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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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LEYES (1) (2) (3) (4)

I

Leyes - Diccionario Filosófico de VoltaireEs muy difícil que haya una sola nación que se gobierne por buenas leyes. No es esto precisamente por ser obra de los hombres, porque éstos han hecho cosas excelentes, y los que inventaron y perfeccionaron las artes podían haber confeccionado un cuerpo de jurisprudencia tolerable. Consiste esto, más que en nada, en que en todos los Estados las leyes se han establecido casi siempre por el interés del legislador, por las necesidades del momento, por la ignorancia o por la superstición. Han redactado las leyes con cierta medida, como por casualidad, irregularmente, como se han fundados las ciudades. En París, el distrito de los Mercados, la calle de Brise-Miche, contrastan con el Louvre y con las Tullerías; esta es, pues, la imagen de nuestras leyes.

Londres no se convirtió en capital digna de habitarse hasta quedar reducida a cenizas. Después de esta época ensancharon y alinearon las calles; la antigua Londres era una ciudad que mereció ser quemada. Si queréis tener buenas leyes, quemad las antiguas y redactadlas de nuevo.

Los romanos pasaron trescientos años sin tener leyes fijas; se vieron obligados a copiar las que tenían los atenienses, pero éstas eran tan malas, que tuvieron que derogarlas muy pronto casi todas.

El derecho consuetudinario de París lo interpretan diferentemente veinticuatro comentaristas; luego prueban evidentemente veinticuatro veces que estuvo mal concebido. Contradice otros ciento cuarenta derechos consuetudinarios, que todos tienen fuerza de ley en la misma nación, y todos se contradicen unos a otros. Existen, pues, en una sola provincia de Europa, situada entre los Alpes y los Pirineos, más de ciento cuarenta poblaciones que se llaman «compatriotas», y que en realidad son tan extranjeras unas respecto a otras como el Tonkín es extranjero para la Cochinchina. Lo mismo sucede en todas las provincias de España, y mucho peor en la Germania; allí nadie sabe qué derechos tienen el jefe y los miembros. Los habitantes de las orillas del Elba no se relacionan con el cultivador de la Suabia mas que por hablar casi casi la misma lengua, que es bastante ruda.

La nación inglesa tiene más uniformidad; pero como sólo salió de la barbarie y de la esclavitud por intervalos y por medio de sacudidas, y al recobrar la libertad conservó muchas leyes que promulgaron antiguamente los grandes tiranos que se disputaban el pueblo, o los pequeños tiranos que invadieron las prelaturas, formó un cuerpo de doctrina bastante robusto, pero en el que se ven aún muchas heridas tapadas con emplastos.

El espíritu de Europa hizo mayores progresos desde hace cien años, que hizo el mundo entero hasta esa época desde los tiempos de Brahma, de Fo-hi, de Zaratustra y de Thaut. ¿En qué consiste que el espíritu de la legislación progresó tan poco?

Fuimos todos salvajes desde el siglo V. Éstas fueron las revoluciones del globo: bandidos que saqueaban, cultivadores saqueados, de eso se componía el género humano, desde el fondo del mar Báltico hasta el estrecho de Gibraltar, y cuando los árabes se presentaron en el Mediodía fue universal la desolación que produjo ese trastorno.

En nuestro rincón de Europa, el menor número de sus habitantes lo componían ignorantes audaces, vencedores que iban armados desde la cabeza hasta los pies, y el gran número de sus habitantes eran esclavos ignorantes y desarmados; casi ninguno sabía leer ni escribir, ni el mismo Carlomagno, y sucedió lo que debía de suceder, que la Iglesia romana, con su pluma y sus ceremonias, gobernó a los que pasaban la vida a caballo, con la lanza en ristre y con el casco en la cabeza.

Los descendientes de los sicambros, de los borgoñones, de los ostrogodos, de los visigodos y de los lombardos, conocieron que tenían necesidad de tener algo que se pareciera a las leyes, y fueron a buscarlas donde las había. Los obispos de Roma sabían escribirlas en latín, y los bárbaros las aceptaron con muchísimo respeto porque no las entendían. Las decretales de los papas, unas verdaderas y otras falsas, pasaron a ser el código de los nueve leudes y barones que se habían repartido las tierras: fueron lobos que se dejaron encadenar por zorros; conservaron su ferocidad, pero la credulidad la subyugó, y el temor que ésta produce. Poco a poco, toda Europa, exceptuando la Grecia y lo que pertenece todavía al Imperio de Oriente, se vio sometida al Imperio romano.

Casi todas las convenciones iban acompañadas del signo de la cruz y de un juramento que se prestaba sobre las reliquias; todo quedó bajo la jurisdicción de la Iglesia. Roma, como metrópoli, fue el juez supremo de los procesos del Quersoneso címbrico y de los de la Gascuña. La multitud de señores feudales agregó sus usos al derecho canónico, y de eso resultó una jurisprudencia monstruosa, de la que aún quedan muchos vestigios.

¿Qué sería preferible, carecer completamente de leyes o tener leyes semejantes? Hubiera sido ventajoso para un imperio más vasto que el Imperio romano estar sumido mucho más tiempo en el caos, porque estando todo por hacer, hubiera sido más fácil levantar un edificio de pie que reparar un edificio cuyas ruinas causan respeto.

La Tesmofara del Norte (1) reunió en 1761 a los diputados de todas las provincias. Había en esa asamblea paganos, mahometanos de Alí, mahometanos de Omar y cristianos de doce sectas diferentes. Una ley tras otra fueron proponiéndose a ese nuevo sínodo, y la que parecía conveniente al interés de todas las provincias recibía en seguida la sanción de la soberana y de la nación.

La primera ley que se discutió era referente a la tolerancia, con el fin de que el sacerdote griego nunca olvidara que el sacerdote latino es hombre: para que el musulmán soportara a su hermano que fuese pagano, y para que el romano no intentara sacrificar al presbiteriano. La soberana escribió con su propia mano en ese gran Consejo de legislación: «Entre tantas creencias diferentes, la falta más nociva es la intolerancia.» Se convino unánimemente que en la nación no habría mas que un «poder»; que es preciso distinguir siempre entre el poder civil y la disciplina eclesiástica, y que la alegoría de las dos espadas es el dogma de la intolerancia.

La ilustre emperatriz que presidió ese Consejo empezó por manumitir a los esclavos que tenía en su dominio particular, y dio libertad a todos los que pertenecían al dominio eclesiástico. Abolió la tortura, porque atormentar es castigar al que no se sabe si es delincuente, y es absurdo castigar sin conocimiento de causa, porque los romanos no ponían en el potro a sus esclavos; porque el potro es el medio de salvar al culpable y de perder al inocente. Aquí llegaba el Consejo, cuando Mustafá III, hijo de Acmet III, obligó a la emperatriz Catalina a interrumpir la redacción de su código para ir a batirse con él.

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(1) Alude a Catalina II de Rusia. N. del T.

 

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