INICIACIÓN
Antiguos misterios
¿No debemos creer que provenga el origen de los antiguos misterios de la debilidad humana, que hizo establecer
después las cofradías y
congregaciones que dirigen los jesuitas? ¿No fue la necesidad de asociarse la que constituyó varias asambleas secretas de artesanos,
de
las que ya sólo nos queda la de los fracmasones? La inclinación natural a asociarse para distinguirse de los demás y para preservarse
de
ellos, fue la causa probable de la institución de los bandos y de todas las iniciaciones misteriosas que tanto ruido hicieron, pero
que
al fin cayeron en el olvido, donde todo cae en el transcurso del tiempo.
Que los dioses kabiros, que los hierofantes de Samotracia, que Isis, Orfeo y Ceres Eleusina me perdonen si
sospecho que sus secretos
sagrados no merecían realmente excitar más nuestra curiosidad que el interior de los conventos de los carmelitas y de los capuchinos.
Como esos misterios eran sagrados, muy pronto lo fueron los partícipes de ellos. Mientras eran pocos, fueron
respetados, hasta que su
número se aumentó considerablemente, y entonces no tuvieron más consideración que los barones alemanes cuando el mundo se llenó de
barones.
Cada uno pagaba su iniciación; pero no por eso les era permitido hablar de los misterios. En todas las épocas
fue un delito revelar el
secreto de los símbolos religiosos. Ese secreto, sin duda, no merece la pena de ser reconocido, porque aquellas asambleas no eran
sociedades de filósofos, sino de ignorantes que dirigía un hierofante. Juraban callar lo que en ellas pasaba, y siempre
fue un lazo
sagrado el juramento. Hasta en nuestros días juran los fracmasones no revelar sus misterios, que son bastante ridículos, pero no por
eso son perjuros los individuos de esa asociación.
Los atenienses proscribieron a Diágoras porque reveló en una conversación el himno secreto de Orfeo.
Aristóteles nos dice que Esquilo se vio en peligro de que le matara el pueblo por haber dado en una de sus obras una idea de los
misterios, en los que casi todo el mundo
estaba iniciado ya.
Parece que Alejandro no hacía caso de esas tonterías consagradas, y las reveló en secreto
a su madre Olimpia, pero recomendándole que a
nadie las revelara.
«En la ciudad de Busiris —dice Herodoto— golpeaban a los hombres y
a las mujeres después del sacrificio, pero no era permitido decir
dónde les golpeaban.»
Creo ver una descripción de los misterios de Ceres Eleusina en el poema de Claudio titulado
El rapto de Proserpina, mucho mejor que en
el libro VI de la Eneida. Virgilio vivía en el reinado de un príncipe que era un malvado y que quería que le tuvieran por devoto,
que
probablemente estaría iniciado para imponer al pueblo, y que no hubiera consentido esta supuesta profanación. Horacio, que era su
favorito, considera como un sacrilegio la revelación de los misterios. «Me guardaré bien —dice— de elogiar en mi casa al que haga
traición a los misterios de Ceres.»
Por otra parte, la sibila de Cumas, el descenso a los infiernos, copiado de Homero, y la predicción de los
destinos de los Césares y
del Imperio romano, no tienen ninguna relación con las fábulas de Ceres, de Proserpina y de Triptolemo. Por eso es verosímil que el VI
libro de la
Eneida no sea una descripción de los referidos misterios. Si lo dije, me arrepiento de haberlo dicho, y estoy hoy
enteramente convencido de que Claudio es el único que los ha revelado. Floreció en una época en que se permitía divulgar los
misterios de Eleusis y todos los misterios del mundo. Vivió en el reinado de Honorio, durante la decadencia total de la antigua
religión griega y romana,
a la que Teodosio I había asestado ya golpes mortales. Claudio, por ser poeta, pertenecía
a la antigua religión, que tanto se presta a la poesía, y describe los actos de los misterios de Ceres como todavía se
practicaron en Grecia hasta la época de Teodosio II. Esos misterios eran una especie de ópera pantomímica, como algunas que
hemos visto muy divertidas, en las que se representaban todas las diablerías del doctor Fausto, el nacimiento del mundo y el de
Arlequín, saliendo los dos de un huevo grande que iluminaba los rayos del sol. De un modo parecido representaban
los mistagogos (1) toda la historia de Ceres y de Proserpina. El espectáculo era agradable y debía costar caro; no es
extraño, pues, que los iniciados pagaran
a los cómicos, que tenían que vivir de su oficio. He aquí traducidos en prosa los versos ampulosos de Claudio que, referentes
a esta materia, se encuentran en El rapto de Proserpina:
«Veo que los negros corceles del terrible dios de los infiernos recorren la tierra y hacen mugir los aires. He aquí tu lecho fatal, ¡oh triste Proserpina! Se
estremecen mis sentidos de furor divino; el templo se conmueve hasta sus cimientos; el infierno responde con alaridos; Ceres sacude sus amenazadoras
antorchas, y la claridad renaciente de un nuevo día anuncia
a nuestras miradas la llegada de Proserpina, que llega seguida de Triptolemo. Obedientes dragones, arrastrad por el horizonte
su carro, que es muy útil para el mundo; huye, Hécate, de la noche obscurísima de los infiernos; brilla, reina de los tiempos;
y tú, divino Baco,
bienhechor adorado de los pueblos vencidos, con tu soberbio tirso tráenos la alegría.»
Cada misterio tenía sus ceremonias particulares, pero todos ellos admitían las veladas y las vigilias, en las que los mancebos y las
doncellas no perdían el tiempo; y esto
fue en parte lo que desacreditó al fin esas ceremonias que se instituyeron para la santificación. Se abolieron esas ceremonias
en Grecia en la época de la guerra del Peloponeso, y en Roma durante la juventud de Cicerón, ocho años antes de que fuera
cónsul. Llegaron
a ser tan peligrosas esas ceremonias nocturnas, que en la Antularia de Platito, Nicónidas
dice a Euclión: «Os confieso que en una de las vigilias de Ceres tuve yo un hijo de vuestra hija.»
Nuestra religión, que purificó muchas instituciones paganas al adoptarlas, santificó
a los iniciados, las fiestas nocturnas y las vigilias, que estuvieron en uso mucho tiempo, pero que al fin se vio obligada
a prohibir cuando hubo buena administración en el gobierno de la Iglesia, que estuvo
mucho tiempo abandonada al celo y a la piedad de los que pertenecían a su gremio.
La fórmula principal de todos los misterios consistía en decir: «Salid, profanos.» Los cristianos la adoptaron en los primeros siglos,
y el diácono decía: «Salid, catecúmenos, poseídos, y todos los que no estéis iniciados.»
Hablando del bautismo de los muertos, San Crisóstomo dice: «Quisiera explicarme con mayor claridad, pero no puedo hacerlo así mas que
con los iniciados. Nos ponen en grave aprieto, porque nos obligan
a ser ininteligibles o a publicar secretos que debernos guardar.» No puede ponerse más en evidencia la ley del secreto de la
iniciación. Por el transcurso del tiempo cambian tanto las cosas, que si hoy habláis de iniciación
a la mayoría de los sacerdotes y de los feligreses de la parroquia, quizás ninguno de ellos sepa lo
que fue la iniciación, exceptuando a los que por casualidad lean este artículo.
Minucio Félix refiere las imputaciones abominables que los paganos atribuían
a los misterios cristianos. Reprochaban
a los iniciados que sólo se trataban de hermanos y de hermanas para profanar ese nombre sagrado. Besaban las partes genitales de sus sacerdotes, como todavía se hace con los santones de
África, y se manchaban con todas las liviandades con que luego desacreditaron
a los templarios. Acusaron a aquéllos y a éstos de adorar una cabeza de asno.
Sabemos ya por otros artículos que las primitivas sociedades cristianas se reprocharon recíprocamente las infamias más inconcebibles. El pretexto de calumniarse mutuamente
fue el secreto inviolable con que guardaba cada sociedad sus misterios. Por eso en Minucio Félix, Cecilio, acusador de los cristianos, exclama: «¿Por qué ocultan con tanto afán lo que hacen y lo que adoran? La honradez desea obrar
a la luz del día, pero el crimen busca las tinieblas.»
No cabe duda de que, difundidas estas acusaciones, hayan atraído
a los cristianos más de una persecución. Cuando una sociedad, sea de la clase que sea, llega
a verse acusada por la voz pública, en vano prueban que la calumnian, porque sus enemigos creen alcanzar un mérito persiguiendo
a los acusados.
¿Cómo no habían de tener horror a los primitivos cristianos, cuando el mismo San Epifanio lanzaba sobre ellos las más execrables imputaciones? Asegura que los cristianos fibionitas ofrecían
a trescientos sesenta y cinco ángeles el semen que derramaban sobre las doncellas y sobre los mancebos (2), y que después de practicar esa obscenidad setecientas treinta veces, exclamaban: «Yo soy el Cristo.» Según ese mismo santo, los cristianos fibionitas, los gnósticos y los tratiotas, hombres y mujeres, derramaban el semen los unos en las manos de los otros, y se lo ofrecían
a Dios en sus misterios diciéndole: «Os ofrecemos el cuerpo de Jesucristo.» Se lo tragaban en seguida, y volvían
a decir: «Este es el cuerpo de Cristo, esta es la pascua.» Las mujeres que estaban en la menstruación se llenaban las manos con el menstruo, y exclamaban: «Esta es la sangre de Cristo.»
La carpocracianos, según refiere el mismo Padre de la Iglesia, cometían el pecado de sodomía en sus reuniones, abusaban de todas las partes del cuerpo de las mujeres, y después practicaban operaciones mágicas.
Los corintianos no se entregaban a esas abominaciones, pero estaban convencidos de que Jesucristo era hijo de José.
Los ebionitas, en su Evangelio, sostienen que San Pablo quiso casarse con la hija de Gamaliel, y no pudiendo conseguirlo, se encolerizó tanto que se hizo cristiano, y por vengarse estableció el cristianismo.
Todas estas acusaciones no llegaron al principio a oídos del gobierno, y los romanos hacían poco caso de las cuestiones y de los reproches mutuos de esas reducidas sociedades de judíos, de griegos y de egipcios que ocultaban el populacho; lo mismo que en la actualidad en Londres el Parlamento no se preocupa de lo que hacen y dicen los menoristas, los pietistas, los anabaptistas, los
milenarios, los moravios y los metodistas. Sólo se ocupa de asuntos de importancia y de asuntos apremiantes, y sólo le llaman la atención las acusaciones secretas cuando cree que pueden ser peligrosas por alcanzar gran publicidad.
Con el tiempo las referidas acusaciones llegaron a oídos del Senado, ya porque se las hicieron saber los judíos, que eran enemigos implacables de los cristianos, ya porque los mismos cristianos se las comunicaron, y de esto resultó que imputaron
a todas las sociedades cristianas los crímenes que sólo imputaban a alguna; de esto resultó que calumniaron
durante mucho tiempo las iniciaciones; de esto resultó que empezaron a perseguirlos. Las persecuciones les obligaron
a ser más circunspectos, se acantonaron, viviendo más unidos y no enseñando sus libros mas que
a sus iniciados. Guardaron en esto tanto rigor, que ni los magistrados romanos ni los emperadores tuvieron nunca la menor idea de semejantes libros. La Providencia aumentó durante tres siglos el número de cristianos y su riqueza, hasta que al fin Constancio los protegió decididamente y su hijo Constantino abrazó su religión.
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(1) Mistagogos, sacerdotes griegos que iniciaban en
los misterios de la religión.
(2) San Epifanio, edición de París de 1754, pág. 40.
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