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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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LÁGRIMAS

Lágrimas - Diccionario Filosófico de VoltaireLas lágrimas son el lenguaje mudo del dolor. ¿Qué relación puede haber entre una idea triste y ese licor líquido y salado que filtra por una pequeña glándula en el extremo externo del ojo, humedeciendo la conjuntiva y los pequeños puntos lagrimales, desde donde desciende hasta la nariz y hasta la boca por el receptáculo que llamamos saco lagrimal y por sus conductos?

¿Por qué en los niños y en las mujeres, cuyos órganos, tienen un tejido débil y delicado, el dolor excita con más facilidad las lágrimas que en los hombres, cuyo tejido es más fuerte?

¿Quiso acaso la Naturaleza excitar en nosotros la compasión cuando vemos derramar lágrimas que no nos enternecen, para inducirnos a prestar nuestro socorro a los que las vierten? La mujer salvaje se apresura a auxiliar al niño que llora con tanta decisión como la dama de la corte, quizá con más cariño, porque está menos distraída y siente menos pasiones.

Indudablemente todo tiene su objeto en el cuerpo humano. Los ojos, sobre todo, tienen relaciones matemáticas admirables y demostradas con los rayos de la luz; esta mecánica es tan divina, que estoy tentado a creer que es un delirio de la fiebre negar las causas finales de la estructura de nuestros ojos. El paso de las lágrimas no parece que tenga un fin tan determinado; pero siempre es loable que la Naturaleza las haga fluir para excitarnos a la compasión.

Atribuyen a algunas mujeres la facilidad de llorar cuando quieren, y no me sorprende que tengan ese don. La imaginación viva, sensible y tierna puede fijarse en alguna idea, o en algún recuerdo horroroso, y representárselo con colores tan intensos que consigan arrancarle lágrimas. Esto es lo que sucede a muchos actores, y principalmente a las actrices en el teatro. Las mujeres que los imitan en el interior de su hogar agregan a ese talento el fraude de aparentar que lloran por sus maridos, cuando algunas de ellas lloran por sus amantes; entonces sus lágrimas son verdaderas, pero el motivo es falso.

Es imposible llorar sin objeto, pero la risa sí que se puede fingir. Es indispensable afectarse sensiblemente para obligar a la glándula lagrimal a que se comprima y a que esparza su licor por la órbita del ojo; pero basta querer para que en nosotros aparezca la risa.

Pregúntase muchas veces: ¿en qué consiste que el hombre que ve con ojos secos los hechos más atroces y que quizás haya cometido crímenes a sangre fría, llore en el teatro al presenciar la representación de esos hechos y de esos crímenes? Consiste en que no los ve con los mismos ojos, sino por los ojos del actor o del autor; no es ya el mismo hombre; era bárbaro, le agitaban pasiones furiosas cuando vio matar a una mujer, cuando se manchó con la sangre de su amigo, y vuelve a ser hombre asistiendo al espectáculo. Ayer pasiones tempestuosas agitaron su corazón; hoy está tranquilo, y la Naturaleza recobra en él sus derechos y le hace derramar lágrimas virtuosas. Éste es el verdadero mérito y el gran bien que producen las buenas obras en el teatro; bien que nunca pueden proporcionar las frías declaraciones del orador pagado para que fastidie al auditorio durante una hora.

Así lo creía también Pope, cuando en el prólogo de la tragedia de Adisson, titulada Catón, dice:

Tyrants no more their savage nature kept;
and foes to virtue wonderet how they wept (1).

__________

(1) Se asombraron los perversos de ver que se enternecían; el crimen tuvo remordimiento, y los tiranos lloraron.

 

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