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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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INOCENTES

De la matanza de inocentes

De la matanza de inocentes - Diccionario Filosófico de VoltaireCuando se habla de la matanza de los inocentes, nadie comprende que se alude a las Vísperas Sicilianas, ni a la Saint-Barthelemy, ni a los habitantes del Nuevo Mundo que degollaron porque no eran cristianos, ni a los autos de fe de España y de Portugal; todo el mundo comprende que se alude a los niños que mataron en el distrito de Belén por orden de Herodes el Grande. La Iglesia griega opina que fueron catorce mil los niños asesinados.

Las dificultades que encuentran los críticos en ese punto de historia las resuelven los sabios comentaristas. Se ha cuestionado sobre la estrella que guió a los magos desde el fondo del Oriente hasta Jerusalén. Se ha dicho que siendo el viaje largo, la estrella debió aparecer en el horizonte durante muchísimo tiempo, y que sin embargo, ningún historiador, exceptuando San Mateo, habló nunca de esa estrella extraordinaria; que si brilló mucho tiempo en el cielo, Herodes, su corte y todo Jerusalén debían haberla visto, lo mismo que los tres reyes o los tres magos, y por lo tanto, Herodes no debió «enterarse diligentemente de esos reyes del tiempo en que habían visto la estrella»; que si esos tres reyes hicieron presentes de oro, de mirra y de incienso al niño recién nacido, sus padres hubieran sido muy ricos; que Herodes no pudo creer que el niño que nació en un establo fuera rey de los judíos, porque ese reino pertenecía a los romanos, al que lo entregó César; que si tres reyes de la India vinieran hoy a Francia guiados por una estrella y se hospedaran en casa de una mujer en el arrabal, no harían creer al rey reinante que el hijo de esa mujer campesina era el rey de Francia.

Han resuelto victoriosamente todas estas dificultades, que son los preliminares de la matanza de los inocentes, haciendo ver que lo que es imposible para los hombres no es imposible para Dios. Respecto a la carnicería de niños, sean los muertos más o menos de catorce mil, han demostrado que ese horror espantoso y único en el mundo no era incompatible con el carácter de Herodes, que aunque Augusto le confirmó en el reino de Judea, y no podía inspirarle temor el niño nacido de padres obscuros y pobres en una pequeña aldea, si estaba atacado entonces de la enfermedad que lo mató, podía habérsele corrompido de tal modo la sangre, que le hiciera perder la razón y la humanidad; en una palabra, defienden esa medida diciendo que esos acontecimientos incomprensibles, que preparaban misterios más incomprensibles aún, los dirigió la Providencia, que es impenetrable.

A esta defensa contestan objetando los críticos que Flavio Josefo, que fue casi contemporáneo, y que refiere todas las crueldades que cometió Herodes, no dice ni una sola palabra de la matanza de los inocentes ni de la estrella de los tres reyes; ni hablan tampoco de esto Filón ni ningún escritor judío ni romano, y que ni siquiera tres de los evangelistas se ocupan de asuntos tan importantes. A esto responden que San Mateo los anuncia, y que el testimonio de un hombre inspirado tiene más fuerza que el silencio de todo el mundo. No por eso se dan por vencidos los defensores, y se atreven a reprender al mismo San Mateo porque dice que asesinaron a esos niños para que se realizaran las palabras de Jeremías: «Se oyó una voz que se extendió por Roma, y se oyeron lloros y gemidos, y a Raquel llorando por sus hijos y no pudiendo consolarse, porque éstos ya no existían.»

Esas palabras históricas —objetan los censores— se habían cumplido al pie de la letra en la tribu de Benjamín, descendiente de Raquel, cuando Cabuzardan hizo morir parte de esa tribu en la ciudad de Rama. Eso no era una predicción, como tampoco lo eran estas palabras: «Le llamarán Nazareno. Por eso fue a vivir a una ciudad llamada Nazaret, realizando así lo que predijeran los profetas. Le llamarán Nazareno.» En esto tienen razón los censores, porque las referidas palabras no se encuentran en ninguno de los profetas; lo mismo que tienen razón para decir que Raquel, llorando en Rama por los benjamistas, no tiene ninguna relación con la matanza de los inocentes en el reinado de Herodes. Con este motivo sostienen los críticos que esas dos alusiones falsas son una prueba manifiesta de que es falsa su historia, y que por lo tanto, ni existió la matanza de los inocentes, ni la estrella nueva, ni el viaje de los tres reyes magos. Pero aún van más allá; dicen que hay una contradicción tan grande entre el relato de San Mateo y el de San Lucas, como entre las dos genealogías que insertan de Jesucristo, como ya dijimos en otra ocasión. San Mateo dice que José y María se llevaron a Jesús a Egipto, por temor de que le alcanzara la matanza. San Lucas, por el contrario, dice que después de cumplir todas las ceremonias de la ley, José y María regresaron a Nazaret, que era su patria, y que iban todos los años a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Debían pasar treinta días del parto, para que la mujer parida se purificara y practicara todas las ceremonias que prescribía la ley, y María y José hubieran expuesto, durante esos treinta días, el niño a morir en la matanza general, y si sus padres fueron a Jerusalén a practicar las ceremonias que exigía la ley, no pudieron ir a Egipto.

Estas son las principales objeciones que hacen los incrédulos y que refuta la creencia de las Iglesias griega y latina. Si fuera preciso disipar las dudas de todos los que leen la santa Biblia, tendríamos que pasar toda la vida disputando sobre cada uno de sus pasajes. Vale más que nos sujetemos a la creencia de nuestros maestros de la Universidad de Salamanca cuando estemos en España, de la de Coimbra si estamos en Portugal, de la Sorbona si vivimos en Francia, y de la Congregación si somos ciudadanos de Roma.

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