oro, y que no tiene nada de particular que el cocinero entregue el anillo al zapatero de remendón; que eso no es un milagro.

Si se recuerda a dichos filósofos lo que dice San Jerónimo en la vida del ermitaño Pablo, que dicho ermitaño tuvo varias conversaciones con sátiros y con faunos; que un cuervo le trajo todos los días durante treinta años medio pan para que le sirviera de comida y un pan entero el día que San Antonio fue a visitarle, podrán contestarles también que nada de esto es contrario a la física, que los sátiros y los faunos pueden haber existido, y que en todos los casos, ese cuento es una puerilidad que no tiene nada de común con los verdaderos milagros del Salvador y de sus apóstoles.

Muchos cristianos buenos han rebatido la historia de San Simeón Estilita, que escribió Teodoret: muchos milagros que tiene por auténticos la Iglesia griega los han puesto en duda gran número de autores de la Iglesia latina, como no ha creído muchos milagros latinos la Iglesia griega, y los protestantes han puesto en duda los milagros de ambas Iglesias.

Un sabio jesuita, que predicó mucho tiempo en las Indias, se lamentaba de que él y sus compañeros no pudieran hacer nunca ningún milagro. Javier se lamenta también en alguna de sus cartas de no poseer el don de las lenguas; dice que se encuentra en el Japón como una estatua muda, y sin embargo, los jesuitas han escrito que resucitó ocho muertos ; mucho es, pero hay que tener presente que los resucitaba a seis mil leguas de Europa. Algún tiempo después hubo algunos individuos que dijeron que la expulsión de los jesuitas en Francia fue un milagro mayor que los que hicieron Javier e Ignacio.

Convienen todos los cristianos en que los milagros de Jesucristo y de los apóstoles son incontestables, pero que podemos dudar de algunos milagros verificados en los últimos tiempos y cuya autenticidad no esté bien probada. Desearían, por ejemplo, para probar bien un milagro, que se realizara ante la Academia de Ciencias de París o de la Sociedad Real de Londres, auxiliadas por el destacamento de un regimiento que no dejase que la multitud se aglomerara e impidiera que se verificara la operación del milagro.

Preguntaban un día a un filósofo qué diría si viese que el sol se paraba, esto es, si cesara el movimiento de la tierra alrededor de dicho astro, si todos los muertos resucitaran, y si todos los montes se arrojaran al mar, para probar una verdad importante, como por ejemplo, la gracia versátil. «¿Qué diría? —respondió el filósofo—. Me haría maniqueo y contestaría que existía un principio que deshace lo que hace el otro principio.»

 

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