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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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LUJO

Lujo - Diccionario Filosófico de VoltaireEn el país donde todo el mundo iba descalzo, ¿el primero que se hizo un par de zapatos gastó lujo? ¿No fue hombre sensato e industrioso? ¿No lo fue también el que usó la primera camisa? En cuanto al primero que la hizo blanquear y plancharla, le creo un genio con muchos recursos y capaz de gobernar un Estado. Sin embargo, los que no estaban acostumbrados a llevar camisas blancas le tomaron por un rico afeminado que corrompía a la nación.

«Preservaos del lujo —decía Catón a los romanos—; habéis subyugado la provincia de Fase, pero no comáis nunca faisanes. Habéis conquistado el país donde crece el algodón, pero acostaos en el duro suelo. Habéis robado a mano armada el oro, la plata y las piedras preciosas de muchas naciones, pero no seáis tan tontos que derrochéis todo eso. Careced de todo después de haberlo tomado todo. Es indispensable que los ladrones de caminos reales se resignen a ser virtuosos y libres.» Lúculo le respondió: «Lo que debes desear es que Creso, Pompeyo, César y yo gastemos todo lo que tengamos en el lujo. Es necesario que los grandes ladrones se batan por la repartición de los despojos. Roma debe ser esclavizada, pero lo será más pronto y con más seguridad por uno de nosotros si hiciéramos lo que tú dices que si lo gastamos en los placeres y en las superfluidades. Debes desear que Pompeyo y César lleguen a ser bastante pobres para no poder mantener los ejércitos.»

No hace mucho tiempo, un noruego reprochaba a un holandés el lujo que gastaba. «¿Qué se hicieron —le decía— aquellos felices tiempos en los que el negociante, cuando salía de Amsterdam para ir a las grandes Indias, dejaba la cuarta parte de un buey ahumado en su cocina y la encontraba a su vuelta? ¿Qué se han hecho vuestras cucharas de madera y vuestros tenedores de hierro? ¿No es vergonzoso que un sabio holandés se acueste en una cama de damasco?» «Vete a Batavia —le respondió el hijo de Amsterdam—, gana como yo diez tonnas de oro (1), y verás si tienes gana de no  ir bien vestido, de no comer bien y de no vivir en un palacio.»

Desde que pasó esta conversación se han escrito muchísimos volúmenes sobre el lujo; pero esos libros ni lo han disminuido ni lo han aumentado.

II

Se está declamando contra el lujo hace más de dos mil años en verso y en prosa, y el mundo siempre le ha tenido afición.

¿Qué es lo que no se ha dicho de los primitivos romanos? Cuando esos bandidos recogían y pillaban las cosechas; cuando, por dar importancia a su pobre aldea, destruyeron las pobres aldeas de los volscos y de los sammitas, eran hombres desinteresados y virtuosos; no habían podido robar aún oro, plata ni piedras preciosas porque no había nada de eso en los pueblecillos que saquearon. En sus bosques y en sus pantanos no se criaban perdices ni faisanes, y por eso elogiaron su temperancia.

En cuanto robaron y saquearon todo lo que encontraron al paso, desde el fondo del golfo Adriático hasta el Eufrates, y pudieron gozar el producto de sus rapiñas; en cuanto cultivaron las artes, disfrutaron de todos los placeres y se los hicieron gozar a los vencidos, cesaron desde entonces, según se dice de ellos, de ser prudentes y hombres de bien.

Todas estas declamaciones se concretan a aprobar que el ladrón no debe alimentarse nunca con la comida que hurtó, ni vestir el traje que quitara, ni lucir el anillo que robó. Dicen los que critican a los primitivos romanos que debieron echar todo lo cogido al río, para vivir con honradez; pero valía más que hubieran dicho que no debían haber robado. Censurad a los bandidos cuando roban, pero no los tratéis de insensatos si gozan de su rapiña. Decidme de buena fe si cuando muchos marinos ingleses se enriquecieron con la toma de Pondichery y de la Habana hicieron mal en disfrutar en seguida de todos los placeres en Londres, como recompensa de los trabajos y de las escaseces por que pasaron en Asia y en América.

Esos necios declamadores quisieran que enterraran sus riquezas los que las amontonan por la suerte de las armas, por la agricultura, por el comercio y por la industria. Como prueba de lo que dicen, citan a Lacedemonia; ¿por qué no citan también la República de San Marino? ¿Qué beneficios proporcionó Esparta a la Grecia? ¿Acaso tuvieron en Esparta su cuna Demóstenes, Sófocles, Apeles y Fidias? El lujo de Atenas produjo grandes hombres de todas clases; Esparta sólo tuvo capitanes, pero en menor número que las demás ciudades de Grecia. Nada significa que una pequeña República como la de Lacedemonia conservara su pobreza, porque lo mismo morimos careciendo de todo que gozando de todos los placeres de la vida. El salvaje del Canadá vive y llega a la vejez lo mismo que el ciudadano de Inglaterra que tiene cincuenta guineas de renta; pero ¿quién puede comparar nunca el país de los iroqueses con Inglaterra?

Si la República de Ragusa y el cantón de Zug publican leyes suntuarias, hacen muy bien; es preciso que el pobre no gaste más que lo que pueda; pero yo he leído en alguna parte que «el lujo enriquece a un gran Estado y pierde al Estado pequeño» (2).

Si por lujo entendemos el exceso, sabido es que el exceso es pernicioso en todo, así en la abstinencia como en la glotonería, así en la economía como en la liberalidad. No comprendo cómo sucede que en ciertas aldeas en las que la tierra es ingrata, los impuestos pesados, la prohibición de exportar el trigo intolerable, no haya, sin embargo, un solo colono que no tenga un buen traje de paño, que no se calce bien y que no esté bien alimentado. Si ese colono trabajara sus tierras vistiendo el traje de los días de fiesta, con camisa lavada y planchada y con el cabello rizado, gastaría extraordinario e impertinente lujo; pero si un habitante de París o de Londres se presentara en los teatros vestido como el referido campesino, daría muestras de grosera y ridícula mezquindad.

Cuando se inventaron las tijeras, que por cierto no son muy antiguas, ¿cuánto no se habló contra los primeros que se cortaban las uñas mordiéndoselas, y parte de la cabellera, que les caía hasta la nariz? Indudablemente los tendrían por lechuguinos y por pródigos, porque compraban a alto precio un instrumento de la vanidad para estropear una obra del Creador. Sería entonces sin duda un pecado enorme recortar los pedacitos de cuerno que Dios nos puso en el extremo de los dedos, porque hacer eso era ultrajar a la Divinidad. Todavía chillaron más cuando se inventaron las camisas y los escarpines. Sabido es lo mucho que se encolerizaban los consejeros ancianos, que nunca los habían llevado, contra los magistrados jóvenes que gastaban ese lujo funesto.

Si entendemos por lujo gastar más de lo necesario, el lujo es la consecuencia natural de los progresos de la especie humana, y razonando lógicamente, los enemigos del lujo deben creer lo que dijo Rousseau: «Que el estado de felicidad y de virtud para el hombre no es el estado de salvaje, sino el de orangután.» Compréndese que sería absurdo considerar como un mal las comodidades que todos los hombres quisieran disfrutar; por eso, generalmente hablando, sólo se da el nombre de lujo a las superfluidades que únicamente un reducido número de individuos pueden gozar. Tomado el lujo en este sentido, es una consecuencia necesaria de la prosperidad, sin la que ninguna sociedad puede subsistir, y es la consecuencia de la desigualdad de las fortunas, que dimana, no del derecho de propiedad, sino de las malas leyes. Las malas leyes son las que hacen nacer el lujo, pero las buenas leyes lo pueden destruir. Los moralistas deben dedicar sus sermones a los legisladores y no a los particulares, porque está en el orden de las cosas posibles que el hombre virtuoso e ilustrado tenga el poder de redactar leyes razonables, y es contrario a la naturaleza humana que todos los ricos de una nación renuncien por virtud a proporcionarse, a expensas del dinero, los goces del placer o de la vanidad.

__________

(1) Tonna de oro, en Holanda, es una cantidad equivalente a cien mil florines.

(2) Las leyes suntuarias son, por su naturaleza, una violación del derecho de propiedad. En el Estado pequeño en que no haya gran desigualdad de fortuna, no habrá lujo, y si esta desigualdad existe, el lujo la remedia. Por sus leyes suntuarias perdió Ginebra la libertad.

 

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