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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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JESUITAS u ORGULLO

San Ignacio de Loyola y San Francisco - Jesuitas - Diccionario Filosófico de VoltaireSe ha hablado tanto de los jesuitas, que después de haber ocupado la atención de Europa durante doscientos años, han acabado por aburrirla, ya por ser ellos mismos los que escriben, ya porque se escribe en pro o en contra de esta sociedad singular en la que es preciso decir que han descollado y descuellan todavía hombres de extraordinario mérito.

Se les ha echado en cara en seis mil volúmenes la relajación de su moral, que no estaba más relajada que la de los capuchinos, y su doctrina respecto a la seguridad de la persona de los reyes, doctrina que, después de todo, está poco distante del cuchillo de Jacobo Clemente, y de la hostia salpimentada de que se sirvió el hermano Ángel de Montepulciano para envenenar al emperador Enrique VII.

No perdió a los jesuitas la gracia versátil, ni la quiebra fraudulenta del reverendo padre La Valette, prefecto de las misiones apostólicas. No se expulsa a toda una orden de Francia, de España y de las Dos Sicilias porque haya en ella un individuo quebrado. No perdieron a los jesuitas los desbarros de Guyot Desfontaines, de Frerón, ni del reverendo padre Marsy, ni las imitaciones griegas y latinas de Anacreonte y de Horacio. ¿Qué les perdió, pues? El orgullo.

¿Los jesuitas tenían más orgullo que los demás frailes? Sí; estuvieron a punto de dar una orden reservada de prisión contra un eclesiástico porque éste se atrevió a llamarles «frailes». El hermano Brout, el más brutal de la sociedad, casi le pegó en mi presencia al hijo de M. de Guyot porque éste le dijo que iría a visitarle al «convento». Es increíble el desprecio con que miraban las universidades donde no estaban ellos, los libros que ellos no escribían y a los eclesiásticos que no eran hombres notables, y esto lo he presenciado yo muchas veces. Se expresan de este modo en su libelo titulado Es hora de hablar: «¿Qué hemos de decir a un magistrado que opina que los jesuitas son orgullosos y que es preciso humillarlos?» Eran tan orgullosos, que no querían consentir que vituperaran su orgullo.

¿Qué hizo nacer en ellos el pecado de la soberbia? Haber ahorcado al hermano Guignard. Esto es verdad al pie de la letra. Hay que observar que después del castigo de dicho jesuita, en la época de Enrique IV, y después que fueron desterrados del reino, se les levantó el destierro, con la condición de que habría siempre en la corte un jesuita que fuese responsable de la conducta de los demás hermanos de su orden. Cotón sirvió de garantía de ellos en la corte de Enrique IV, y este buen rey, que no carecía de astucia, creyó ganar la voluntad del Papa tomando en rehenes a su confesor.

Desde entonces cada uno de los hermanos jesuitas se creyó ser solidariamente confesor del rey. El destino de primer médico del alma de un monarca se convirtió en un ministerio en el reinado de Luis XIII, y sobre todo en el de Luis XIV. El hermano Vadblé, ayuda de cámara del padre La Chaise, concedía su protección a los obispos de Francia, y el padre Le Tallier gobernaba con cetro de hierro a los que de ese modo se dejaban gobernar. Era imposible que la mayoría de los jesuitas no se hinchasen del viento de esos dos hombres, y que no fueran tan insolentes como los lacayos del marqués de Leuvois. Hubo entre ellos sabios, hombres elocuentes, genios, y éstos eran modestos; pero las medianías, que constituían el gran número, se contaminaron del orgullo anexo a la mediocridad y el espíritu de clase.

Desde la época del padre Garasse, casi todos sus libros de polémica respiraban una altivez indecente, que sublevó contra ellos toda Europa. Esa altivez descendía con frecuencia hasta la bajeza del más enorme ridículo, y de ese modo encontraron el secreto de ser al mismo tiempo objeto de envidia y de desprecio. He aquí cómo se expresaban al ocuparse del célebre Pasquier, abogado general de la Cámara de Cuentas:

«Pasquier es un estúpido, un pillo de París, un galante bufón, vendedor de cuentecillos, un belitre, un bribón que eructa y se pede, sospechoso de herejía o hereje, y lo que es peor, un sucio y villano sátiro, un tonto en el más alto grado.» Más tarde los jesuitas pulieron su estilo, pero su orgullo no por ser menos grosero fue menos irritante, y todo se perdona menos el orgullo. He aquí por qué los Parlamentos del reino, muchos de cuyos miembros habían sido discípulos suyos, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para hundirlos, y todo el mundo se alegró de su caída.

El espíritu de orgullo estaba tan arraigado en ellos, que se desplegaba con furor indecente hasta cuando sabían que la justicia iba a dictar la sentencia de su expulsión. Para convencerse de esto no hay mas que leer la famosa Memoria titulada Ya es tiempo de hablar, impresa en 1162 en Aviñón, suponiendo que se imprimió en Amberes. En ella maltratan al ilustre Montclar, procurador general, que era el oráculo del Parlamento de la Provenza, y le hablan como el regente de una cátedra puede hablar a un estudiante pigre e ignorante, llegando su audacia hasta el extremo de decir que Montclar blasfemó al dar cuenta del instituto de los jesuitas. En la Memoria que lleva por título Todo se dirá, insultan los jesuitas todavía con más descaro al Parlamento de Metz, usando en ella un estilo grosero.

Conservan aún el mismo orgullo después de la humillación que les hicieron sufrir Francia y España al arrojarlos de las dos naciones. La serpiente cortada a pedazos levantaba todavía la cabeza desde el fondo de la ceniza que la cubría. Apareció un miserable llamado Nonotte, erigiéndose en crítico de los maestros, y ese hombre, nacido para predicar a la canalla, hablaba a diestro y siniestro de materias de las que no tenía ni la más ligera noción. Otro insolente de dicha sociedad, que se llamaba Patouillet, insultaba en los mandamientos de los obispos a los ciudadanos, a los empleados de la real casa, cuyos lacayos no hubieran consentido que un jesuita como ése les hablara.

Una de sus principales vanidades consistía en saber introducirse en las casas de los grandes en las últimas enfermedades de éstos, como embajadores de Dios, que se presentaban para abrirles las puertas del cielo sin hacerles pasar por el purgatorio. En el reinado de Luis XIV no estaba bien visto morirse sin que en este último acto interviniera un jesuita, y el miserable iba en seguida a vanagloriarse entre sus votos de haber convertido a un duque o a un par, el que sin su protección se hubiera condenado. El moribundo podía decirle: «¿Con qué derecho, excremento de colegio, te presentas en mi casa cuando me estoy muriendo? ¿Viste alguna vez que te visitara en tu celda cuando tuviste la fístula o la gangrena? ¿Acaso Dios te concedió algún derecho sobre mí? ¿He de tener un preceptor a los setenta años? ¿Llevas quizá en tu cinturón las llaves del paraíso? ¿Te atreves a decir que eres embajador de Dios? Pues enséñame tu credencial, y si no la tienes, déjame morir en paz. Ningún benedictino, ningún cartujo viene a marearme en mis últimos momentos, y no erigen un trofeo a su orgullo en el lecho de ningún agonizante; permanecen en su celda. Permanece tú en la tuya; ¿qué tienes que ver tú conmigo?»

Desempeñó un papel cómico en una ocasión el jesuita inglés Routh, afanándose en presentarse para apoderarse de los últimos instantes del célebre Montesquieu. Se presentó en casa de éste, según dijo, para restituir a la religión un alma virtuosa, como si Montesquieu no conociera mejor la religión que Routh y no pensara con mayor elevación que éste. Le expulsaron del gabinete del moribundo, y en seguida propaló por todo París: «He convertido a ese hombre ilustre; he conseguido que arrojara al fuego sus Cartas persas y el Espíritu de las leyes.» Más tarde imprimió detalladamente la conversión del presidente Montesquieu, conseguida por el reverendo padre Routh, en el libelo titulado Antifilosófico.

Otra vanidad de los jesuitas consistía en ir de misioneros a las ciudades, como si se tratara de ir a la india o al Japón. Conseguían que, acompañándoles, les siguiera por las calles toda la magistratura. Llevaban una cruz delante de ellos, la plantaban en la plaza pública, desposeían al cura y se quedaban siendo los dueños de la ciudad. Un jesuita llamado Aubert fue en una de esas misiones a Colmar, y obligó al abogado general del Consejo soberano a quemar ante él un ejemplar de la obra de Bayle, que le había costado cincuenta escudos: antes que quemar esa obra hubiera preferido quemar al hermano Aubert. Podéis comprender cómo se hincharía de orgullo ese jesuita, cómo se vanagloriaría luego ante sus compañeros y cómo escribiría al general de su orden.

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