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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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LEPRA Y SÍFILIS

Lepra y sífilis - Diccionario Filosófico de VoltaireSe trata en este artículo de dos grandes divinidades, una antigua y otra moderna, que han reinado en nuestro hemisferio. El reverendo padre Calmet, gran anticuario, o lo que es lo mismo, gran compilador de lo que se dijo antiguamente y de lo que se repite en nuestros días, confundió la sífilis y la lepra. Sostiene que el buen hombre Job estaba atacado de sífilis, y supone, copiándolo de un comentarista llamado Pineda, que la sífilis y la lepra son una misma cosa. Esto no quiere decir que Calmet sea médico, ni que raciocine, sino que cita, y sabido es que en su oficio de comentarista las citas ocupan casi siempre el sitio de las razones. Cita al cónsul Ausonio, que nació gascón y poeta; que fue preceptor del desgraciado emperador Graciano, y disertando sobre la enfermedad de Job, invita a los lectores a leer el siguiente epigrama que dirigió Ausonio a una dama romana llamada Crispa: «Crispa fue siempre complaciente con sus amantes, y para que gozaran les ofrecía su lengua y su boca; les abría todos los agujeros de su cuerpo: celebremos, amigos míos, sus extremadas complacencias.» No comprendemos qué tenga que ver ese epigrama con lo que se imputa a Job, que, por otra parte; hemos probado ya que no existió nunca, y que es un personaje alegórico de una fábula árabe.

Cuando Astruc, en su Historia de la sífilis, alega lo dicho por varias autoridades para probar que la sífilis es originaria de Santo Domingo, y que los españoles la trajeron de América, sus citas son más concluyentes.

Dos cosas prueban en mi concepto que adquirirnos de América la sífilis: la primera es la multitud de autores, de médicos y de cirujanos del siglo XVI que lo atestiguan; la segunda es el silencio que guardan respecto a ella los médicos y los poetas de la antigüedad, que nunca conocieran esa enfermedad, ni siquiera de nombre. En este caso considero el silencio de los médicos y de los poetas como otra prueba igualmente demostrativa. Los médicos, empezando por Hipócrates, si la hubieran conocido, hubieran descrito esa enfermedad, caracterizándola, le hubieran puesto nombre y hubieran ordenado remedios. Los poetas, que son malignos, se hubieran ocupado en sus sátiras de las purgaciones, del chancro, de los incordios, de todo lo que produce esa horrible dolencia, y no se encuentra en ningún verso de Horacio, de Cátulo, de Marcial y de Juvenal nada que se refiera ni remotamente a la sífilis, cuando se complacen en describir minuciosamente todos los efectos de la crápula.

Es, pues, seguro que los romanos no conocieron la viruela hasta el siglo VI, que la sífilis americana no fue transportada a Europa hasta fines del siglo XV, y que la lepra es tan distinta de esas dos enfermedades como la parálisis es diferente del baile de San Vito.

La lepra es una sarna de una especie horrible. Los judíos se vieron atacados de esa enfermedad contagiosa más que ningún pueblo de los países cálidos, porque no tenían ropa de lienzo ni baños domésticos. Ese pueblo era tan sucio, que sus legisladores se vieron obligados a publicar una ley para conseguir que se lavaran las manos.

Lo único que ganamos al terminar las guerras de las Cruzadas fue la sarna, y de todo cuanto ganamos fue la única cosa que nos quedó. Tuvimos necesidad de edificar en todas partes asilos para los leprosos, para encerrar en ellos a los que se veían atacados de sarna pestilencial o incurable.

La lepra, el fanatismo y la usura fueron los tres caracteres distintivos de los judíos. Como esos desventurados carecían de médicos, los sacerdotes se arrogaron el cuidado de gobernar a los leprosos, como si ese cuidado fuera incumbencia de la religión. Eso es lo que hizo presumir a algunos temerarios que los judíos eran verdaderos salvajes, que sus juglares dirigían. Aunque los sacerdotes no curaban la lepra, separaban de la sociedad a los que la padecían, y de este modo adquirían prodigioso poder. Encarcelaban a los leprosos como si fueran ladrones; de modo que la mujer que deseaba deshacerse de su marido podía conseguirlo sobornando a un sacerdote, que encerraba al marido despóticamente. Los judíos y los que gobernaban eran tan ignorantes, que tomaron las polillas que roen la ropa por lepra, lo mismo que las suciedades que aparecen en las hendiduras de las paredes; de modo que por la lepra de las casas y de las ropas el infeliz pueblo judío quedó completamente bajo el dominio sacerdotal.

Cuando empezó a conocerse la sífilis, pusieron algunos atacados de esta enfermedad en los hospitales de leprosos, pero éstos los recibieron con indignación y presentaron una solicitud pidiendo que los separaran de ellos, como los encarcelados por deudas o por asuntos de honor reclaman no ser confundidos con la canalla de los criminales.

Dijimos ya en una de nuestras novelas que el Parlamento de París publicó el 6 de Marzo de 1469 un decreto disponiendo en él que todos los sifilíticos que no fueran vecinos de París salieran de esa capital en el término de veinticuatro horas, bajo la pena de ser ahorcados. Esa sentencia no es sensata, ni cristiana, ni leal; pero prueba que consideraban la sífilis como una nueva calamidad, que no tenía nada de común con la lepra, puesto que no ahorcaban a los leprosos por dormir en París y sí que ahorcaban a los sifilíticos.

Los hombres, siendo muy sucios, pueden proporcionarse a sí mismos la lepra, pero no la sífilis, que la proporciona la Naturaleza, y cuyo regalo debemos a la América. Hemos reprochado otras veces a la Naturaleza, que es tan buena y tan mala, de haber obrado contra el fin que se propuso, envenenando el manantial de la vida, y seguiremos lamentándonos todavía de no haber encontrado la solución a esta terrible dificultad.

 

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