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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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MÁRTIRES

Mártires - Diccionario Filosófico de VoltaireEn los primitivos tiempos del cristianismo, la palabra «mártir» significaba testigo, porque provenía de la palabra martyrion, que quería decir testimonio. Por eso llamaban «mártires» a los que anunciaban a los hombres las nuevas verdades, a los que servían de testimonio a Jesús, como se dio el nombre de «santos» a los présbites, a los vigilantes de la sociedad y a las mujeres sus bienhechoras; por eso San Jerónimo llama con frecuencia en sus cartas a Santa Paula hija adoptiva. Los primitivos obispos se llamaban «santos». El nombre de «mártires» con el transcurso del tiempo sólo se aplicó ya a los cristianos que les hacían sufrir tormentos o que los mataban torturándolos; las pequeñas capillas que se les erigieron luego recibieron la denominación de martyriones.

Se ha cuestionado mucho por averiguar por qué el Imperio romano consintió admitir en sus dominios la secta judía, autorizándola para vivir en ellos, hasta después de las dos guerras horribles de Tito y de Adriano, y por qué persiguió con frecuencia al cristianismo. No cabe duda de que los judíos, que pagaban muy caro el tener sinagogas, denunciaban a los cristianos, que eran sus mortales enemigos, y sublevaban a los pueblos contra ellos. Es también evidente que los judíos, que llevaban todo su tiempo desempeñando el oficio de corredores y el de usureros, no predicaban contra la religión del Imperio, y que los cristianos vivían entregados a la controversia, predicaban contra el culto público, con la intención de destruirlo, quemaban algunas veces los templos y destrozaban las estatuas consagradas, como lo hicieron San Teodoro en Amasea y Poliuto en Mitilene.

Los cristianos ortodoxos no estaban seguros de que su religión era la única verdadera, no querían tolerar el culto de ninguna otra, y por eso no hubo tolerancia para ellos. Empezaron por quitar la vida a algunos que morían por la fe que profesaban, y éstos fueron los primeros mártires.

El nombre de mártir es tan respetable, que no se debe prodigar. No es lícito tomar el apellido y el escudo de armas de una familia a la que no se pertenece. Se impusieron penas muy graves a los que se atrevieron a condecorarse con las cruces de Malta o de San Luis sin ser caballeros de esas órdenes. El sabio Dodwell, el hábil Midleton, el juicioso Blondel, el exacto Tillemont, el escrutador Launoy y otros, celosos por la gloria de los verdaderos mártires, borraron del catálogo de éstos multitud de desconocidos que no merecían esa denominación. Hemos observado que esos sabios hicieron suya la confesión de Orígenes que, en su Refutación de Celso, dice que hubo pocos mártires, y éstos de tarde en tarde, y que es muy fácil contarlos. Sin embargo, el benedictino Ruinart se opone a la opinión de esos sabios personajes. Candorosamente nos refiere muchas historias de mártires que son sospechosas para los críticos, y muchos hombres de talento ponen en duda algunas anécdotas concernientes a las leyendas que refiere Ruinart.

II

Nos han querido hacer creer que hubo un número fabuloso de mártires. Nos han descrito a Tito, a Trajano y a Marco Aurelio, que fueron modelos de virtud, como monstruos de crueldad. Fleury desacreditó su Historia eclesiástica incluyendo en ella cuentos que una vieja de buen sentido no referiría a los niños.

¿Puede creerse que los romanos condenaran a siete vírgenes de setenta años cada una a que las desfloraran los jóvenes de la ciudad de Ancira, cuando los romanos castigaban con la pena de muerte a las vestales por el menor desliz? Parece que hayan escrito, para halagar a los taberneros, que Teodoto suplicó a Dios que mataran a dichas siete vírgenes antes que consentir que perdieran la virginidad. Se encuentran cien cuentos de esa clase en los Martirologios. Los que de ese modo creyeron hacer odiosos a los romanos, sólo consiguieron ponerse ellos en ridículo. ¿Queréis encontrar barbaries bien demostradas, matanzas indudables, ríos de sangre derramados, padres, madres, maridos, mujeres, niños de teta realmente degollados y amontonados unos sobre otros? Pues esas maldades sólo se encuentran en vuestros anales, monstruos perseguidores. Se encuentran en las cruzadas que hicisteis contra los albigenses, en las matanzas de Merindol y de Cabriéres, en la espantosa jornada de Saint-Barthelemy, en las matanzas de Irlanda, en los valles de la Vendée. No os sienta bien, siendo bárbaros, imputar al mejor de los emperadores crueldades extravagantes, vosotros que habéis inundado de sangre la Europa y que la habéis cubierto de moribundos, sólo para probar que el mismo cuerpo puede estar en muchas partes a la vez y que el Papa puede vender las indulgencias. Dejad de calumniar a los romanos, que fueron vuestros legisladores, y pedid a Dios que perdone las abominaciones que cometieron vuestros antepasados.

Decís que el suplicio no constituye al mártir, sino la causa que defiende. Pues bien; os concedo que vuestras víctimas merezcan esa calificación, que significa testigo; pero ¿qué calificativo daremos a vuestros verdugos? Los falaris y los busiris fueron hombres generosos comparados con vosotros. La Inquisición, que subsiste todavía (1), ¿no hace estremecer la razón, la Naturaleza y la religión misma?

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(1) Hay que hacerse cargo de que Voltaire escribía esto existiendo aún la Inquisición.—N. del T.

 

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  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco