INFINITO (1) (2)
I
¿Puedo tener alguna idea exacta de lo que es el infinito? Yo
sólo lo comprendo confusamente. ¿Me sucede esto porque
soy excesivamente finito? ¿Quién se explica lo que es andar siempre sin avanzar nunca, contar siempre sin llegar
a hacer una cuenta,
dividir siempre sin encontrar nunca la última parte? Paréceme que la noción del infinito está en el fondo del tonel de las Danaides.
Esto no obstante, es imposible que no exista el infinito.
Está demostrado que ha transcurrido una duración infinita. Empezar a ser es absurdo, porque la nada no puede empezar algo. En cuanto
vemos que un átomo existe, debemos deducir que hay algún ser que goza de la eternidad. He aquí, pues, un infinito de duración
rigurosamente demostrado. Pero ¿qué es el infinito que pasó, el infinito que fijo en mi cerebro cuando quiero? Puedo decir: «He aquí
una eternidad transcurrida; pasemos a la otra.» Distingo dos eternidades, una eternidad pasada y otra eternidad futura.
Cuando reflexiono lo que acabo de decir, me parece ridículo; me apercibo de que he cometido una tontería pronunciando
estas palabras:
«Una eternidad pasó, y entro en una nueva eternidad.» En el momento en que lo estaba diciendo, la eternidad duraba, la fluencia del
tiempo corría, y no podía creerla pasada, porque la duración nunca se interrumpe. El infinito de la duración está, pues, atado con una
cadena no interrumpida, y ese infinito se perpetúa hasta en el instante mismo en que yo digo que ha pasado. El tiempo empieza y
concluye para mí; pero la duración es infinita.
He aquí, pues, un infinito confusamente definido, pero sin podernos formar de él una noción clara.
También suponemos un infinito de espacio; pero ¿qué entendemos por espacio? ¿Es un ser,
o no es nada? Si es un ser, ¿a qué especie
pertenece? Si no es nada, la nada no tiene ninguna propiedad, y decimos que es
penetrable, que es inmenso. Soy tan ignorante, que no me atrevo a llamarle nada, ni sé decir lo que es; pero los hombres somos curiosos,
y sabemos que existe el espacio. Nuestra inteligencia no alcanza a comprender ni la naturaleza del espacio ni su fin; le llamamos
«inmenso» porque no podemos medirlo.
¿El universo es limitado? ¿Su extensión es inmensa? ¿Son innumerables los soles y los planetas? ¿Qué privilegio
goza el espacio que contiene una cantidad de soles y de globos respecto a la parte de ese espacio que no los contenga? Que el espacio
sea un ser o no sea
nada, ¿qué dignidad alcanzó el espacio donde estamos para ser preferido a otros espacios'?' Si el universo material no es infinito, no
es mas que un
punto en la extensión; si es infinito, ¿qué significa el infinito actual, al que mi pensamiento puede siempre añadir?
Así como no podemos formarnos ninguna idea positiva del infinito de duración, ni del de extensión, tampoco
podemos formarnos la del infinito en poder físico, ni aun en
poder moral. Concebimos fácilmente que un ser poderoso organizara la materia, hiciera circular los mundos en el espacio y diera vida
a los animales, a los vegetales y a los metales. Llegamos a sacar esta conclusión porque estamos convencidos de que todos esos
seres son incapaces de haberse organizado a sí mismos, y convenimos en que ese gran Ser existe eternamente por sí mismo, porque no
puede haber salido de la nada; pero no podemos descubrir su infinito en extensión, en poder ni en atributos morales.
¿Cómo hemos de concebir que tenga extensión infinita un ser que debe ser simple? Y si es simple, ¿cómo hemos de
comprender su
naturaleza? Sólo conocemos a Dios por sus efectos, pues por su naturaleza no podemos conocerle. Si no podemos tener idea de su
naturaleza, es evidente que no podemos conocer sus atributos; cuando decimos que es infinito en poder, no tenemos más idea que la
de que su poder es muy grande. Nada puede limitar el poder del Ser Eterno, que existe necesariamente por sí mismo. Esa verdad no
puede tener antagonistas que la coarten; pero ¿cómo me probaréis que no está
circunscrito su poder por su propia naturaleza?
En cuanto a sus atributos morales, sólo podemos conocerlos incompletamente tomando los nuestros por modelo; nos es
imposible conocerlos de otro modo; pero ¿son acaso iguales o semejantes nuestras cualidades inciertas
y variables a las cualidades del Ser
Supremo? La idea que tenemos de la justicia puede decirse que no es mas que el interés ajeno que nuestro interés respeta. El pan que la
mujer amasa con la harina cuyo marido sembró el trigo le pertenece. Un salvaje hambriento se apodera de ese pan y se lo lleva; la mujer
dice que el salvaje comete una injusticia enorme, pero éste contesta tranquilamente que obra con justicia, porque no se han de
morir de hambre él y su familia. No podemos, pues, admitir que la justicia infinita de Dios sea semejante
a la justicia
contradictoria de esa mujer y de ese salvaje.
Tenemos noción tan confusa de los atributos del Ser Supremo, que hay unas escuelas que afirman que posee el don
de la presciencia, esto
es, la previsión infinita, que excluye todos los acontecimientos contingentes, y hay otras escuelas que dicen que esa previsión de
Dios no excluye la contingencia. Desde que la Sorbona declaró que Dios puede
hacer que un palo no tenga dos extremos, que una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, no sabemos ya qué decir, por temor
a cometer
alguna herejía. Lo único que puede afirmarse sin temor de ninguna clase es que Dios es infinito y que la razón del hombre es muy
limitada.
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