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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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LITERATURA

Literatura - Diccionario Filosófico de VoltaireLa palabra «literatura», es una de esas voces vagas que se encuentran con frecuencia en todas las lenguas; como lo es la palabra «filosofía», con la que se designa ya las inquisiciones del metafísico, ya las demostraciones del geómetra, ya la sabiduría del hombre desengastado del mundo; como la palabra «espíritu», que se prodiga indiferentemente y que necesita una explicación que limite su sentido; como todos los términos generales, cuya expresión exacta no determina en ninguna lengua los objetos a los que se aplican.

La literatura es precisamente lo que era la gramática entre los griegos y los romanos: como las letras del alfabeto son el fundamento de todos los conocimientos, esas dos naciones, transcurriendo el tiempo, llamaron gramáticos, no sólo a los que enseñaron sus idiomas, sino a los que se dedicaban al estudio de la filología, de la poesía, de la oratoria, y de los hechos históricos. Por ejemplo, dieron el nombre de gramático a Ateneo, que vivía en la época de Marco Aurelio, por ser el autor del Banquete de los filósofos, conjunto entonces agradable de citas y de hechos verdaderos o falsos. Aulo Gelio, que vivía en la época de Adrián, también fue llamado gramático, por haber escrito las Noches áticas, en las que se encuentran gran variedad de críticas y de investigaciones; las Saturnales de Macrobio, escritas en el siglo IV, constituyen una obra de erudición instructiva y agradable, y las llamaron también obra de un buen gramático.

La literatura, que consiste en esa gramática de Aulo Gelio, de Ateneo y de Macrobio, denota en toda Europa tener conocimiento de las obras de buen gusto que se han escrito, un tinte de historia, de poesía, de elocuencia y de crítica. El hombre instruido que conoce los autores antiguos, que puede comparar sus traducciones y sus comentarlos, posee más literatura que el que con mejor gusto se ha limitado a estudiar los autores de su país, que se pueden conocer con mayor facilidad.

La literatura no es un arte particular; es el ligero conocimiento que se adquiere de las bellas artes. Homero era un genio; Zoilo era un literato; y el periodista que da cuenta y juzga las obras magistrales es un hombre que se dedica a la literatura. No pueden distinguirse las obras de un poeta, las de un orador ni las de un historiador designándolas con la palabra vaga «literatura», aunque sus autores consigan manifestar variados conocimientos. Racine, Boileau, Bossuet, Fenelón, que sabían más literatura que sus críticos, no pueden con propiedad llamarse literatos, como no les daríamos todo lo que merecen a Newton y a Locke si nos concretáramos a llamarles hombres de talento.

Para ser literatos no es indispensable ser sabios. Todos los que han leído con fruto los principales autores latinos en su lengua materna, saben literatura; pero para llegar a ser sabios necesitan hacer estudios más vastos y más profundos. No es suficiente decir que el Diccionario de Bayle es una compilación literaria; tampoco basta decir que es una obra muy ilustrada, porque el carácter distintivo de ese libro compite con su dialéctica profunda, y si no fuera mas que un diccionario, si no se ocupara más de raciocinios que de hechos y observaciones, no gozaría de reputación tan justamente adquirida, y que conservará siempre. Es un diccionario que puede formar literatos y que es superior a ellos.

Se llama bella literatura la que tiene por objeto producir la «belleza», esto es, la poesía, la elocuencia y la historia. La crítica, la polimatía, las interpretaciones de autores, las opiniones de los antiguos filósofos, la cronología, no pertenecen a la bella literatura, porque no tienen por objeto la «belleza». Los hombres han convenido en llamar «bellos» los asuntos que inspiran sin esfuerzos sentimientos agradables; los que no son mas que exactos, difíciles y útiles, no pueden empeñarse en ser «bellos». Por eso no se puede decir que es bella una interpretación, una crítica o una discusión, y así que se dice que es bello un fragmento de Virgilio, de Horacio, de Cicerón, de Bossuet y de Racine. La disertación bien escrita, que sea tan elegante como exacta, que cubra de flores un asunto espinoso, puede también llamarse un bello fragmento de literatura, aunque en categoría inferior a la en que se encuentran las obras de genio.

Entre las artes liberales, que se llaman bellas artes por la misma razón que casi dejan de ser artes cuando carecen de belleza, hay algunas que no pertenecen a la literatura; éstas son la pintura, la arquitectura, la música, etc.; estas artes, por sí mismas, no tienen ninguna relación con las bellas letras; por eso la denominación de obra de literatura no puede aplicarse a los libros que enseñan arquitectura, pintura o música, y por eso esos libros se llaman obras técnicas.

 

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