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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Juliano

 

JUDÍOS

Estrella de David (Códice de Leningrado) - Judíos - Diccionario Filosófico de VoltaireMe comprometisteis (1) a hacer una descripción imparcial del carácter de los judíos y de su historia, deseando, sin tratar de sondear los designios de la Providencia, conocer las costumbres de ese pueblo, para estudiar en ellas el origen de los acontecimientos que preparó esa misma Providencia.

La nación judía fue la más singular que hubo en el mundo, y aunque sea despreciable para el hombre político, bajo muchos aspectos, es digna de consideración para el hombre filósofo.

Los guebros, los banianos y los judíos son los únicos pueblos que viven dispersos, y que sin tener alianza con ninguna nación, se perpetúan entre extranjeros y constituyen un pueblo aparte del resto del mundo. Los guebros fueron antiguamente más importantes que los judíos: eran los restos de los antiguos persas, que dominaron a los judíos; pero en la actualidad sólo están esparcidos por una parte del Oriente. Los banianos, que descendían de los antiquísimos pueblos de los que Pitágoras sacó su filosofía, sólo existen ya en la India y en la Persia; pero los judíos están esparcidos por todo el mundo, y si se reunieran, constituirían una nación mucho más numerosa que lo fue en el corto espacio de tiempo que dominaron en la Palestina.

Casi todos los pueblos que escribieron la historia del origen de esta nación la han referido por medio de prodigios: todo es milagroso en ella; sus oráculos siempre les profetizaban conquistas; los que efectivamente llegaron a ser conquistadores creyeron sin esfuerzo los antiguos oráculos que los acontecimientos justificaban. Lo que distingue a los judíos de los otros pueblos es que sus oráculos son los únicos verdaderos, de los que no nos es lícito dudar. Esos oráculos, que interpretaban en su sentido literal, les predijeron muchas veces que llegarían a ser dueños del mundo, y sin embargo, no poseyeron nunca mas que un pequeño rincón de la tierra durante algunos años, y hoy no tienen ni una aldea propia. Deben creer, y lo creen efectivamente, que ha de llegar un día en que sus predicciones se realicen y en que posean el imperio del mundo.

Son los últimos entre los pueblos musulmanes y cristianos, y se creen ser los primeros. El orgullo que en su abatimiento conservan lo justifican con la razón, que no tiene réplica, de que son realmente los padres de los cristianos y de los musulmanes. La religión cristiana y la musulmana reconocen por madre a la judía, y por singular contradicción, sienten al mismo tiempo por su madre respeto y horror. No se trata en este artículo de repetir la serie continua de prodigios que asombran a la imaginación y que ponen a prueba la fe; sólo vamos a tratar de los acontecimientos puramente históricos, despojados del concurso celeste y de los milagros que Dios se dignó durante mucho tiempo realizar en favor de dicho pueblo.

Originariamente encontramos en Egipto una familia compuesta de sesenta personas que produce, en el transcurso de doscientos quince años, una nación que reúne seiscientos mil combatientes, cuyo número, sumado con el de las mujeres, los ancianos y los niños, compone un total de dos millones de almas. No hay ejemplo en el mundo de aumento de población tan prodigioso; esa multitud salió de Egipto y permaneció cuarenta años en los desiertos de la Arabia Pétrea, y la población disminuyó mucho en ese país horrible.

Los individuos que quedaron de esa nación avanzaron hacia el Norte de los referidos desiertos. Parece que seguían los mismos principios que guiaron después a los pueblos de la Arabia Pétrea y de la Arabia Desierta, cuyos principios consistían en exterminar sin misericordia a los habitantes de las pequeñas aldeas, cuando se consideraban más fuertes que éstos, reservándose únicamente a las mujeres jóvenes. El interés de aumentar la población fue siempre el objeto principal de uno y de otros. Eso mismo sucedió cuando los árabes conquistaron a España: impusieron a todas las provincias tributos de mujeres núbiles, y todavía en la actualidad los árabes del desierto celebran tratados estipulando que se les han de entregar algunas doncellas y regalos.

Llegaron los judíos a un territorio arenisco, erizado de montañas, en el que encontraron algunas aldeas, cuyos pobladores se llamaban madianitas. Se apoderaron de seiscientos setenta y cinco mil corderos, de setenta y dos mil bueyes, de sesenta y un mil asnos y de treinta y dos mil doncellas de los habitantes de esas aldeas. Asesinaron a todos los hombres, a las mujeres y a los niños, y las doncellas y el botín se los repartieron el pueblo y los sacrificadores.

Casi en seguida y en el mismo territorio, se apoderaron de la ciudad de Jericó; pero como los habitantes de esa ciudad estaban anatematizados, los asesinaron a todos, sin perdonar a las doncellas; sólo se escapó de la matanza general una cortesana llamada Rahab, porque les había ayudado a sorprender la ciudad.

Los sabios han cuestionado si los judíos sacrificaron hombres a la Divinidad, como otras naciones; pero esto no es mas que una cuestión de nombre; los que ese pueblo condenaba al anatema no los degollaba en el altar con el acompañamiento de rito religioso; pero los inmolaba, sin ser dueño de perdonar a uno solo. El Levítico prohíbe expresamente, en el versículo 21 del capítulo XXIX, rescatar a los que estén condenados al anatema, diciendo: «Es indispensable que mueran.» En virtud de esa ley, Jefté degolló a su hija, Saúl intentó matar a su hijo, Samuel despedazó al rey Agag. Es indudable que Dios es dueño de la vida de los hombres y que no nos incumbe examinar sus leyes; por eso debemos concretarnos a creer esos hechos y a respetar callando los designios de Dios, que los permitió. Pregúntase también qué derecho tenían unos extranjeros como eran los judíos al país de Canaán, y se contesta que tenían el derecho que Dios les había dado.

En cuanto se apoderaron de Jericó y de Lais, entre los judíos se encendió una guerra civil, en la que la tribu de Benjamín casi fue exterminada, quedando de ella sólo seiscientos hombres; pero el pueblo, no queriendo consentir en el exterminio de una de sus tribus, para reparar el mal causado decidió entrar a fuego y a sangre en una ciudad de la tribu de Manases, y matar en ella a los hombres, a los ancianos, a los niños, a las mujeres casadas, a las viudas, dejando con vida a seiscientas vírgenes, de las que se apoderaron y las entregaron a los seiscientos sobrevivientes de la tribu de Benjamín para rehacerla, con la idea de que estuviera completo el número de las doce tribus.

Entretanto, los fenicios, nación poderosa que poblaba aquellas costas desde tiempo inmemorial, justamente alarmados por las depredaciones y crueldades que cometían los recién llegados, los castigaban con frecuencia, y los príncipes que estaban en la vecindad de los judíos se reunieron para pelear contra éstos, que quedaron reducidos a la servidumbre siete veces en el período de doscientos años.

Al fin quisieron que les gobernara un rey, y lo eligieron por suerte, pero ese rey debía ser poco poderoso, porque en la primera batalla que a sus órdenes empeñaron los judíos contra los filisteos, que eran sus señores, sólo contaba su ejército con una espada y con una lanza y carecía de instrumentos de hierro. David, que fue su segundo rey, hizo la guerra con gran provecho. Se apoderó de la ciudad de Salén, que luego fue célebre y se llamó Jerusalén, y entonces los judíos empezaron a adquirir importancia en los alrededores de la Siria. Su gobierno y su religión adquirieron forma más augusta. Hasta entonces no consiguieron tener un templo, y todas las naciones inmediatas lo tenían. Salomón edificó un templo magnífico y reinó cerca de cuarenta años.

La época de Salomón fue la más floreciente del pueblo judío, y todos los reyes del mundo juntos no podían ostentar un tesoro equivalente al que poseía Salomón. Su padre, David, cuyo predecesor sólo tenía una espada y una lanza, dejó a Salomón veinticinco mil millones en dinero contante. Sus flotas, que iban a Ofir, le traían todos los años sesenta y ocho millones de oro puro, sin contar la plata y las piedras preciosas. Tenía cuarenta mil caballerizas y otras tantas cocheras para sus carros; doce mil cuadras para su caballería; setecientas mujeres y trescientas concubinas. Sin embargo, carecía de madera y de trabajadores para edificar su palacio y su templo, y los alquiló a Hiram, rey de Tiro, que hasta le suministraba el oro, y Salomón, para pagar a los trabajadores, entregó á Hiram veinte ciudades. Los comentaristas confiesan que esos hechos necesitan explicación, y sospechan que los copistas deben haberse equivocado al transcribir las cantidades.

Cuando murió Salomón, se dividieron las doce tribus que componían la nación; quedó el reino desgarrado en dos pequeñas provincias: una de ellas se llamó Judá y la otra Israel. Nueve tribus y media constituyeron la provincia israelita, y dos y media únicamente compusieron la de Judá. Hubo entonces entre las dos provincias un odio recíproco e implacable, porque aunque eran parientas y vecinas, profesaban religión diferente, porque en Sichem, que Pertenecía a la Samaria, adoraban a Baal, mientras en Jerusalén adoraban a Adonai. Consagraban dos becerros en Sichem; en Jerusalén dos querubines, que eran dos animales con alas y con dos cabezas, que tenían colocados en el santuario; cada uno de esos dos partidos tenía sus reyes, su dios, su culto y sus profetas, y se hacían una guerra cruel.

Mientras se hacían la guerra, los reyes de Asiria, que habían conquistado la mayor parte del Asia, se lanzaron sobre los judíos como águila que se arroja sobre dos lagartos que están riñendo. Las nueve tribus y media de Samaria y de Sichem fueron lanzadas de allí y quedaron dispersadas para siempre, sin que hayamos podido averiguar en qué sitio estuvieron esclavos.

Sólo dista veinte leguas la ciudad de Samaria de Jerusalén; sus territorios estaban juntos, de modo que, aplastada una de esas dos ciudades por la fuerza de los conquistadores, la otra ciudad tenía que sucumbir en seguida. Por eso Jerusalén fue muchas veces saqueada; fue tributaria de los reyes Hazael y Razín; esclava de Teglatfalasar; tres veces tomada por Nabucodonosor y al fin destruida. Sedecías, que la gobernaba, quedó en poder de dicho conquistador, que se lo llevó cautivo a Babilonia, como a todo el pueblo que regía; de modo que de los judíos sólo quedaron en la Palestina algunas familias de esclavos campesinos para que cultivaran las tierras. En cuanto a la región de Samaria y de Sichem, como era más fértil que la de Jerusalén, la repoblaron de colonias extranjeras, que enviaron allí los reyes asirios, y que tomaron el nombre de «samaritanas».

Las dos tribus y media que estuvieron esclavas en Babilonia y en las ciudades inmediatas durante setenta años, tuvieron tiempo suficiente para aprender los usos y las costumbres de sus dueños, y enriquecieron su idioma tomando muchas palabras de la lengua caldea. Desde entonces los judíos sólo conocieron ya el alfabeto y los caracteres caldeos, y hasta olvidaron el dialecto hebreo: esto es incontestable. El historiador Josefo dice que empezó por escribir en caldeo, que es la lengua de su país. Los judíos casi nada aprendieron de la ciencia de los magos, porque se dedicaron exclusivamente a los oficios de corredores, de cambistas y de ropavejeros; de este modo se hicieron necesarios y consiguieron enriquecerse.

Los capitales que reunieron les hicieron conseguir durante el reinado de Ciro permiso para reedificar a Jerusalén, pero para eso fue preciso que regresaran a su patria, y los que se habían enriquecido en Babilonia no quisieron salir de tan hermoso país para habitar en las montañas de la Celesiria, ni perder de vista las riberas fértiles del Eufrates y del Tigris para ocupar las del torrente Cedrón. Sólo volvió a su patria con Zorobabel la parte más vil de la nación. Los judíos que se quedaron en Babilonia contribuyeron sólo con sus limosnas a reedificar la ciudad y el templo, y todavía la colecta no ascendió a gran cantidad. Esdras refiere que sólo pudieron reunir setenta mil escudos para reedificar el templo, que había de ser el primero del universo.

Los judíos permanecieron siendo vasallos de los persas; lo fueron también de Alejandro, y cuando este gran hombre empezó en los primeros años de sus victorias a proteger la Alejandría y a convertirla en el centro del comercio del mundo, multitud de judíos fueron a vivir allí para dedicarse al oficio de corredores, y sus rabinos aprendieron en Alejandría algunas nociones de las ciencias de los griegos. La lengua griega fue necesaria desde entonces para los judíos que se dedicaban al comercio.

Después de la muerte de Alejandro, los judíos quedaron sometidos a los reyes de Siria en Jerusalén y a los reyes de Egipto en Alejandría, y cuando esos reyes hacían la guerra, ese pueblo sufría la misma suerte que todos los vasallos y quedaba bajo el dominio de los vencedores.

Desde su cautividad en Babilonia, ya no tuvo Jerusalén gobernadores particulares que adoptasen el nombre de reyes. Los pontífices desempeñaban la administración interior, y eran nombrados por sus señores; algunas veces compraban muy cara esa dignidad, como el patriarca griego de Constantinopla compra la suya.

En la época de Antíoco Epifanio, se sublevaron los judíos y vieron su ciudad saqueada otra vez y las murallas demolidas. Después de una serie de desastres parecidos a éste, cerca de ciento cincuenta años antes de la era vulgar, consiguieron por primera vez permiso para acuñar moneda. Antíoco Sidetes les otorgó este privilegio. Entonces tuvieron jefes que adoptaron el nombre de reyes y que hasta se ciñeron la diadema. Antígono fue el primero que usó ese adorno, que nada significa careciendo de poder.

 


      Por aquel tiempo los romanos empezaron a hacerse temibles para los reyes de Siria, que eran los señores de los judíos, y éstos consiguieron poner de su parte al Senado de Roma, estando sumisos a él y colmándolo de presentes. Parecía que las guerras que tuvieron los romanos en el Asia Menor habían de ser un motivo para que dejaran respirar a ese desventurado pueblo; pero apenas Jerusalén disfrutó de una sombra de libertad, la rindieron y la desgarraron las guerras civiles, durante el mando de aquellos fantasmas de reyes, y fue más digna de compasión que cuando gemía en una larga serie de diferentes esclavitudes. En sus perturbaciones intestinas eligieron por jueces a los romanos.

La mayoría de los reinos del Asia Menor, del África septentrional y de las las tres cuartas partes de Europa reconocían ya a los romanos como árbitros y como señores. Pompeyo fue a Siria a juzgar a las naciones y a deponer a muchos tiranuelos. Engañado por Aristóbulo, que le disputaba la corona de Jerusalén, se vengó de él y de su partido tomando la ciudad, haciendo crucificar a muchos sediciosos, tanto sacerdotes como fariseos, y algún tiempo después sentenció a Aristóbulo, rey de los judíos, al último suplicio.

Los judíos, siempre desgraciados, siempre esclavos, pero sublevándose siempre, atrajeron contra ellos los ejércitos romanos. Craso y Casio los castigaron, y Metelio Escipión mandó crucificar a un hijo del rey Aristóbulo, llamado Alejandro. instigador de todas las rebeliones.

En la época del gran César permanecieron enteramente sometidos y tranquilos. Herodes, famoso entre ellos y entre nosotros, que durante mucho tiempo desempeñó el cargo de tetrarca, consiguió que Antonio le ciñera la corona de Judea, que pagó espléndidamente, pero Jerusalén se negó a reconocer al nuevo rey, porque descendía de Esaú y no de Jacob, y era idumeo; pero precisamente por ser extranjero le nombraron los romanos para desempeñar ese cargo y para que sostuviera mejor la brida de ese pueblo. Los romanos protegieron al rey que habían nombrado, enviándole un ejército, y Jerusalén fue una vez más tomada por asalto y saqueada.

Herodes, protegido luego por Augusto, llegó a ser el más poderoso de los príncipes entre los reyezuelos de la Arabia. Restauró Jerusalén y reedificó la fortaleza que rodeaba el templo que idolatraban los judíos, cuyo templo empezó a reconstituir, pero no terminó su obra, porque le faltaron trabajadores y dinero. Esto prueba que Herodes no era rico, y que los judíos, que profesaban tanto cariño a su templo, preferían a éste su dinero contante.

La denominación de rey sólo era un título honorífico que les concedieron los romanos, no era un título de sucesión. En cuanto murió Herodes, gobernó la Judea como provincia romana subalterna el procónsul de Siria, aunque de vez en cuando concedían los romanos el título de rey, unas veces a un judío y otras a un extranjero, mediante una gran suma, como se le concedió al judío Agripa en los tiempos del emperador Claudio.

Agripa tuvo una hija llamada Berenice, que fue célebre porque la amó uno de los mejores emperadores que dominaron en Roma. Berenice, ofendida de las injusticias que le hicieron sufrir sus compatriotas, atrajo sobre Jerusalén las venganzas de los romanos. Pidió que le hicieran justicia, y las facciones de la ciudad se la negaron. El espíritu sedicioso de ese pueblo le indujo a cometer nuevos excesos: su carácter fue cruel en todas las épocas, y su destino fue ser siempre castigado.

Vespasiano y Tito pusieron a la citada ciudad el memorable sitio, que terminó con la destrucción de ésta. El exagerado Flavio Josefo refiere que en esa corta guerra mataron más de un millón de judíos. No debe sorprendernos que un autor que dice que había quince mil hombres en cada aldea mate en una guerra un millón. Los judíos que quedaron vivos fueron expuestos en los mercados públicos, y cada uno de ellos fue vendido, poco más o menos, por el mismo precio que el animal inmundo que ese pueblo no se atreve a comer.

A pesar de esta última dispersión, esperaban todavía encontrar un libertador, y en el reinado de Adriano, que en sus rezos maldecían, apareció Barcoquebas, que se jactaba de ser un nuevo Moisés, un Cristo. Consiguió alistar en sus banderas muchísimos desventurados, que las creían sagradas; pero en la lucha perecieron él y todos sus secuaces; este fue el último golpe que recibió dicha nación, que quedó anonadada. Los judíos han considerado siempre que eran sus dos grandes deberes los niños y el dinero.

Resulta de esta compendiada historia que los hebreos vagaron casi siempre errantes, que fueron o bandidos, o esclavos, o sediciosos; todavía viven vagabundos por la tierra, profesan horror a los hombres, y aseguran que éstos, el cielo y la tierra fueron creados para ellos solos.

Se comprende perfectamente, estudiando la situación de la Judea y el genio de ese pueblo, que debía ser siempre subyugado. Le rodeaban naciones de gran poder y belicosas, a las que tenía aversión, por lo que ni éstas podían protegerlo, ni él podía aliarse con ellas. Era imposible que le sostuviera la marina, porque perdió muy pronto el puerto que poseyó en el mar Rojo en la época de Salomón, y hasta el mismo Salomón echó mano de los tirios, lo mismo para construir sus buques, que para edificar su palacio y el templo. No tuvieron nunca cuerpos de ejército permanentes, como los asirios, los medos, los persas, los siriacos y los romanos. Los artesanos y los labradores tomaban las armas cuando había necesidad, y por consecuencia, no podían ser soldados aguerridos. Sus montañas, o mejor dicho, sus peñascos, no tenían la suficiente altura ni estaban bastante contiguos para defender la entrada de su territorio. La parte más numerosa de la nación, transportada a Babilonia, a Persia o la India, o establecida en Alejandría, estaba demasiado ocupada en el comercio y en el corretaje para pensar en la guerra. Su gobierno civil, ya republicano, ya pontificial, ya monárquico, sumido con frecuencia en la anarquía, no era mejor que su disciplina militar.

Si preguntáis cuál era la filosofía de los hebreos, os contestaré con muy pocas palabras: no conocían la filosofía; hasta su mismo legislador no habla terminantemente en ninguna parte ni de la inmortalidad del alma ni de las recompensas de la otra vida. Josefo y Filón creen que las almas son materiales; sus doctores creen que los ángeles son corpóreos, y durante su permanencia en Babilonia bautizaron a esos ángeles con los nombres que tenían en Caldea: Miguel, Gabriel, Rafael y Urías. La palabra Satán es babilónica, y viene a indicar el Arimán de Zoroastro. El nombre de Asmodeo es caldeo también, y Tobías, que vivía en Nínive, fue el primero que lo usó. El dogma de la inmortalidad del alma sólo se desenvolvió entre los fariseos con el transcurso del tiempo. Los saduceos le negaron siempre la espiritualidad y la inmortalidad, y negaron también la existencia de los ángeles. Sin embargo, los saduceos se trataron siempre con los fariseos, y hasta tuvieron soberanos pontífices de su secta. La prodigiosa diferencia de opiniones de los dos partidos no causó la menor perturbación. Los judíos se atenían escrupulosamente en los últimos tiempos de su morada en Jerusalén a sus ceremonias legales. El que comía budín o conejos era apedreado; pero el que negaba la inmortalidad del alma podía ser gran sacerdote.

Créese generalmente que el horror que sentían los judíos hacia las otras naciones provenía del horror que les inspiraba la idolatría; pero es más verosímil suponer que el modo como al principio exterminaron algunas poblaciones de Canaán y el odio que les tuvieron las naciones vecinas fueron la causa de la aversión que les tenían. Como no conocían mas que a los pueblos inmediatos, aborreciéndolos, se figuraban que aborrecían a todos los habitantes del mundo, y se acostumbraron de ese modo a ser enemigos de los hombres.

La prueba de que la idolatría de las naciones no fue la causa de su odio es que en la historia de los judíos encontramos que fueron idólatras con frecuencia. El mismo Salomón hacía sacrificios a los dioses extranjeros. Después de su reinado, no hay casi ningún rey de la provincia de Judá que no permita el culto de los dioses extranjeros y que no les ofrezca incienso. La provincia de Israel conservó sus dos becerros y sus bosques sagrados, en los que adoró otras divinidades.

No está bien comprobado aún la idolatría que se atribuye a varias naciones, y quizá no será muy difícil lavar esa mancha de la teología antigua. Todas las naciones ilustradas conocieron la idea de un Dios supremo, que era señor de los dioses subalternos y de los hombres. Los egipcios reconocieron un primer principio que llamaron Knef, al que todo lo demás se subordinaba. Los antiguos persas adoraban el principio del bien, que llamaron Oromase, y no hacían sacrificios al principio del mal, llamado Arimán, que consideraban poco más o menos como nosotros consideramos al diablo. Los guebros, hasta nuestros días, conservan el don más sagrado de la unidad de Dios. Los antiguos brahmanes reconocían un solo Ser Supremo; los chinos no asociaban ningún ser subalterno a la Divinidad, y no tuvieron ídolos hasta la época en que el culto de Fo y las supersticiones de los bonzos sedujeron al populacho. Los griegos y los romanos, a pesar de conocer multitud de dioses, reconocían a Júpiter como soberano absoluto del cielo y de la tierra. Homero, extraviado en las más absurdas ficciones de la poesía, no se separa nunca de esta verdad, representa siempre a Júpiter como el único dios todopoderoso, que envía el bien y el mal al mundo, y que con un movimiento de sus cejas hace temblar a los hombres y a los dioses. Erigían altares, hacían sacrificios a los dioses subalternos, pero no hay un solo monumento de la antigüedad en el que la denominación de «soberano del cielo» se aplique a un dios secundario, a Mercurio, a Apolo o a Marte. El rayo fue siempre el atributo del Dios Supremo.

La idea de un Ser Soberano, de su Providencia, de sus decretos eternos, se encuentra en todos los filósofos y en todos los poetas. Quizás es tan injusto creer que los antiguos igualasen a los héroes, los genios y los dioses inferiores con el que llamaron «padre y señor de los dioses», como sería ridículo creer que nosotros igualamos a Dios con los bienaventurados y con los ángeles.

Me preguntáis también si los antiguos filósofos y los legisladores copiaron a los judíos, o si éstos copiaron de aquéllos. Respecto a este punto debemos atenernos a lo que nos dice Filón. Confiesa éste que antes de la traducción de los Setenta, los extranjeros no conocían los libros de su nación. Además, los grandes pueblos no pueden sacar sus conocimientos y sus leyes de un pueblo insignificante, oscuro y esclavo. Los judíos carecían aún de libros en la época de Osías, y por casualidad, durante su reinado, se encontró el único ejemplar de la ley que existía. Ese pueblo, desde que estuvo cautivo en Babilonia, no conoció más alfabeto que el caldeo, no se distinguió en ningún arte mi en ninguna clase de manufactura, y hasta en la misma época de Salomón se vio obligado a pagar a alto precio trabajadores extranjeros. Decir que los egipcios, los persas y los griegos aprendieron de los judíos equivale a decir que los romanos aprendieron las artes de los bajo-bretones. Los judíos no fueron nunca físicos, geómetras ni astrónomos; no tenían escuelas públicas para instruir a la juventud; los pueblos del Perú y de Méjico arreglaban mejor que ellos los años. Su permanencia en Babilonia y Alejandría, durante la que los particulares pudieron instruirse, no hizo aprender al pueblo mas que el arte de la usura. Nunca supieron acuñar moneda, y cuando Antíoco Sidetes les permitió que la acuñaran, apenas pudieron aprovecharse de este permiso durante cuatro o cinco años, y todavía hay quien sostiene que su moneda se acuñó en Samaria. Por eso las medallas judías son tan raras y casi todas son falsas. En una palabra: estudiando a los judíos os convenceréis de que sólo pudieron constituir un pueblo ignorante y bárbaro, dotado de la más sórdida avaricia, de la más detestable superstición y del más invencible odio hacia los otros pueblos, que los toleraban y los enriquecieron.

II - Sobre la ley de los judíos

La ley de los judíos debe parecer a las naciones civilizadas tan extravagante como su conducta; si no fuera divina, pudiéramos considerarla como dictada para salvajes que empiezan a reunirse para constituir un pueblo; pero siendo divina, no alcanzamos a comprender por qué no ha subsistido siempre, no sólo para ellos, sino para todos los hombres.

Siempre nos ha causado extrañeza que ni siquiera insinúe el dogma de la inmortalidad del alma esa ley titulada Levítico y Deuteronomio.

La ley judía prohíbe comer anguilas porque no tienen escamas, y liebres porque rumian y no tienen el pie hendido. No cabe duda que los judíos tendrían liebres que serían de otro modo que las nuestras, porque las nuestras tienen el pie hendido y no rumian. Para ellos el grifo es inmundo, las aves de cuatro pies son también inmundas, pero estos animales son muy raros. Todo el que tocaba un ratón o un topo era impuro. Se prohíbe en la ley judía que las mujeres se acuesten con caballos y con asnos; para hacer esta prohibición era preciso que las mujeres judías se hubieran dedicado a semejantes galanteos. Se prohíbe a los hombres ofrecer la esperma a Moloch, y para que no se crea que esto es una metáfora, repite la ley que se refiere al semen del macho. El texto llama a esta ofrenda fornication. En esta parte es curioso el libro sagrado: según parece, era costumbre en los desiertos de la Arabia ofrecer a los dioses ese singular presente, como es costumbre en Conchín y en otros países de la India, según nos aseguran, que las doncellas entreguen su virginidad a un príapo de hierro en el templo. Esas dos ceremonias prueban que el género humano es capaz de todo. Los cafres, que se cortan un testículo, ofrecen todavía un ejemplo más ridículo del fanatismo de la superstición.

También es una ley judía muy extraña la que trata de la prueba del adulterio. La mujer que es acusada por el marido de ese delito comparece ante los jueces, y le dan a beber el agua de los celos mezclada con absintio y con polvo; si es inocente, esa agua la hace más hermosa y más fecunda; si es culpable, los ojos le saltan de las órbitas, se le hincha el vientre y revienta a presencia del Señor.

No me ocuparé detenidamente ahora de los detalles de los sacrificios, que no eran mas que ceremoniosas operaciones de carniceros; pero no quiero pasar en silencio una especie de sacrificio que era muy común en aquellos tiempos bárbaros. Manda expresamente el capítulo XXVII del Levítico inmolar a los hombres que hayan incurrido en el anatema del Señor. «No hay para ellos rescate —dice el texto—; es preciso que la víctima prometida expire.»

No cabe duda, pues, de que los judíos, obedeciendo a sus oyes, sacrificaban víctimas humanas. Esos actos religiosos estaban en armonía con sus costumbres; sus mismos libros os representan degollando sin misericordia a todos los que encuentran a su paso, reservándose únicamente las doncellas para su propio uso.

Es muy difícil, y además poco importante, averiguar en qué época se redactaron esas leyes que han llegado basta nosotros, pero basta saber que son antiquísimas para conocer que las costumbres de entonces eran groseras y feroces.

III - De la dispersión de los judíos

Se ha supuesto que se profetizó su dispersión como castigo por negarse a reconocer que Jesucristo era el Mesías, olvidando que los judíos estaban ya dispersos por todo el mundo conocido mucho tiempo antes de la encarnación de Jesucristo. Los libros que nos quedan de ese pueblo singular no mencionan el regreso de las diez tribus que transportaron más allá del Eufrates Teglatfalasar y Salmanasar, y hasta cerca de seis siglos después, Ciro hizo volver a Jerusalén las tribus de Judá y de Benjamín, que Nabucodonosor había esparcido por las provincias de su imperio; las Actas de los Apóstoles dicen que cincuenta y tres días después de la muerte de Jesucristo se reunieron allí judíos de todas las naciones para celebrar en Jerusalén la fiesta de la Pascua de Pentecostés. Santiago escribió a las doce tribus dispersas, y Josefo, lo mismo que Filón, dice que había gran número de judíos en todo el Oriente.

Cuando se reflexiona en la matanza que hubo de judíos durante el reinado de algunos emperadores romanos y en la carnicería que hicieron de ellos todas las naciones cristianas, nos sorprende, no sólo que ese pueblo subsista todavía, sino que sea más numeroso que lo fue en sus tiempos antiguos. Su aumento llega a atribuirse a estar exento del servicio militar, a su ardoroso deseo por el matrimonio, a su ley de divorcio, a su género de vida sobria y arreglada, a sus abstinencias, a su trabajo y a sus ejercicios.

Digna es de notarse la sumisión constante que los judíos tienen a la ley mosaica, sobre todo si recordamos sus antiguas y frecuentes apostasías, cuando les gobernaban reyes o jueces. El judaísmo es ahora la religión del mundo que cuenta menos apóstatas, y quizás éste es el resultado de las persecuciones que sufrió. Sus sectarios, que son mártires perpetuos de su creencia, creen ciegamente profesar la verdadera doctrina, y nos consideran a nosotros como judíos rebeldes que han modificado la ley de Dios y que castigamos a los que la han obtenido de sus propias manos.

Efectivamente, mientras Jerusalén subsistió con su templo, los judíos fueron expulsados de su patria algunas veces; pero fueron expulsados con más frecuencia por el fanatismo ciego de todos los países donde residieron en cuanto se extendió el cristianismo y el mahometanismo. Por eso comparan su religión a una madre que tiene dos hijas, una cristiana y otra mahometana, que le han dado muchas pesadumbres, pero que aunque la hayan maltratado tiene siempre un verdadero placer en recordar que dio a luz esas dos hijas; se sirve de una y de otra para abarcar el universo, y en su vejez venerable consigue abarcar todos los tiempos.

Es singular que los cristianos crean realizar las profecías tiranizando a los judíos que se las transmitieron. Ya hemos visto que la Inquisición hizo desterrar a los judíos de España. Viéndose reducidos a recorrer muchas tierras y muchos mares para ganarse la vida, declarándolos en todas partes incapaces de poseer bienes raíces y de obtener ningún empleo, se vieron obligados a dispersarse por muchos sitios y a no poderse establecer permanentemente en ninguna región, faltos de apoyo y de poder para conseguirlo. Tuvieron que dedicarse al comercio, profesión que desdeñaban casi todos los pueblos de Europa, y éste fue su único recurso en los tiempos bárbaros, y como necesariamente el comercio tenía que enriquecerles, los trataron de infames usureros. Los reyes, no pudiendo sacar dinero de las bolsas ya vacías de sus vasallos, para apoderarse del dinero de los judíos los hicieron sufrir en el potro, porque no los consideraban como ciudadanos. Lo que les sucedió en Inglaterra puede dar una idea de las vejaciones que sufrirían en los demás países. El rey Juan, necesitando fondos, encarceló a los judíos ricos de su reino; uno de ellos, a quien arrancaron siete dientes, uno después de otro, para que entregara su capital, entregó mil marcos de plata cuando le arrancaron el octavo diente. Enrique III le sacó a Aarón, judío establecido en Nueva York, catorce mil marcos de plata para él y diez mil para la reina; vendió a los demás judíos de su reino a su hermano Ricardo para un año, con la idea de que él abriera el vientre a los que el rey había ya despellejado.

En Francia encarcelaban a los judíos, los robaban, los vendían, los acusaban de ejercer la magia, de sacrificar niños y de envenenar las fuentes; los expulsaban del reino, y luego los dejaban volver pagando, y hasta en las épocas que toleraban que estuvieran en la nación, los distinguían de los demás habitantes por medio de signos infamantes. Por singularidad inconcebible, mientras en otros países los quemaban en la hoguera para hacerles abrazar el cristianismo, en Francia confiscaban los bienes de los judíos que se hacían cristianos. Carlos VI, por medio de un edicto que publicó en Rasville el 4 de abril de1392, derogó esta costumbre tiránica, que, según dice el benedictino Mabillón, se introdujo por las dos razones siguientes: 1.ª, para probar el cristianismo de los recién convertidos, ya que era común entre los judíos fingir que se sometían al Evangelio por algún interés temporal, sin cambiar realmente de creencia; 2.ª, porque como la mayor parte de sus bienes provenían de la usura, la pureza de la moral cristiana requería que hicieran general restitución, lo que se conseguía confiscándoles los bienes.

Pero la verdadera razón de este uso es la que desarrolla el autor del Espíritu de las leyes, porque eran una especie de derecho de amortización en favor del príncipe o de los señores las tasas que imponían a los judíos, considerándolos como esclavos de «manos muertas» a los que éstos sucedían, y los príncipes y los señores se privaban de este beneficio en cuanto los judíos se convertían a la religión cristiana.

Proscritos sin cesar de todos los países, al fin encontraron ingeniosamente el medio de salvar sus fortunas y de establecer fijamente su residencia. Expulsados de Francia en la época de Felipe el Largo, en 1318 se refugiaron en la Lombardía, y allí dieron letras a los negociantes dirigidas a los que ellos habían confiado su capital al partir, y estas letras se pagaron en seguida. La invención admirable de las letras de cambio debió su origen a la desesperación de los judíos, y entonces únicamente su comercio pudo evitar los ataques y sostenerse en todo el mundo.

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(1) El autor dedica y dirige este artículo a la marquesa del Chatalet, a la que consagra muchos artículos del DICCIONARIO FILOSÓFICO.—Nota del Traductor.


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