IGLESIA
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VIII
Cuestión entre la Iglesia griega y la latina en Asia y en Europa
Los hombres de bien lamentan, hace catorce
siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido siempre rivales y
que la túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta división es,
sin embargo, muy natural. Roma y Constantinopla se odiaban,
y cuando los señores se detestan, sus limosneros no se pueden ver. Las dos comuniones religiosas se han disputado siempre la
superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia, el poder.
Los griegos, en esta cuestión, llevaron durante mucho tiempo la ventaja; se vanagloriaban de ser
maestros de los latinos y de
haberles enseñado todo lo que sabían. Los evangelios se escribieron en griego; no hay en ellos
un dogma, un rito, un misterio
y un uso que no sea griego; desde la palabra «bautismo» hasta la palabra «eucaristía»,
todo es griego en ellos. Sólo hubo Padres
de la Iglesia en Grecia hasta San Jerónimo, que tampoco era romano, puesto que era hijo de Dalmacia. San Agustín, que siguió en el
orden cronológico a San Jerónimo, era africano. Los siete grandes concilios ecuménicos se celebraron en ciudades griegas, y
los obispos de Roma no asistieron a ellos porque sólo sabían latín, latín ya corrompido.
La enemistad entre Roma y Constantinopla estalló el año 452,
en el Concilio de Calcedonia, que se reunió para decidir si Jesucristo tuvo dos
naturalezas y una persona, o dos personas y una naturaleza. Se decidió en dicho
Concilio que la
Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a los honores, y el patriarca de la una igual al patriarca de la
otra. El papa San León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas; pero ni él ni sus sucesores
concedieron la igualdad
a las dos Iglesias. Puede
afirmarse que en esta disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las palabras de Jesucristo que
refiere el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero ni último.» Los santos siempre son santos, pero no se libran del orgullo,
y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de cólera al hijo de un albañil que llegó
a ser obispo de una aldea, porque no le
llamaban monseñor (7), hizo reñir al universo cristiano.
Los romanos fueron siempre menos cuestionadores y menos sutiles que los griegos, pero fueron mucho más
políticos. Los obispos de
Oriente, que argumentaban sin cesar, se quedaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin usar tantos argumentos, supo fundar su
poder sobre las ruinas
del Imperio de Occidente.
El odio se convirtió en escisión en la época de Focio, Papa
o vigilante de la Iglesia bizantina, y de Nicolás I, Papa o vigilante de
la Iglesia romana. Como por desgracia no hubo nunca ninguna cuestión eclesiástica que no tuviera su parte ridícula, sucedió que la
lucha empezó por dos patriarcas que los dos eran eunucos: Ignacio y Focio, que se disputaban la sede de Constantinopla, estaban
castrados, y
esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser mas que Padres de la Iglesia.
Dícese que los castrados son enredadores, malignos e intrigantes: Ignacio y Focio perturbaron la Grecia.
El Papa latino Nicolás I
siguió el partido de Ignacio, y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu Santo por
medio del Padre y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del Padre. Además de esa
procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en la Cuaresma, y para completar sus faltas, el Papa romano
se hacía afeitar la barba, lo que era una apostasía para los papas griegos, porque
a Moisés, los patriarcas y Jesucristo los
pintan siempre barbudos los pintores griegos y los latinos.
Cuando en el año 189 quedó instalado en su sede el patriarca Focio por el octavo
Concilio ecuménico griego, al que asistieron
cuatrocientos obispos, de los que trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior, el
papa Juan VIII le reconoció por hermano. Dos legados que dicho Papa envió al citado Concilio
unieron su voto al de la
Iglesia griega, y declararon que sería un Judas el que dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; pero como
los romanos persistieron en la costumbre de afeitarse la barba y de comer huevos en Cuaresma,
las dos Iglesias quedaron separadas
para siempre.
El cisma se consumó por completo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel Cerulario, patriarca
de Constantinopla,
condenó públicamente al obispo de Roma León IX y a todos los latinos, añadiendo
a los reproches de Focio que gastaban pan ázimo
en la Eucaristía, contra la práctica de los apóstoles, acusándoles de cometer el delito de comer budín y de torcer el cuello
a
los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. Cerraron todas las iglesias latinas en el Imperio griego y prohibieron
todo trato con los que comieran budín.
El papa León IX negoció seriamente este asunto con el emperador Constantino Monómaco y consiguió
aplacarle. Sucedía esto
precisamente en los tiempos en que los célebres gentileshombres normandos, hijos de Tancredo
de Hauteville, se burlaban del Papa
y del emperador griego,
se apoderaban de todo lo que podían en la Pouille y en la Calabria y comían budín descaradamente. El emperador griego favoreció
al Papa todo lo que pudo, pero no consiguió que se reconciliaran los griegos y los latinos. Los griegos creían que eran bárbaros
sus adversarios porque no sabían ni una palabra del idioma griego.
La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto librar los Santos Lugares, y que tuvo por objeto apoderarse
de Constantinopla,
acabó de hacer odiosos a los romanos ante los griegos.
A pesar de todo esto, el poder de la Iglesia latina aumentó más cada día, y poco
a poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas han sido desde hace mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y
toda la Iglesia griega quedó esclava desde
Mahomed II, excepto la Rusia, que entonces era un país bárbaro, de cuya Iglesia no se hacía caso. Todo el que conozca la
historia del Oriente sabe que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del báculo y del anillo, sin temor
a ser excomulgado, como los papas excomulgaron a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.
La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrar su arzobispo,
pero en realidad elige al que le indica la Puerta otomana. Ese destino cuesta
actualmente ochenta mil francos, que el que lo ocupa tiene que sacar a los griegos. Si aparece
algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado
o dan el destino al último postor, lo mismo que
Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo X. Si el patriarca
nombrado se niega a renunciar a su título, le dan cincuenta palos en las plantas de los pies y lo destierran. Algunas veces le
cortan la cabeza, como le aconteció al patriarca Lucas Cirilo en 1638.
El Gran Turco concede de este modo los otros obispados, mediante fianza; la suma en que estaba tasado
cada obispado en la época
de Mahomed II se expresaba siempre en la patente, pero lo que se pagaba a más de esa cantidad no constaba, y no se puede saber con
exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.
Son graciosísimas esas patentes. Véase una muestra de ellas: «Concedo
a Fulano de Tal, sacerdote
cristiano, el presente mandamiento
para perfección de felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada, como obispo de los infieles cristianos, según su
antiguo uso y según sus vanas y extravagantes ceremonias; queriendo y mandando que
todos los cristianos de este distrito le
reconozcan, y que ningún sacerdote ni fraile se pueda casar sin su permiso
(esto es, sin pagar).»
La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia; pero los griegos tienen lo que se merecen: se estaban ocupando seriamente
en cuestionar sobre la luz del Tabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron
a Constantinopla.
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(7) Biord, obispo de Annecy.
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