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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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INFIERNOS

Infiernos - Diccionario Filosófico de VoltaireNuestro colega que escribió en la Enciclopedia el artículo titulado Infierno no habla en él del descendimiento de Jesucristo a los infiernos, que es artículo de fe importantísimo y que está expresamente especificado en el Símbolo, como en otras partes hemos dicho. Pregúntase de dónde se ha sacado este artículo de fe que no se encuentra en los cuatro evangelistas, y el símbolo titulado de los apóstoles no data, como ya observamos, mas que desde los tiempos de los sabios sacerdotes Jerónimo, Agustín y Rufino. Créese que el descendimiento de Nuestro Señor a los infiernos se tomó del Evangelio de Nicodemus, que es uno de los más antiguos.

En dicho Evangelio, el príncipe del Tártaro y Satán, después de conversar extensamente con Adán, Enoch, Elías y David, «oyeron una voz de trueno y de tempestad». David dice al príncipe del Tártaro: «En seguida, villano y sucio príncipe del infierno, abre tus puertas para que el rey de la gloria entre.» Pronunciadas estas palabras, el Señor aparece en forma de hombre, ilumina las tinieblas eternas y rompe los lazos indisolubles, y por medio de su virtud invencible fue a visitar a los que estaban sentados en las profundas tinieblas de los crímenes y en la sombra de la muerte de los pecados» (1)

Jesucristo apareció con el ángel San Miguel y venció a la muerte; tomó a Adán de la mano, y el buen ladrón le seguía llevando su cruz. Todo esto sucedió en el infierno, en presencia de Carino y Lencio, que resucitaron expresamente para servir de testimonio a los pontífices Anás y Caifás, y al doctor Gamaliel, que era entonces maestro de San Pablo.

El Evangelio de Nicodemus hace muchísimo tiempo que carece de autoridad; pero encontramos la confirmación del descendimiento de Jesús a los infiernos en la primera epístola de San Pedro, que al finalizar el capítulo III dice: «Parece que Cristo murió por nuestros pecados, inmolándose el justo por los injustos para que nos perdone Dios; murió en carne, pero resucitó en espíritu, con el que fue a predicar a los espíritus que estaban en prisión.» Los Padres de la Iglesia opinan de diferente modo respecto a este pasaje, pero en el fondo todos convienen en que Jesús descendió a los infiernos después de su muerte. Para creerlo así sólo hay una vana dificultad. Clavado en la cruz, dijo Jesucristo al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso.» Le faltó, pues, a la palabra, yéndose al infierno; pero esta objeción se destruye con facilidad diciendo que primero le llevó al infierno y luego al paraíso.

Eusebio de Cesárea dice (2) que «Jesús abandonó su cuerpo sin esperar que la muerte fuese a apoderarse de él; por el contrario, cogió a la muerte, que temblaba, que le besaba los pies y que trataba de huir; que él la detuvo, que rompió las puertas de los calabozos que encerraban las almas de los santos, los sacó de allí, los resucitó; se resucitó a sí mismo, llevándoselos en triunfo a la Jerusalén celeste; «que descendía del cielo todas las noches», y San Justino lo presenció»

Promovióse una cuestión en seguida cuando trataron de averiguar si esos santos resucitados murieron otra vez antes de ascender al cielo. Santo Tomás asegura, en la Summa, que volvieron a morir, y ésta es también la opinión de Calmet. «Sostenemos —dice— que los santos que resucitaron después de la muerte del Salvador murieron otra vez para resucitar un día.»

Antes de esa época permitió Dios que los profanos gentiles se anticiparan a realizar esas verdades sagradas. La fábula inventó que los dioses resucitaron a Pelops; que Orfeo sacó a Eurídice de los infiernos, al menos por algunos instantes; que Hércules sacó de él a Alcestes; que Esculapio resucitó a Hipólita, etc., etc. Esto no obstante, debemos siempre distinguir entre la fábula y la verdad y someter a ésta nuestra inteligencia en todo lo que la asombra, lo mismo que en todo aquello que comprende.

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(1) Véase el párrafo XXI del Evangelio de Nicodemus.

(2) Evangelio, cap.II.

 

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