LAMPARONES O ESCRÓFULAS
Los lamparones o escrófulas, que también se llaman «tumores fríos», aunque sean muy cáusticos, constituyen una de las enfermedades casi incurables que desfiguran la naturaleza humana y que arrastran
a muerte prematura los dolores y la infección que originan. Supusieron antiguamente que esa enfermedad era divina, porque no había poder humano que la curase (1). Quizás algunos frailes creyeron que los reyes, por ser imágenes de la Divinidad, tenían poder para curar
a los escrofulosos, tocándolos con sus manos ungidas. ¿Por qué, pues, no atribuyeron este privilegio
a los emperadores, que gozan de una divinidad superior a la de los reyes? ¿Por qué no se lo atribuyeron
a los papas, que se creían superiores a los emperadores? Hay motivos para sospechar que algún visionario de la Normandía, para hacer que fuera respetable la usurpación de Guillermo el Bastardo, le concedió de parte de Dios la facultad de curar las escrófulas con la punta del dedo.
Algún tiempo después de la época de Guillermo quedó establecida esa práctica. No podían conceder
a los reyes de Inglaterra ese don milagroso y negárselo a los reyes de Francia, que eran sus señores feudales, porque hubiera sido faltar al respeto debido
a esas antiquísimas leyes; por eso
arranca ese derecho desde San Eduardo en Inglaterra y desde Clovis en Francia.
El único testimonio creíble que conservamos de la antigüedad de ese uso se encuentra en los escritos que en favor de la casa de Lancaster compuso el caballero Juan
Fortescue, en los tiempos de Enrique VI, a quien en la cuna reconocieron rey de Francia en París; más tarde quedó reconocido rey de Inglaterra, y luego perdió los dos reinos. Juan Fortescue, gran canciller de Inglaterra, dice que desde tiempo inmemorial los reyes de Inglaterra estaban facultados para tocar
a las gentes del pueblo que estuvieran enfermas de escrófula. Esto no obstante, no se ve que esa prerrogativa hiciera más sagradas sus personas en las guerras de la Rosa roja y de la Rosa blanca. Las reinas consortes no podían curar las escrófulas, porque no ungían sus manos como las de los reyes; pero Isabel, que reinaba por derecho propio y estaba ungida, las curaba sin ninguna dificultad.
Sucedió una cosa muy desagradable a Martorillo el Calabrés, que nosotros llamamos San Francisco de Paula. El rey Luis XI
le hizo ir a Plessis-les-Sours para que le curara las consecuencias de la apoplejía que sufrió, y el santo se presentó al rey enfermo de escrófula: «Ipse fuit detentus gravi inflatura
quan in parte inferiori genæ suæ dextræ circa guttur patiabatur. Chirurgi diceban morbun esse scropharum» (2). El santo no curó al rey, pero el rey tampoco curó al santo.
Cuando el rey de Inglaterra Jacobo II fue acompañado por segunda vez desde Rochester
a Whitehall, le propusieron que hiciera uno de esos actos peculiares a la monarquía, como por ejemplo, tocar las escrófulas; pero nadie se presentó
a curarse. Entonces
fue a ejercer esta prerrogativa en Francia, y en San Germain tocó a algunos irlandeses. Su hija María, el rey Guillermo, la reina Ana y los reyes de la casa de Brunswick, no curaron
a nadie. Esa moda sagrada pasó en cuanto cundió la ilustración en el mundo.
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(1) Véase el artículo titulado Demoníacos.
(2) Acta Sancti Franciscus Pauli, pág. 155.
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