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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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LEYES

I

Leyes - Diccionario Filosófico de VoltaireEs muy difícil que haya una sola nación que se gobierne por buenas leyes. No es esto precisamente por ser obra de los hombres, porque éstos han hecho cosas excelentes, y los que inventaron y perfeccionaron las artes podían haber confeccionado un cuerpo de jurisprudencia tolerable. Consiste esto, más que en nada, en que en todos los Estados las leyes se han establecido casi siempre por el interés del legislador, por las necesidades del momento, por la ignorancia o por la superstición. Han redactado las leyes con cierta medida, como por casualidad, irregularmente, como se han fundados las ciudades. En París, el distrito de los Mercados, la calle de Brise-Miche, contrastan con el Louvre y con las Tullerías; esta es, pues, la imagen de nuestras leyes.

Londres no se convirtió en capital digna de habitarse hasta quedar reducida a cenizas. Después de esta época ensancharon y alinearon las calles; la antigua Londres era una ciudad que mereció ser quemada. Si queréis tener buenas leyes, quemad las antiguas y redactadlas de nuevo.

Los romanos pasaron trescientos años sin tener leyes fijas; se vieron obligados a copiar las que tenían los atenienses, pero éstas eran tan malas, que tuvieron que derogarlas muy pronto casi todas.

El derecho consuetudinario de París lo interpretan diferentemente veinticuatro comentaristas; luego prueban evidentemente veinticuatro veces que estuvo mal concebido. Contradice otros ciento cuarenta derechos consuetudinarios, que todos tienen fuerza de ley en la misma nación, y todos se contradicen unos a otros. Existen, pues, en una sola provincia de Europa, situada entre los Alpes y los Pirineos, más de ciento cuarenta poblaciones que se llaman «compatriotas», y que en realidad son tan extranjeras unas respecto a otras como el Tonkín es extranjero para la Cochinchina. Lo mismo sucede en todas las provincias de España, y mucho peor en la Germania; allí nadie sabe qué derechos tienen el jefe y los miembros. Los habitantes de las orillas del Elba no se relacionan con el cultivador de la Suabia mas que por hablar casi casi la misma lengua, que es bastante ruda.

La nación inglesa tiene más uniformidad; pero como sólo salió de la barbarie y de la esclavitud por intervalos y por medio de sacudidas, y al recobrar la libertad conservó muchas leyes que promulgaron antiguamente los grandes tiranos que se disputaban el pueblo, o los pequeños tiranos que invadieron las prelaturas, formó un cuerpo de doctrina bastante robusto, pero en el que se ven aún muchas heridas tapadas con emplastos.

El espíritu de Europa hizo mayores progresos desde hace cien años, que hizo el mundo entero hasta esa época desde los tiempos de Brahma, de Fo-hi, de Zaratustra y de Thaut. ¿En qué consiste que el espíritu de la legislación progresó tan poco?

Fuimos todos salvajes desde el siglo V. Éstas fueron las revoluciones del globo: bandidos que saqueaban, cultivadores saqueados, de eso se componía el género humano, desde el fondo del mar Báltico hasta el estrecho de Gibraltar, y cuando los árabes se presentaron en el Mediodía fue universal la desolación que produjo ese trastorno.

En nuestro rincón de Europa, el menor número de sus habitantes lo componían ignorantes audaces, vencedores que iban armados desde la cabeza hasta los pies, y el gran número de sus habitantes eran esclavos ignorantes y desarmados; casi ninguno sabía leer ni escribir, ni el mismo Carlomagno, y sucedió lo que debía de suceder, que la Iglesia romana, con su pluma y sus ceremonias, gobernó a los que pasaban la vida a caballo, con la lanza en ristre y con el casco en la cabeza.

Los descendientes de los sicambros, de los borgoñones, de los ostrogodos, de los visigodos y de los lombardos, conocieron que tenían necesidad de tener algo que se pareciera a las leyes, y fueron a buscarlas donde las había. Los obispos de Roma sabían escribirlas en latín, y los bárbaros las aceptaron con muchísimo respeto porque no las entendían. Las decretales de los papas, unas verdaderas y otras falsas, pasaron a ser el código de los nueve leudes y barones que se habían repartido las tierras: fueron lobos que se dejaron encadenar por zorros; conservaron su ferocidad, pero la credulidad la subyugó, y el temor que ésta produce. Poco a poco, toda Europa, exceptuando la Grecia y lo que pertenece todavía al Imperio de Oriente, se vio sometida al Imperio romano.

Casi todas las convenciones iban acompañadas del signo de la cruz y de un juramento que se prestaba sobre las reliquias; todo quedó bajo la jurisdicción de la Iglesia. Roma, como metrópoli, fue el juez supremo de los procesos del Quersoneso címbrico y de los de la Gascuña. La multitud de señores feudales agregó sus usos al derecho canónico, y de eso resultó una jurisprudencia monstruosa, de la que aún quedan muchos vestigios.

¿Qué sería preferible, carecer completamente de leyes o tener leyes semejantes? Hubiera sido ventajoso para un imperio más vasto que el Imperio romano estar sumido mucho más tiempo en el caos, porque estando todo por hacer, hubiera sido más fácil levantar un edificio de pie que reparar un edificio cuyas ruinas causan respeto.

La Tesmofara del Norte (1) reunió en 1761 a los diputados de todas las provincias. Había en esa asamblea paganos, mahometanos de Alí, mahometanos de Omar y cristianos de doce sectas diferentes. Una ley tras otra fueron proponiéndose a ese nuevo sínodo, y la que parecía conveniente al interés de todas las provincias recibía en seguida la sanción de la soberana y de la nación.

La primera ley que se discutió era referente a la tolerancia, con el fin de que el sacerdote griego nunca olvidara que el sacerdote latino es hombre: para que el musulmán soportara a su hermano que fuese pagano, y para que el romano no intentara sacrificar al presbiteriano. La soberana escribió con su propia mano en ese gran Consejo de legislación: «Entre tantas creencias diferentes, la falta más nociva es la intolerancia.» Se convino unánimemente que en la nación no habría mas que un «poder»; que es preciso distinguir siempre entre el poder civil y la disciplina eclesiástica, y que la alegoría de las dos espadas es el dogma de la intolerancia.

La ilustre emperatriz que presidió ese Consejo empezó por manumitir a los esclavos que tenía en su dominio particular, y dio libertad a todos los que pertenecían al dominio eclesiástico. Abolió la tortura, porque atormentar es castigar al que no se sabe si es delincuente, y es absurdo castigar sin conocimiento de causa, porque los romanos no ponían en el potro a sus esclavos; porque el potro es el medio de salvar al culpable y de perder al inocente. Aquí llegaba el Consejo, cuando Mustafá III, hijo de Acmet III, obligó a la emperatriz Catalina a interrumpir la redacción de su código para ir a batirse con él.

II

He intentado descubrir algún rayo de luz en los oscuros tiempos mitológicos de la China que preceden a la época de Fo-hi, pero lo he intentado en vano. Concretándome, pues, a Fo-hi, que vivió unos tres mil años antes de la era vulgar de nuestro Occidente septentrional, debo decir que encuentro ya entonces leyes suaves y sabias que promulgó un rey bienhechor. Los antiguos libros de los cinco King, que consagró el respeto de muchos siglos, nos hablan de sus instituciones, de agricultura, de economía pastoril, de economía doméstica, de astronomía sencilla que regula las estaciones, de la música, que, por medio de inoculaciones diferentes, induce a los hombres a cumplir sus funciones diversas. Fo-hi vivió indudablemente hace cinco mil años: calculad, pues, qué antigüedad debe tener el pueblo numerosísimo al que su emperador enseñaba todo aquello que podía conducirle a la felicidad. Sus leyes son suaves; útiles y agradables.

Me enseñan en seguida el código de un reducido pueblo que aparece dos mil años después, en un desierto horrible situado en las riberas del Jordán, en un país erizado de montañas. Las leyes han llegado hasta nosotros, y nos las están presentando todos los días como modelos de sabiduría.

He aquí algunas de ellas:

«Absteneos de comer onocrótalo, exión, grifo, anguila y liebre, porque la liebre rumia y no tiene el pie hendido.

»Absteneos de acostaros con vuestras mujeres cuando éstas tengan la regla, bajo pena de muerte unos y otros.

»Exterminad sin misericordia a todos los habitantes de la tierra de Canaán, a los que no conocéis; degolladlo todo, matadlo todo, hombres, mujeres, viejos, niños y animales, para la mayor gloria de Dios.

»Inmolad al Señor todo el que esté consagrado al anatema del Señor y matadle, sin que pueda rescatarse.

»Quemad a las viudas que, no pudiendo casarse con sus cuñados, se hayan consolado con cualquier otro judío en el camino real o en otras partes» (2).

Un jesuita que antiguamente fue de misionero al país de los caníbales, en la época en que el Canadá pertenecía todavía al rey de Francia, me refirió un día que, estando explicando esas leyes judías a sus neófitos, un francés joven e imprudente que asistía a las explicaciones para aprender el catecismo, se atrevió a exclamar en voz alta: «¡Ésas son leyes de caníbales!» Uno de sus conciudadanos le replicó: «Perillán: es menester que sepas que nosotros somos gentes honradas, y que a nosotros nunca nos han dictado leyes semejantes, y si no fuéramos hombres de bien, te trataríamos como los judíos trataron a los habitantes de Canaán, para enseñarte a hablar.»

Compréndese, comparando el primer código chino con el código hebreo, que las leyes están siempre acordes con las costumbres de los hombres que las dictan. Si los buitres y los palomos tuvieran leyes, serían muy diferentes las de aquéllos y las de éstos.

III

Los corderos viven en sociedad tranquilamente; los creemos mansos de carácter porque no vemos la prodigiosa cantidad de animales que devoran, aunque es creíble que se los comen inocentemente y sin saberlo. La república de los corderos es la imagen fiel de la edad de oro.

 

El gallinero copia visiblemente el estado monárquico más perfecto. No hay rey que pueda compararse con el gallo; si camina contoneándose por entre su pueblo, no anda así por vanidad. Cuando el enemigo se le aproxima, no manda a sus vasallos que vayan a matarse por él en virtud de la omnipotencia de que goza, sino que él mismo se presenta en primera fila, coloca a las gallinas detrás de él y pelea hasta morir. Si sale vencedor, él mismo es el que canta el Tedéum. En la vida civil nadie es tan galante, tan honrado ni tan desinteresado; él reúne todas las virtudes. Cuando tiene en su pico real un grano de trigo o un gusano, se lo da a la primera de sus vasallas que se le presenta.

Ni Salomón en su serrallo puede compararse con un gallo en su corral.

Si es verdad que una reina gobierna a las abejas, y que todos sus vasallos le hacen el amor, estos animales simbolizan un gobierno más perfecto todavía.

Las hormigas forman una excelente democracia, superior a las de los demás Estados, porque en ella todos sus individuos son iguales y cada uno trabaja allí para proporcionar la felicidad a todos. La república de los castores es todavía superior a la de las hormigas, al menos examinándola en sus obras de masonería.

Los monos se parecen más a los titiriteros que a un pueblo civilizado, y no parece que estén reunidos obedeciendo a leyes fijas y fundamentales, como las especies precedentes. Nos parecemos más a los monos que a los otros animales en el don de la imitación, en la ligereza de nuestras ideas y en nuestra inconstancia, que nunca nos permitió tener leyes uniformes y durables.

La Naturaleza formó nuestra especie, nos concedió algunos instintos; el amor propio para nuestra propia conservación, la benevolencia para la conservación de los demás, el amor que es común a todas las especies, el don inexplicable de combinar más ideas que todos los animales juntos, y después de concedernos nuestro lote, nos dijo: «Haced lo que podáis.»

No existe un buen código en ningún país, y la razón de esto es evidente: las leyes se hicieron según los tiempos, según los sitios, según las circunstancias y según las necesidades. Cuando cambian las necesidades, las leyes que quedan llegan a ser ridículas. Por eso la ley que prohibía comer cerdo y beber vino era razonable en la Arabia, en la que el cerdo y el vino son nocivos; pero es absurda en Constantinopla. La ley que concede todo el vínculo al hijo primogénito era muy buena en una época de anarquía y de rapiña, porque entonces el primogénito era el jefe del castillo, que los bandidos asaltarían pronto o tarde; los hijos menores serían sus primeros oficiales, y los jornaleros sus soldados. Sólo es de temer en este caso que el hijo segundo asesine o envenene a su hermano mayor para quedar dueño de todo; pero estos casos son raros, porque la Naturaleza combinó de tal modo nuestros instintos y nuestras pasiones, que nos causa más horror la idea de asesinar a nuestro hermano primogénito, que placer la idea de ocupar su sitio. Esta ley, que es conveniente para los que poseían castillos en los tiempos de Chilperico, es detestable cuando se trata de repartir las herencias de las ciudades.

Para vergüenza de los hombres, sabemos que las leyes del juego son las únicas que existen que sean en todas partes justas, claras, inviolables y que se cumplen. ¿En qué consiste que los indios, que dictaron las reglas del juego de ajedrez, son obedecidos voluntariamente en todo el mundo, y las decretales de los papas se desprecian y no se cumplen? Consiste en que el inventor del ajedrez combinó con gran justicia todos los lances del juego para que tuvieran interés en él los jugadores, y los papas en sus decretales no tuvieron otro punto de vista mas que su propio provecho. El indio quiso aguzar la inteligencia de los hombres para que les proporcionara honesto recreo, y los papas se propusieron embrutecer el entendimiento. Por eso el juego de ajedrez sigue siendo lo mismo desde hace cinco mil años, y le conocen todos los habitantes del mundo, y las decretales sólo las reconocen en Spoleto, en Orvieto y en Loreto, en donde el más insignificante jurisconsulto las desprecia en su fuero interno.

IV

En los tiempos de Vespasiano y de Tito, mientras los romanos despanzurraban a los judíos, un israelita muy rico, que no quiso morir de ese modo, huyó con todo el oro que había ganado ejerciendo la usura, y se llevó a Eziongaber toda su familia, que consistía en su mujer, que era vieja, en un hijo y una hija, llevando además consigo dos eunucos, uno que le servía de cocinero y el otro que era labrador. Un buen esenio, que sabía de memoria el Pentateuco, era su limosnero; todas estas personas se embarcaron en el puerto de Eziongaber, y atravesando el mar Rojo, entraron en el golfo Pérsico, con la idea de llegar hasta la torre de Ofir, que ignoraban dónde estaba situada. Sobrevino una horrible tempestad, que arrojó a la familia hebrea hacia las costas de las Indias, y el buque naufragó en una de las islas Maldivas que hoy se llama Padrablanca, y que entonces estaba desierta.

El viejo rico y su mujer se ahogaron, y se pudieron salvar el hijo, la hija, los dos eunucos y el limosnero; como pudieron sacaron algunas provisiones del buque; edificaron pequeñas cabañas en la isla y vivieron en ellas con bastante comodidad. Saben nuestros lectores que la isla de Padrablanca está a cinco grados de la línea, y que se encuentran allí los cocos más grandes y las mejores ananás del mundo, y debióles ser muy agradable vivir allí en la época en que estaban degollando en otras partes a casi todos sus queridos compatriotas; pero el esenio lloraba, reflexionando quizás que ya no quedarían en el mundo más judíos que ellos, y que la descendencia de Abraham iba a extinguirse.

—Podéis hacerla revivir —dijo el joven judío al limosnero—; casaos con mi hermana.

—Quisiera complaceros —le respondió el limosnero—, pero la ley se opone a que os complazca. Soy esenio, hice voto de no casarme nunca; la ley manda que se cumplan los votos, y aunque perezca toda la raza judía, no me casaré con vuestra hermana, siendo tan hermosa como es.

—Pues de mis dos eunucos no puede tener hijos —le replicó el judío —; los tendrá míos si os parece bien, y bendeciréis nuestro matrimonio.

—Preferiría que me degollaran cien veces los soldados romanos —le contestó el limosnero— a ayudaros a cometer un incesto; si fuera hermana de padre, menos mal, la ley lo permite; pero es hermana de madre, y esto sería abominable.

—Comprendo bien —repuso el joven— que casándome con ella en Jerusalén cometería un crimen, porque allí podría encontrar otras mujeres. Pero en la isla de Padrablanca, en la que no se encuentran mas que cocos, ananás y ostras, creo que este casamiento debe ser lícito.

El judío se casó con su hermana, a pesar de las protestas del esenio, y una hija única fue el fruto del matrimonio que un judío creía legítimo y otro judío abominable. Al cabo de catorce años murió la madre, y el padre preguntó al limosnero:

—¿Os habéis curado de vuestras antiguas preocupaciones? ¿Queréis casaros con mi hija?

—Dios me preserve —le contestó el esenio.

—Pues bien; me casaré yo —exclamó el padre—. Suceda lo que suceda, no quiero que se extinga la descendencia de Abraham.

Aterrado el esenio al oír ese horrible propósito, no quiso seguir viviendo con el hombre que tan abiertamente faltaba a la ley, y huyó de él. El recién casado le dijo muchas veces inútilmente: «No me abandonéis, amigo mío; permaneced aquí, que yo cumplo la ley natural, porque de ese modo sirvo a mi patria.»

Inútil fue que le instara, porque, aterrado, el esenio se marchó nadando a la isla inmediata. Dicha isla, llamada Attole, estaba muy poblada y gozaba de civilización; en cuanto abordó a ella, se apoderaron de él y lo hicieron esclavo. Cuando aprendió a balbucear la lengua que hablaban en Attole, se quejó amargamente de la manera inhospitalaria de recibirle. A esto le contestaron que se habían visto obligados a cumplir con su ley; que desde que la isla estuvo a punto de ser sorprendida por los habitantes de Ada, tenían la orden terminante de reducir a la esclavitud a los extranjeros que abordaran allí. «Esa disposición no puede ser una verdadera ley —le replicó el esenio—, porque no está en el Pentateuco.» Le respondieron que si no estaba en el Pentateuco estaba en el código de su país, y continuó siendo esclavo. Por fortuna suya, fue a parar a manos de un señor muy rico, que le trató muy bien y le hizo llevadera la servidumbre.

Un día se presentaron dos asesinos con la idea de matar a su señor para robarle su tesoro, preguntando a los esclavos si estaba en casa y si tenía mucho dinero. «Os juramos —le respondieron los esclavos— que no tiene dinero y que no está en casa.» Pero el esenio, no queriendo ser cómplice de esa mentira, dijo a los asesinos: «La ley no me permite mentir, y os juro que el señor está en casa y que tiene mucho dinero.» Los asesinos robaron y mataron al señor. Los esclavos denunciaron el esenio a los jueces. Este les dijo que no quería mentir, y que por nada del mundo mentiría; y lo ahorcaron.

Me refirieron esta historia y otras parecidas en el último viaje que hice desde las Indias a Francia. En cuanto llegué a mi patria, fui a Versalles, donde tenía algunos asuntes que ventilar, y vi pasar una mujer hermosa, seguida de muchísimas mujeres hermosas también. «¿Quién es esa mujer?», pregunté a mi abogado, que venía conmigo por tener yo un proceso en el Parlamento de París. «Es la hija del rey —me contestó—; es hermosa y benéfica, y es una lástima que en ningún caso pueda llegar a ser reina de Francia.» «Si tuviéramos la desgracia de que murieran todos los príncipes de sangre real, ¿no podría heredar el reino de su padre?» «No —contestó el abogado—; la ley Sálica se opone terminantemente.» «¿Quién redactó la ley Sálica», pregunté al abogado. No lo sé —repuso—; pero se supone que en un antiquísimo pueblo, cuyos habitantes se llamaban Saliens y no sabían leer ni escribir, tenían sin embargo una ley escrita que disponía que en la tierra sálica las hijas no podían heredar ni un alodio, y esta ley se ha adoptado en países que no son sálicos.» «Pues yo la anulo —le respondí—; me aseguráis que esa princesa es bienhechora; luego ella debe tener un derecho incontestable a la corona, si sucediera la desgracia de que no hubiera herederos de sangre real; mi madre fue heredera de mi padre, y encuentro justo que esa princesa herede al suyo.»

Al día siguiente recayó la sentencia en mi proceso en una de las Cámaras del Parlamento, y lo perdí por un voto; el abogado me dijo que en la otra Cámara lo hubiera ganado por un voto. «Pues eso es muy chusco —le repliqué—, ¿Es que hay una ley diferente para cada Cámara?» «Sí —me contestó el abogado—; tenemos veinticinco comentarios al derecho consuetudinario de París; esto es, que hemos probado veinticinco veces que ese derecho es equívoco, y si hubiera en París veinticinco tribunales de jueces, habría también veinticinco jurisprudencias diferentes. Existe a quince leguas de París una provincia que llamamos la Normandía, en donde os hubieran juzgado de otro modo que aquí.»

Esas palabras me dieron deseos de ir a visitar la Normandía, y allí me dirigí con uno de mis hermanos. Nos encontramos al llegar, en la primera posada, a un joven que estaba desesperado; le pregunté qué desgracia le sucedía, y me contestó que la de tener un hermano primogénito. «No comprendo que eso sea una desgracia —le repliqué—; yo lo tengo, y vivimos juntos en muy buena armonía.» «En este país —me contestó— la ley entrega todos los bienes a los primogénitos y sume en la pobreza a los demás hijos.» «Entonces tenéis razón para estar incomodado; en mi país los hermanos heredan por partes iguales.»

Estos hechos me hicieron reflexionar sobre las leyes y comprender que éstas son como los trajes: en cada país se visten de un modo. Si todas las leyes humanas son convencionales, lo que nos interesa es salir bien librados de ellas. Los habitantes de Delhi y de Agra dicen que hicieron un mal negocio con Tamerlán; los habitantes de Londres se felicitan de haber hecho un buen negocio con el rey Guillermo de Orange. Un ciudadano de Londres me decía en una ocasión: «La necesidad dicta las leyes, y la fuerza las hace observar.» Le objeté yo que algunas veces también la fuerza dictaba las leyes, de la que se valió Guillermo el Conquistador. «Sí —me respondió—; los ingleses de entonces éramos bueyes; Guillermo nos unció al yugo, y nos hizo andar clavándonos el aguijón; después nos convertimos en hombres, pero nos quedaron los cuernos, y damos cornadas a todos los que se empeñan en que trabajemos para ellos y no para nosotros.»

Sumido en todas estas reflexiones, me complacía en creer que existe una ley natural independiente de las convenciones humanas; que esa ley dispone que el producto de mi trabajo debe ser para mí; que debo honrar a mis padres; que no tengo ningún derecho sobre la vida de mi prójimo y que mi prójimo no lo tiene sobre la mía; pero cuando medité que desde Codorlaomor (3) hasta Menzel (4), cada individuo roba y mata legalmente a su prójimo, llevando una orden reservada en su faltriquera, quedé sumido en la aflicción.

Dícenme que los ladrones tienen sus leyes, y que también las tiene la guerra, y yo pregunto qué leyes de la guerra son ésas. «Consisten —contéstanme— en ahorcar a un bravo oficial que no se haya mantenido firme en posición mal elegida y sin cañones contra el ejército real; consisten en ahorcar a un prisionero, si el enemigo ha ahorcado a alguno de los vuestros; consisten en entrar a sangre y fuego en las aldeas que no hayan presentado las subsistencias en el día prefijado en las órdenes del vencedor. «Entonces ya lo comprendo —contesté—; eso es, sin duda, el espíritu de las leyes.»

Al enterarme de todo, descubrí que existen leyes tan prudentes que condenan a un pastor a la pena de nueve años de galeras por haber dado a sus corderos una exigua cantidad de sal extranjera. Supe que arruinó a mi vecino el proceso que le formaron por cortar en los bosques de su propiedad dos encinas que le pertenecían y no haber cumplido con una formalidad que no conocía. Confieso que esas leyes son justas, aunque sea cruel su ejecución; pero me parecen peores las leyes que autorizan a cien mil hombres para degollar legalmente a cien mil vecinos. Creo que la mayoría de los hombres recibió de la Naturaleza bastante sentido común para redactar leyes, pero creo también que hay pocos hombres que sean bastante justos para confeccionar leyes buenas.

Reunid desde un extremo del mundo al otro a los sencillos y tranquilos agricultores, y todos convendrán fácilmente en que se les debe permitir que vendan a sus vecinos el excedente de su trigo, y que dictar una ley que lo contradiga es dictar una ley inhumana y absurda; que no debe alterarse el valor de las monedas que representan los productos, como no deben alterarse los productos de la tierra; que el padre de familia debe ser dueño en su casa; que la religión debe atraer a los hombres para reunirlos y no para convertirlos en fanáticos y perseguidores; esos sencillos y tranquilos agricultores serán capaces de dictar en una hora treinta leyes de esta clase, todas útiles para el género humano.

Pero si se presenta Tamerlán y consigue subyugar la India, entonces sólo podéis esperar tener leyes arbitrarias. Una de esas leyes arruinará una provincia para engrandecer a su publicano Tamerlán; otra considerará crimen de lesa majestad haber murmurado de la querida del primer mayordomo de un raia; otra ley arrebatará al agricultor la mitad de la cosecha y le disputará la otra mitad; otra ley dispondrá que un alguacil tártaro se presente en vuestra casa y se apodere de vuestros hijos en la cuna, para que el más robusto sea soldado y el más débil eunuco, dejando a los padres sumidos en la mayor desesperación. ¿Qué será preferible, ser perro de Tamerlán o ser su vasallo? Su perro está indudablemente en superior situación.

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(1) Alude a Catalina II de Rusia. N. del T.
(2) Esto es lo que sucedió a Tomar, la que, tapándose con un velo, se acostó en el camino real con su suegro Judá, que no la conoció. Quedó embarazada, y Judá la condenó a ser quemada. Esta sentencia es tan cruel, que si se hubiera ejecutado, nuestro Salvador, que desciende en línea recta de Judá y de Tamal, no hubiera nacido, a no ser que los sucesos posteriores del universo hubieran acontecido ordenados de otro modo.
(3) Codorlaomor, rey de los elemitas, fue contemporáneo de Abraham. (Véase el cap. XIV del Génesis.)
(4) Menzel era el jefe famoso del partido de los austriacos en la guerra de 1741. Al frente de cinco mil hombres consiguió que Munich capitulara el 13 de Febrero de 1742.

 

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