LEYES (1)
(2) (3) (4)
II
He intentado descubrir algún rayo de luz en los oscuros tiempos mitológicos de la China que preceden
a la época de Fo-hi, pero lo he intentado en vano. Concretándome, pues,
a Fo-hi, que vivió unos tres mil años antes de la era vulgar de nuestro Occidente septentrional, debo decir que encuentro ya entonces leyes suaves y sabias que promulgó un rey bienhechor. Los antiguos libros de los cinco
King, que consagró el respeto de muchos siglos, nos hablan de sus instituciones, de agricultura, de economía pastoril, de economía doméstica, de astronomía sencilla que regula las estaciones, de la música, que, por medio de inoculaciones diferentes, induce
a los hombres a cumplir sus funciones diversas. Fo-hi vivió indudablemente hace cinco mil años: calculad, pues, qué antigüedad debe tener el pueblo numerosísimo al que su emperador enseñaba todo aquello que podía conducirle
a la felicidad. Sus leyes son suaves; útiles y agradables.
Me enseñan en seguida el código de un reducido pueblo que aparece dos mil años después, en un desierto horrible situado en las riberas del Jordán, en un país erizado de montañas. Las leyes han llegado hasta nosotros, y nos las están presentando todos los días como modelos de sabiduría.
He aquí algunas de ellas:
«Absteneos de comer onocrótalo, exión, grifo, anguila y liebre, porque la liebre rumia y no tiene el pie hendido.
»Absteneos de acostaros con vuestras mujeres cuando éstas tengan la regla, bajo pena de muerte unos y otros.
»Exterminad sin misericordia a todos los habitantes de la tierra de Canaán,
a los que no conocéis; degolladlo todo, matadlo todo, hombres, mujeres, viejos, niños y animales, para la mayor gloria de Dios.
»Inmolad al Señor todo el que esté consagrado al anatema del Señor y matadle, sin que pueda rescatarse.
»Quemad a las viudas que, no pudiendo casarse con sus cuñados, se hayan consolado con cualquier otro judío en el camino real
o en otras partes» (2).
Un jesuita que antiguamente fue de misionero al país de los caníbales, en la época en que el Canadá pertenecía todavía al rey de Francia, me refirió un día que, estando explicando esas leyes judías
a sus neófitos, un francés joven e imprudente que asistía a las explicaciones para aprender el catecismo, se atrevió
a exclamar en voz alta: «¡Ésas son leyes de caníbales!» Uno de sus conciudadanos le replicó: «Perillán: es menester que sepas que nosotros somos gentes honradas, y que
a nosotros nunca nos han dictado leyes semejantes, y si no fuéramos hombres de bien, te trataríamos como los judíos trataron
a los habitantes de Canaán, para enseñarte a hablar.»
Compréndese, comparando el primer código chino con el código hebreo, que las leyes están siempre acordes con las costumbres de los hombres que las dictan. Si los buitres y los palomos tuvieran leyes, serían muy diferentes las de aquéllos y las de éstos.
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(2) Esto es lo que sucedió a Tomar, la que, tapándose con un velo, se acostó en el camino real con su suegro Judá, que no la conoció. Quedó embarazada, y Judá la condenó
a ser quemada. Esta sentencia es tan cruel, que si se hubiera ejecutado, nuestro Salvador, que desciende en línea recta de Judá y de Tamal, no hubiera nacido,
a no ser que los sucesos posteriores del universo hubieran acontecido ordenados de otro modo.
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