INQUISICIÓN (1) (2) (3)
I
Es una jurisdicción eclesiástica que estableció la Santa
Sede de Roma en Italia, en España, en Portugal y en las Indias para
perseguir y extirpar los infieles, los judíos y los herejes.
Para que no pueda sospechar nadie que nos apoyamos en
mentiras con la idea de hacer odioso dicho tribunal, vamos a publicar el extracto de una obra latina sobre el origen y el progreso del oficio de la santa Inquisición, que Luis de Páramo, inquisidor del reino de Sicilia, publicó el año 1598 en la imprenta real de Madrid.
No nos remontaremos al origen de la Inquisición, que Páramo cree encontrar en el modo que se dice que Dios procedió contra Adán y Eva; nos limitaremos
a referir la ley nueva de la que Jesucristo, según dice Páramo, fue el primer inquisidor. Empezó
a ejercer las funciones de inquisidor desde el día trigésimo de su nacimiento, haciendo que los tres reyes magos anunciaran
a la ciudad de Jerusalén que él había venido al mundo, y luego haciendo que muriera Herodes roído por los gusanos, arrojando
a los vendedores del templo y entregando al fin la Judea a los tiranos, que la saquearon en castigo de su infidelidad.
Después de Jesucristo, San Pedro, San Pablo y los demás apóstoles desempeñaron el oficio de inquisidores, que transmitieron
a los papas y a los obispos sucesores de éstos. Santo Domingo fue a Francia con el obispo de Cisma, del que era archidiácono, se levantó en armas contra los albigenses y consiguió que se encariñara con él Simón, conde de Monforte. El Papa le nombró inquisidor del Langüedoc, donde fundó su orden, que el papa Honorio III aprobó el año 1216, y bajo los auspicios de Santa Magdalena, el conde de Monforte tomó por asalto la ciudad de Beziers, en la que pasó
a degüello a todos sus habitantes; en Laval quemaron en una sola vez cuatrocientos albigenses. «En todas las historias de
la Inquisición que yo he leído —dice Páramo—, no he encontrado ningún acto de fe tan célebre ni un espectáculo tan solemne. En la aldea de Cazeras quemaron sesenta
albigenses y en otra parte ciento ochenta.»
El año 1229 adoptó la Inquisición el conde de Tolosa, y la confió
a los dominicos el papa Gregorio IX en 1233; Inocencio IV, el año 1251, la estableció en toda Italia, excepto en Nápoles.
Al principio los herejes no se sometían en el Milanesado
a la pena de muerte, de la que tan dignos eran, porque los papas eran poco respetados por el emperador Federico, que poseía ese Estado; pero poco después quemaron
a los herejes en Milán, como en las demás partes de Italia, y Páramo
observa que el año 1315, habiéndose esparcido algunos millares de herejes por el Cremasque, pequeño territorio enclavado en el Milanesado, los hermanos dominicos hicieron quemar
a gran parte de ellos, conteniendo con el fuego los estragos que producía aquella peste.
Como el primer canon del Concilio de Tolosa mandaba
a los obispos que escogieran en cada parroquia un sacerdote y dos o tres laicos de buena reputación, que bajo juramento se comprometieran
a buscar y a tratar a los herejes en sus casas y en las cuevas donde se pudieran ocultar, avisando en seguida al obispo, el señor del lugar,
o su bailío, tornaban todas las precauciones posibles para que los herejes descubiertos no pudieran huir; los inquisidores obraban en aquella época de común acuerdo con los obispos. Las cárceles del obispo y las de la Inquisición casi siempre eran las mismas, y aunque durante el curso del procedimiento el inquisidor obraba en nombre propio, no podía sin la intervención del obispo aplicar el tormento, pronunciar la sentencia definitiva ni condenar
a prisión perpetua. Las disputas que frecuentemente ocurrían entre los obispos y los inquisidores acerca de los límites de la autoridad de ambos respecto
a los despojos de los sentenciados y sobre otros puntos obligaron al papa Sixto IV, el año 1413,
a hacer independiente el tribunal de la Inquisición, separándolo de los tribunales de los obispos. Nombró para España un inquisidor general con amplios poderes para nombrar inquisidores particulares, y Fernando V (1), en 1478, fundó y dotó las inquisiciones.
A petición del hermano Torquemada, que era gran inquisidor en España, el mismo Fernando
V, apellidado el Católico, desterró de su reino a todos los judíos, concediéndoles tres meses para salir de él, contados desde la publicación del edicto, y transcurrido ese plazo les prohibió, bajo pena de la vida, que pisaran el territorio español. Les permitió salir del reino con los efectos y con las mercancías que hubieran comprado, pero les prohibió llevarse monedas de oro y de plata. El hermano Torquemada apoyó este edicto en la diócesis de Toledo, prohibiendo
a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, dar nada a los judíos, ni aun las cosas más necesarias para la vida.
Después de la publicación de esta ley, salieron de Cataluña, del reino de Aragón y de Valencia y de las demás provincias sujetas
a la dominación de Fernando cerca de un millón de judíos, cuya mayor parte murieron miserablemente. Esta expulsión de los judíos produjo
a todos los reyes católicos increíble alegría.
Algunos teólogos censuraron esta medida que tomó el rey de España, diciendo que no debe obligarse
a los infieles a adoptar la fe de Jesucristo, y que esas violencias deshonran nuestra religión. «Pero esos argumentos son muy débiles —dice Páramo—, y yo sostengo que ese edicto es justo y digno de loa; la violencia con que se exige
a los judíos que se conviertan no es una violencia absoluta, sino condicional, porque podían sustraerse
a ella abandonando su patria. Además, podían corromper a los judíos recién convertidos, y hasta
a los mismos cristianos. En cuanto a la confiscación de sus bienes, también puedo decir que
fue una medida justa, porque los habían adquirido siendo usureros de los cristianos, y éstos no hacían otra cosa mas que recuperar lo que
fue suyo. Además, por la muerte de Nuestro Señor, los judíos quedaron convertidos en esclavos, y todo lo que pertenece
a los esclavos pertenece a sus señores.»
Tratando en Sevilla de dar un ejemplo de severidad con los judíos, Dios, que saca el bien del mal, permitió que un joven que estaba esperando
a una mujer con la que tenía una cita sorprendiera, mirando por las hendiduras de una pared, una asamblea de judíos, y los denunció. Se apoderaron de gran número de esos desgraciados, que recibieron el castigo que merecían. En virtud de diversos edictos de los reyes de España y de los inquisidores generales y particulares establecidos en dicho reino, quemaron en Sevilla, en poco tiempo, cerca de dos mil herejes, y más de cuatro mil desde el año 1482 hasta el año 1520. Otros muchos fueron sentenciados
a cadena perpetua o sometidos a penitencias de diferentes clases. Hubo allí tan grande emigración, que
quedaron vacías quinientas casas, y tres mil entre toda la diócesis, componiendo un total de más de cien mil herejes sentenciados
a muerte o castigados de otras maneras, o que se expatriaron para evitar el castigo. De ese modo esos pares devotos hicieron esa gran carnicería de herejes.
El establecimiento de la Inquisición en Toledo fue un
manantial de bienes para la Iglesia católica. En el corto espacio de dos años quemó cincuenta y dos herejes obstinados, y sentenció por contumacia doscientos veinte; de esto
puede conjeturarse la utilidad que prestó la Inquisición desde que quedó establecida.
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(1) Fernando V, como rey de Castilla, era Fernando II
como rey de Aragón.
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