JUSTO E INJUSTO
¿Quién nos dotó de la idea de lo que es justo y de lo que es injusto? Dios, que nos concedió cerebro y corazón. ¿Cuándo nos enseña la razón que existen el vicio y la virtud? Cuando nos enseña que dos y dos hacen cuatro. No existen, pues, ideas innatas, por la misma razón que no hay ningún árbol que saque flores y fruto cuando sale de la tierra. Nada hay que pueda llamarse innato,
o lo que es lo mismo, desarrollado, y no nos cansaremos de repetir que Dios formó nuestra naturaleza de órganos que,
a medida que se desarrollan, nos hacen conocer todo lo que debe hacer nuestra especie para conservarse.
¿Cómo se verifica ese misterio continuo? Decídmelo, amarillentos habitantes de las islas de la Sonda, negros africanos, imberbes canadienses, y vosotros, sabios, Platón, Cicerón y Epicteto. Todos comprendéis igualmente que vale más dar lo superfluo de vuestro pan y de vuestro arroz al pobre que humildemente os lo demanda, que matarle
o sacarle los dos ojos. Todo el mundo sabe que hacer un beneficio es más honroso que hacer un
ultraje y que la dulzura es preferible a cólera.
No necesitamos, pues, mas que valernos de nuestra razón para discernir la diferencia que hay de la honradez
a la deshonra. El bien y el mal están tan inmediatos, que muchas veces nuestras pasiones los confunden: ¿quién nos lo hará conocer? Nosotros mismos, cuando estamos tranquilos. Todo el que ha escrito respecto
a los deberes del hombre, escribió bien en todos los países del mundo, porque escribió guiado únicamente por su razón, de modo que todos los escritores de esa clase han dicho siempre lo mismo: Sócrates y
Epicuro, Confucio y Cicerón, Marco Antonio y Amurat II tuvieron
la misma moral. Repitamos continuamente, para que todo el mundo lo aprenda, que la moral siempre es una y la misma, porque proviene de Dios; los dogmas varían en cada parte, porque provienen de los hombres; Jesús no
enseñó dogma metafísico ni escribió libros teológicos, ni dijo nunca: «Soy consustancial: tengo dos voluntades y dos naturalezas en una misma persona.» Dejó
a los franciscanos y a los jacobinos, que habían de venir al mundo mil doscientos años después que él, la tarea de argumentar para inquirir si su madre
fue concebida con el pecado original; jamás dijo que el matrimonio es el
signo visible de una cosa invisible; no habló nunca de la gracia
concomitante; no estableció nunca la institución de los frailes ni la de los inquisidores; no mandó nada de lo que hoy vemos establecido.
Dios dotó a los hombres del conocimiento de lo justo y de lo injusto en todos los tiempos que precedieron al cristianismo. Dios ni cambió ni puede cambiar: el fondo de nuestra alma, nuestra razón y nuestra moral serán eternamente lo mismo. ¿De qué aprovecha la virtud, las distinciones teológicas, los dogmas que se fundan en esas distinciones y las persecuciones que se fundan en esos dogmas? La Naturaleza, asustada y sublevada al ver los resultados de esas invenciones bárbaras, grita
a todos los hombres: «Sed justos y no seáis sofistas perseguidores.»
Hojead el Sadder, que es el compendio de las leyes de Zaratustra,
y encontraréis en ese libro esta sabia máxima: «Cuando es dudoso si el
acto que te proponen es justo o injusto, abstente de practicarlo.» Nadie dio nunca regla tan admirable; ningún legislador habló mejor. Esa regla universal es muy diferente del sistema de las opiniones probables, que inventaron cierto número de individuos que se titularon «Sociedad de Jesús».
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