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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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INCUBOS Y SÚCUBOS

Íncubos y súcubos - Diccionario Filosófico de Voltaire¿Han existido alguna vez los íncubos y los súcubos? Los sabios jurisconsultos demonógrafos admiten la existencia de unos y otros. Afirman que el diablo, que está siempre alerta, inspiraba sueños lascivos a los jóvenes y a las jóvenes; que recogía el producto de los sueños masculinos, y que, caliente todavía, lo depositaba en el recipiente femenino que naturalmente tiene ese destino. Ese acto es el que producía muchos héroes y semidioses en la antigüedad. El diablo se tomaba un trabajo superfluo; le bastaba con haber dejado funcionar juntos a los mancebos y a las doncellas, que sin su ayuda hubieran echado al mundo héroes.

Concíbese lo que eran íncubos por esa explicación que dan de ellos Del Río, Boguet y otros sabios en hechicería, pero esa explicación no nos da idea de los súcubos. Una joven puede hacer creer que se acostó con un genio, con un dios, y que de este dios tuvo un hijo. Según dice Del Río, el diablo depositó en ella la sustancia que hace nacer al niño, cogida durante el sueño de un mancebo; la joven queda embarazada y pare, sin que nadie pueda echarle nada en cara: el diablo fue su íncubo. Pero cuando el diablo se convierte en súcubo, es otra cosa distinta; para eso es preciso que sea diabla, que la esperma del hombre penetre en ella, y en ese caso el hombre la hechiza y tiene de ella un hijo.

Los dioses y las diosas de la antigüedad obraban de un modo más limpio y mucho más noble. Júpiter en persona había sido el íncubo de Alcmena y de Semele. Tetis en persona había sido la súcubo de Peleo, y Venus la súcubo de Anquises, sin necesidad de recurrir a los subterfugios de la diablería.

Observemos, además, que los dioses se convertían con frecuencia, para conseguir a las hijas de los hombres, ya en águilas, en pichones o en cisnes, ya en caballos, ya en lluvia de oro, pero las diosas no se disfrazaban jamás; no tenían mas que presentarse para agradar; y yo sostengo que si los dioses se metamorfosearon para entrar sin producir escándalo en las casas de sus queridas, adquirían su forma natural en cuanto entraban en las habitaciones. Júpiter no podía gozar de los favores de Dánae convertido en lluvia de oro; lo mismo le hubiera sucedido con Leda si hubiera sido cisne; pero volvió a ser dios, esto es, un joven hermoso, y pudo gozarla.

En cuanto a la nueva manera de embarazar a las jóvenes por el ministerio del diablo, no podemos dudar que ha existido, porque la Sorbona lo decidió así el año 1318: «Per tales artes et ritus impios et invocationes dæmonum nullus unquam sequatur effectus ministerio dæmonum, error.—Es un error creer que esas artes mágicas y esas invocaciones de los diablos no producen efecto.» La Sorbona no revocó este decreto; por lo tanto, debemos creer que han existido íncubos y súcubos, ya que nuestros maestros lo creyeron. Además, lo han creído otros maestros. Roding, en el libro que escribió sobre los hechiceros, dedicado a Cristóbal de Thou, primer presidente del Parlamento de París, refiere que Juana Hervilior, natural de Berbería, fue condenada por dicho Parlamento a ser quemada viva por prostituir su hijo al diablo, que era un hombre alto y negro, y cuyo semen estaba helado. Esta circunstancia parece opuesta a la naturaleza del diablo, pero nuestra jurisprudencia opinó siempre que la esperma del diablo es fría, y el número prodigioso de hechiceras que hizo quemar durante mucho tiempo estaba convencido de esa verdad.

El célebre Pico de la Mirándola, que era príncipe y que no mentía, dice (1) que conoció a un anciano de ochenta años que se acostó la mitad de su vida con una diabla, y a otro de setenta que hizo lo mismo, y los dos fueron quemados en Roma. No nos dice lo que se hicieron sus hijos. He aquí demostrada la existencia de los íncubos y de los súcubos. Por lo menos es imposible probar que no han existido, porque si es punto de fe que hay en el mundo diablos que entran en nuestros cuerpos, ¿quien puede impedirles que funcionen de mujeres y que entren en los cuerpos de las jóvenes? Si existen diablos, es probable que existan diablas. De modo que para ser consecuentes debemos creer que los diablos masculinos tienen hijos de nuestras jóvenes, y que nosotros los tenemos de los diablos femeninos. Nunca hubo imperio tan universal como el del diablo; pero sin embargo, lo destronó la razón.

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(1) En el libro titulado De Promotione

 

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