IGLESIA
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IV
Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino
Constantino Cloro murió el año 306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran pequeños y
no podían pretender
el Imperio. Constantino consiguió que le eligieran para ese elevado cargo en York
cinco o seis mil soldados alemanes, galos e
ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esta elección, que se hizo sin el consentimiento
de Roma, ni del Senado, ni de los ejércitos; pero Dios le hizo vencer a Magencio, que era el emperador elegido en Roma, y
consintió en que se librara de todos los
pretendientes, porque, como ya sabemos, hizo morir a sus próximos parientes, a su mujer y
a su hijo.
No puede dudarse de lo que sobre esto refiere Zósimo.
Dice que Constantino, agitado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes, preguntó
a los pontífices del Imperio si podría
expiarlos, y ellos le contestaron que no era posible. Verdad es que tampoco había expiación posible para Nerón, y que no se atrevió
a
asistir a los sagrados misterios en Grecia. Esto no obstante, estaban en uso los tauróbulos (3), y es difícil de creer que un
emperador todopoderoso no encontrara un solo sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiadores. Quizás es menos creíble
todavía que Constantino, preocupado con la guerra, con su ambición y sus proyectos,
y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y que
tenía entrada en palacio le prometió la
expiación de todos sus delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue
Ozio, obispo de Córdoba. Lo cierto es que Dios reservó a
Constantino para que fuera el protector de la Iglesia.
Constantino hizo edificar la ciudad de Constantinopla. que convirtió en el centro del Imperio y de la religión
cristiana.
Entonces la Iglesia adquirió forma augusta, y es de creer que, purificado por el bautismo y arrepintiéndose
a la hora de su muerte, obtendría la misericordia celeste, aunque murió siendo arriano; sería muy duro que todos los partidarios de
los dos obispos Eusebios se hubieran condenado.
Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad, los que habían perseguido
a los
cristianos con crueldad
fueron castigados por éstos. Los cristianos arrojaron a la mujer de Maximino en el Oronte; degollaron
a todos sus parientes y
mataron en Egipto y en Palestina a los magistrados que eran contrarios al cristianismo. Reconocieron
a la viuda y a la hija de Diocleciano, que estaban escondidas en Salónica, y las echaron al mar. Hubiera sido loable que los
cristianos no hubieran dado
oídos al espíritu de venganza; pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que las manos de los cristianos se
mancharan
con la sangre de sus perseguidores en cuanto los cristianos pudieron obrar con libertad.
Constantino convocó y reunió en Nicea, frente a frente de Constantinopla, el primer Concilio ecuménico, que
presidió Ozio; en él se
decidió la gran cuestión que tenía agitada la Iglesia sobre la divinidad de Jesucristo (4). Sabido es que la Iglesia, después de
pelear trescientos años contra los ritos del Imperio romano, peleó luego consigo misma, y fue siempre militante y triunfante.
Con el transcurso del tiempo, la Iglesia griega, casi por completo, y toda la Iglesia de
África, quedaron esclavas, primero de los
árabes y después de los turcos, que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió,
pero manchada de sangre durante más de seiscientos años de discordia entre el Imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas
discordias la hicieron poderosa. Los obispos y los abades en Alemania se convirtieron en príncipes, y los papas adquirieron poco
a poco el dominio absoluto en Roma y en un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con las humillaciones, con las
perturbaciones, con los delitos y con el esplendor.
La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia
e Irlanda, la mejor parte
de Suiza y Holanda; ganó más territorio en América con las conquistas de los españoles que había perdido en Europa; pero teniendo
más territorios tiene menos vasallos.
La Providencia divina parece que haya destinado el Japón, Siam, la India y la China
a someterse a la obediencia del Papa, para recompensar a éste de haber perdido el
Asia Menor, la Siria, la Grecia, el Egipto,
el África, la Rusia y
otros Estados. San Francisco Javier, que introdujo el Santo Evangelio en las Indias Orientales y en el Japón, cuando los portugueses
fueron allí a comerciar, realizó gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve muertos,
aunque el padre Rivadeneira, en el Flors sanctorum, se limita a decir que sólo resucitó cuatro. Quiso la Providencia que en
menos de cien años se reunieran
millares de católicos romanos en las islas del Japón; pero el diablo sembró la cizaña entre el buen grano. Créese que los jesuitas
fraguaron una conjuración, a la que siguió una guerra civil, que exterminó a los cristianos el año 1638. Entonces la nación cerró
sus puertas a todos los extranjeros, menos a los holandeses, que consideraron como
comerciantes y no como cristianos. La religión católica, apostólica, romana se proscribió en la China no hace mucho tiempo, pero
con menos crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, contentándose
con enseñar allí astronomía y con ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los dominicos y con otros misioneros
escandalizaron tanto al emperador Yongtching, que, siendo éste justo y bondadoso, fue bastante ciego para no permitir que se
enseñara la santa religión en su Imperio, ya que los misioneros no podían entenderse, y los expulsó de allí con bondad paternal,
suministrándoles subsistencias y carruajes hasta los
límites de su Imperio.
Toda el Asia, toda el África, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen
a los ingleses y a los holandeses en América,
todas las hordas americanas no domadas, todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del globo, están bajo el poder
del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras: «Son muchos los llamados y pocos los escogidos.»
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(3) Tauróbulo: sacrificio de un toro a
Cibeles.
(4) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo, Concilios.
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