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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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MAGIA

Magia - Diccionario Filosófico de VoltaireLa magia es una ciencia más plausible que la astrología y que la doctrina de los genios. Desde que se empezó a pensar que todo hombre contenía un ser completamente distinto del cuerpo, y que dicho ser subsistía después de la destrucción de la materia, dieron a ese ser forma ligera, sutil y aérea, pero parecida a la del cuerpo en que se aloja. Dos razones consiguieron que se generalizara esta opinión: es la primera que en todas las lenguas el alma se llamaba «espíritu», «soplo», «viento», y era algo imperceptible, algo ligero, algo sutil; la segunda razón es que si el alma del hombre no conservaba forma parecida a la que poseyó durante su vida, después de la muerte no se podría distinguir el alma de un hombre de la de otro hombre. Esta alma, esta sombra, que subsistía separada de su cuerpo, podía muy bien, si no manifestarse en algunas ocasiones, volver a ver los sitios que había habitado, visitar a sus padres; a sus amigos, hablarles, darles instrucciones, porque lo que existe puede aparecerse.

Las almas podían también enseñar a los que se les aparecían el modo de evocarlas, y ellas no dejarían de presentarse; la palabra «amuleto», pronunciada en ciertas ceremonias, hacía que se apareciesen las almas a las que se quería hablar. Supongo que un egipcio hubiera dicho a un filósofo: «Desciendo en línea recta de los magos de Faraón, que convirtieron las varas en serpientes, el agua del Nilo en sangre; uno de mis antepasados se casó con la pitonisa de Endor, que evocó la sombra de Samuel con la plegaria del rey Saúl; comunicó sus secretos a su marido, el que también le enteró de los suyos. Poseo esta herencia de mi padre y de mi madre; mi genealogía está demostrada; mando a las sombras y a los elementos.» El filósofo no hubiera podido hacer otra cosa mas que pedirle protección, porque si el filósofo hubiera querido negar y disputar, el mago le hubiera cerrado la boca diciéndole: «No podéis negar los hechos; mis antepasados fueron grandes magos, y vos mismo no podéis dudarlo; no tenéis ninguna razón para creer que yo sea de peor condición que ellos, sobre todo cuando os doy palabra de honor de que soy hechicero.» El filósofo hubiera podido replicarle: «Tened, pues, la bondad de evocar una sombra, de que hable con un alma, de convertir esta agua en sangre y esta varilla en serpiente.» El mago podría responderle: «No quiero ocuparme en trabajar para los filósofos; hice que se apareciesen sombras a damas muy respetables y a gentes sencillas que no disputan conmigo; comprenderéis que es muy posible que yo posea esos secretos, ya que os habéis visto obligado a confesar que mis antecesores los poseían, y lo que se hizo en tiempos antiguos también puede hacerse hoy, y creéis en la magia sin que por eso esté yo obligado a practicar con vos ese arte.»

Estas razones eran tan válidas entonces, que en todos los pueblos hubo hechiceros. Pagaba el Estado a los hechiceros de primera clase para que leyeran el porvenir en el corazón y en el hígado de un buey. ¿Por qué, pues, durante mucho tiempo castigaron a los hechiceros inferiores con la pena de muerte? Realizando prodigios, en vez de castigos debían habérseles tributado honores, y sobre todo debieron temer el poder de que disponían. Nada es tan ridículo como sentenciar al verdadero mago a ser quemado, porque debían presumir que podía apagar el fuego de la hoguera y torcer el cuello a sus jueces. Debieron haberse concretado a decirles: «Amigo mío, no os queremos quemar como a verdadero hechicero, sino como a hechicero falso, porque os jactáis de un arte admirable que no poseéis; os tratamos como si expendierais moneda falsa; nos consta que hubo antiguamente venerables magos, pero creemos que no lo sois, porque os dejaréis quemar como un tonto.»

Verdad es que acorralado el mago, pudiera replicar: «Mi ciencia no llega hasta el extremo de poder apagar una hoguera sin tener agua, ni hasta el extremo de poder matar a mis jueces con palabras; puedo únicamente evocar almas, leer en el porvenir, convertir unas materias en otras; mi poder es limitado, pero no por eso debéis quemarme a fuego lento, porque esto es equivalente a que hicierais ahorcar a un médico que os hubiera curado de calenturas y que no pudiera curaros una parálisis.» Pero los jueces podrían replicarle también: «Pues bien; demostradnos que poseéis algún secreto de la magia, o consentid en que os quememos.»

 

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