IGLESIA
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VII
De la primitiva iglesia y de los que han creído restablecerla
Los judíos, como todos los pueblos de la Siria, se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones religiosas,
como acabamos de
ver, tendiendo todas ellas a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad animó
a los discípulos de San Juan, que
subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios, predicho por San Juan. Los discípulos de Jesucristo fueron
iguales entre ellos; su maestro les dijo terminantemente: «No habrá entre vosotros ni primero ni último. Vine al mundo para servir
y no para ser servido; el que pretenda ser señor de los demás, será su
criado.»
La prueba de la igualdad, que fue el fundamento del cristianismo, consiste en que al principio los cristianos se
llamaban unos
a
otros hermanos. Se reunían y esperaban al Espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera epístola
a
los corintios, les dice: «Si en vuestra asamblea alguno de vosotros posee el don del cántico, el de la doctrina, el del
Apocalipsis,
el de las lenguas, el de interpretarlas, debéis aprovecharlos para la mayor edificación. Que dos
o tres profetas hablen, y que los
demás juzguen; si algo se le ha revelado a otro, que el primero se calle, porque todos podéis profetizar separadamente, con la idea
de que todos aprendan y de que todos exhorten; el espíritu de la profecía está sometido
a los profetas, porque el Señor es un Dios de paz. Así, pues, hermanos míos, tened la emulación de profetizar, y no impidáis que se
hablen distintos idiomas.» Por respeto al
texto lo he traducido palabra por palabra.
San Pablo, en la misma epístola, consiente que las mujeres profeticen, aunque les prohíbe en el capítulo
XIV hablar en las asambleas.
Se ve, pues, claro en este pasaje y en otros muchos que los primitivos cristianos eran todos iguales, porque eran
hermanos en
Jesucristo. El Espíritu se comunicaba con ellos; hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción
de categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían sobre éstos la preeminencia natural que el
preceptor consigue sobre sus discípulos; pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en el traje, muestra de superioridad,
no tenían ninguna ellos
ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy distinta: la de la persuasión.
Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en las Actas de los Apóstoles, capítulo VI, y ellos
mismos elegían siete
para que tuvieran a su cuidado las mesas de comer y para que proveyesen las necesidades comunes. Para desempeñar esas comisiones
eligieron en Jerusalén a Esteban, a Filopo, a Procorro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y
a Nicolás. Hay que notar que entre los
siete que eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún cristiano
que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar, exhortar, de expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y
de hacer milagros. Todo entre ellos era espiritual; nada en ellos se resentía de las pompas del mundo; pero en el siglo III
empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e interés. Las ágapes se convirtieron en grandes festines, en
los que derrochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo confiesa. «Comemos muy bien
–dice–; pero los misterios
de Atenas y de Egipto, ¿no se celebraban con excelentes comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos son
útiles, porque aprovechan a los pobres.»
En aquel mismo tiempo algunas sociedades cristianas, que se creían más perfectas que las demás, como por
ejemplo las montanistas,
que se jactaban de profesar una moral austera, que tenían por adulterio las segundas nupcias y evitar la persecución como apostasía;
que sentían públicamente convulsiones sagradas y éxtasis; que se figuran hablar
a Dios cara a cara, quedaron convictos, según se
asegura, de mezclar la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo que ese cruel reproche se extendiera hasta
los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que hacían, según refiere San Agustín: clavaban con alfileres
todo el cuerpo del niño, y con la sangre que le salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño moría, le tributaban los
honores de un mártir (5).
Las costumbres estaban entonces tan corrompidas, que los Santos Padres se lamentaban sin cesar de lo que estaba
sucediendo. Oíd lo
que decía San Cipriano en su libro titulado De los caídos: «Todos los sacerdotes corren tras los bienes y tras los honores con
insaciable furor. Los obispos están faltos
de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería; juran y perjuran; la discordia divide
a los cristianos; los obispos
abandonan los púlpitos para irse a las ferias y para enriquecerse haciendo negocios; en una palabra, sólo piensan en complacerse
a sí mismos y en disgustar a todo el mundo (6).
Antes de esos escándalos, el sacerdote Novacio dio uno muy funesto
a los fieles de Roma; fue el primer antipapa. El episcopado de
Roma, aunque era secreto y estaba expuesto a la persecución, era muy ambicionado, porque sacaba grandes contribuciones
a los
cristianos y porque tenía la autoridad superior sobre ellos.
No repetiremos en este artículo lo que consta en tantos archivos,
lo que nos dicen todos los días personas instruidas sobre el número
prodigioso de cismas y de guerras que se sucedieron; no nos ocuparemos de los seiscientos años de discordias sangrientas que mediaron
entre el Imperio y el sacerdocio; ni del dinero de las naciones que iba a parar por muchos canales, unas veces
a Roma y otras a Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos años; ni nos ocuparemos
tampoco de la
sangre que corrió por toda Europa por defender una tiara que no conoció Jesucristo,
o por cuestiones ininteligibles de las que él
nunca se ocupó. Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y
con la carnicería.
Cuando el furor de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón humano llegó
a su último exceso, cuando
el monje Hildebrando,
elegido contra las leyes obispo de Roma, quitó esa capital a los emperadores y prohibió
a los obispos de Occidente que usaran el
nombre de Papa, para usarlo él solo; cuando, siguiendo su ejemplo, los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de Francia
e Inglaterra trataban también de proclamarse; desde esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron sociedades cristianas que,
bajo nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primitiva que tuvo el cristianismo.
Esta igualdad, que era practicable en una sociedad reducida y
culta a las miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia
militante y triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los
obispos, las grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas, se reunieron bajo
las banderas del Pontífice de la nueva Roma, y pelearon entonces pro aris et
pro focis, por sus altares y por sus hogares. Emplearon para sostener o para humillar la
nueva administración eclesiástica cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas, torturas, asesinatos por las manos de los verdugos
y asesinatos por las manos de los sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones por medio del hierro
y de las llamas, y escondieron las olas de sangre y los huesos de los muertos la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo, que
apenas se ha podido encontrar.
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(5) San Agustín, De Hœresibos, hœres, cap. XXVI.
(6) Véanse las Obras de San Cipriano y la Historia eclesiástica de Fleury, tomo
II, pág. 168, edición de 1725.
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