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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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LIBROS

Libros - Diccionario Filosófico de VoltaireDesdeñan los libros los que sumergen la vida en las vanidades de la ambición, los que corren únicamente tras los placeres y los que viven sumidos en la ociosidad, sin preocuparse de que los libros gobiernan a todo el universo conocido, menos a las naciones salvajes. Toda el África, hasta la Etiopía y Nigricia, obedece al libro el Corán, después de haber obedecido al libro el Evangelio. La China se gobierna por el libro moral de Confucio; gran parte de la India por el libro los Vedas. La Persia se rigió durante algunos siglos por los libros de uno de los Zoroastros.

Si os enredáis en un proceso, vuestros bienes, vuestro honor, y acaso vuestra vida, dependen de la interpretación de un libro que no leéis nunca.

Roberto el Diablo, Los cuatro hijos de Aymón, Las imaginaciones del señor Oufle, son libros también; pero con los libros sucede como con los hombres: un insignificante número de ellos representan un gran papel; los demás se confunden en la multitud.

Los que dirigen el género humano en las naciones civilizadas son los que saben leer y escribir; casi ninguno de los habitantes de esas naciones conoce a Hipócrates, ni a Boerhave, ni a Sydenham, pero dejan que curen sus enfermedades los que han leído a esos autores. Entregan el alma a los que reciben paga por leer la Biblia, aunque entre ellos no haya cincuenta que la hayan leído entera y meditando.

De tal modo dirigen el mundo los libros, que los que mandan hoy día en la ciudad de los Catones y de los Escipiones se empeñaron en que fueran sólo para ellos los libros de la fe, que constituyeron su cetro, e inventaron que fuera un crimen de lesa majestad para sus vasallos tocar esos libros sin terminante permiso. En otros países se ha prohibido pensar por escrito sin conseguir licencia para ello.

En algunas naciones se consideran los pensamientos como un objeto de comercio, y en ellas las operaciones del entendimiento humano están tasadas a diez céntimos cada hoja. Si por casualidad el librero solicita un privilegio para su mercancía, ya sea para vender las obras de Rabelais o las de los Padres de la Iglesia, el magistrado le concede el privilegio, sin responder de lo que contiene el libro. En otras naciones, la libertad de exponer todas las ideas en los libros es una de las más inviolables prerrogativas; en ellas puede imprimirse todo lo que se quiera, bajo pena de fastidiar a los lectores o de castigar al que abuse del ejercicio de su derecho natural.

Antes de la admirable invención de la imprenta, los libros eran más raros y más caros que las piedras preciosas. No tuvieron casi ningún libro las naciones bárbaras hasta Carlomagno, ni después de él hasta el rey de Francia Carlos V, y desde Carlos V hasta Francisco I también había muy pocos. Sólo los árabes tuvieron libros desde el siglo VIII de la era vulgar hasta el siglo XIII.

La China estaba llena de libros cuando las naciones europeas no sabían aún leer ni escribir. Los copistas estuvieron muy ocupados durante el imperio romano, desde la época de los Escipiones hasta la irrupción de los bárbaros. Los griegos se ocupaban mucho en transcribir en los tiempos de Amyntas, de Filipo y de Alejandro, y continuaron ejerciendo ese oficio en Alejandría. Ese oficio es bastante ingrato. Los comerciantes de libros pagaron siempre muy mal a los autores y a los copistas. El copista necesitaba dos años de trabajo asiduo para transcribir bien la Biblia, en pergamino. ¡Cuánto tiempo y cuánto trabajo no se necesitaría para copiar correctamente en griego y en latín las obras de Orígenes, de Clemente de Alejandría y de los escritores que apellidamos Padres de la Iglesia!

San Hieronimus, a quien nosotros llamamos Jerónimo, dice en una de las cartas satíricas que escribió contra Rufino que se arruinó comprando las obras de Orígenes, contra el que luego escribió con amargura y con cólera. «Sí —dice—, he leído a Orígenes; si esto es un crimen, confieso que soy culpable y que agoté mi bolsa comprando sus obras en Alejandría.»

Las sociedades cristianas conocieron en los tres primeros siglos de la Iglesia cincuenta y cuatro evangelios, de los que sólo dos o tres copias llegaron a los romanos de la antigua religión hasta los tiempos de Diocleciano. Sabido es que era un crimen irremisible para los cristianos enseñar los evangelios a los gentiles, y ni siquiera se los prestaban a los catecúmenos.

Cuando Luciano refiere que una pandilla de bribones le hizo subir a un cuarto piso para oír cómo allí invocaban al Padre por medio del Hijo y cómo predecían desgracias al emperador y al Imperio, no dice que le enseñaran un solo libro. Ningún autor romano habla de los evangelios.

Cuando un cristiano temerario e indigno de la santa religión destrozó públicamente y pisoteó un edicto del emperador Diocleciano, atrayendo al cristianismo la persecución que sucedió a la mayor tolerancia, se vieron obligados los cristianos a entregar sus evangelios y sus demás escritos a los magistrados, lo que no se había hecho hasta entonces. Los que entregaron sus libros por temor a ser encarcelados o muertos fueron tachados por los demás cristianos de apóstatas sacrílegos, y les llamaron traditores, de donde trae su origen nuestra palabra «traidor»; muchos obispos sostuvieron la idea de que era necesario rebautizarlos, y esta idea produjo un cisma espantoso.

Los poemas de Homero, durante mucho tiempo, fueron tan poco conocidos, que Pisístrato fue el primero que los puso en orden y los hizo copiar en Atenas, unos quinientos años antes de la era vulgar. Quizá no existan hoy una docena de copias del Vaidam y del Zend-Avesta en todo el Oriente.

Hoy nos quejamos de tener un exceso de libros; pero de esto no deben quejarse los lectores, porque nadie les obliga a leer. A pesar de la cantidad enorme de libros que se publican, es escasísimo el número de individuos que leen, y si leyeran con fruto, ¿se dirían las deplorables tonterías que llenan la cabeza del vulgo? Lo que multiplica los libros es la facilidad que hay para escribir otros sacándolos de libros ya publicados. En muchos volúmenes impresos se puede fabricar una nueva historia de Francia o de España, sin añadirles nada de nuevo. Todos los diccionarios se escriben sobre otros diccionarios; casi todos los libros nuevos de geografía son copiados de otros libros que tratan de esta materia. La Summa de Santo Tomás ha producido dos mil volúmenes gruesos de teología, y las mismas razas de gusanos que royeron a la madre roen también a los hijos.

 

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