intolerancia
Leed el artículo titulado intolerancia que está inserto en la
Enciclopedia. Leed luego el tratado de la Tolerancia, que se escribió con motivo del horrible asesinato de Juan Calas, ciudadano de Tolosa, y si después de leerlos admitís la persecución religiosa, podéis compararos con Ravaillac: ya sabéis que Ravaillac fue el tipo de la intolerancia.
He aquí en sustancia la manera de razonar de los intolerantes, y el modo que tienen de apostrofar
a los que no lo son: «Monstruo, que arderás eternamente en el otro mundo, y que yo te quemaría en éste si pudiera, has tenido la insolencia de leer
a De Thou y a Bayle, autores que están en el Índice de Roma. Cuando te estaba predicando de parte de Dios que Sansón mató mil filisteos con una mandíbula de asno, tu cabeza, que es más dura que el arsenal de donde Sansón sacó sus armas, me hizo conocer por su ligero movimiento de izquierda
a derecha que tú no lo creías. Cuando te dije que el diablo Asmodeo, que retorció el cuello por celos
a los siete maridos de Sara, fue encadenado en el Alto Egipto, la contracción que noté en tus labios me indicó que no creías en la historia de Asmodeo. Vosotros todos, en fin, los que no creéis ni una palabra de lo que yo he enseñado en mis cuadernos de teología, Newton, Federico el Grande, Locke, Catalina II, Milton, Shakespeare, Leibniz, os declaro que os considero
a todos como a paganos. Sois malvados empedernidos, que iréis parar
a la gehena, en donde los gusanos no mueren nunca ni el fuego se extingue; porque yo tengo razón y vosotros no; porque yo gozo de la gracia, y vosotros no la podéis gozar. Confieso
a tres devotas en mi barrio, y vosotros no confesáis a ninguna; yo he escrito
mandamientos para los obispos, y vosotros no; yo he escrito injurias groseras
a los filósofos, y vosotros los habéis protegido o los habéis imitado; yo he escrito religiosos libelos difamatorios, repletos de
calumnias infames, y vosotros nunca los habéis leído. He dicho la misa en latín por doce sueldos, y vosotros no la habéis oído; por
consecuencia, merecéis que os corten la mano, que os arranquen la lengua,
que os pongan en el potro, que os quemen a fuego lento, porque Dios es misericordioso.»
Éstas son poco más o menos las máximas que proclaman los intolerantes y el compendio de todos los libros que
han escrito. Confesemos que debe ser una dicha vivir con semejantes monstruos.
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