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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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II

Del poder de expulsar los diablos concedido a la Iglesia

Iglesia - Diccionario Filosófico de VoltaireLo que distinguía a los cristianos, distinción que ha durado casi hasta nuestros días, era el poder de expulsar los diablos haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, confiesa que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, realizaba milagros en Egipto por medio de encantamientos y de sortilegios, y añade que los diablos salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.

Tertuliano va más lejos, y desde el fondo del Asia, donde se encontraba, escribe en su Apologética: «Si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano.» ¿Puede darse demostración más clara?

Efectivamente, Jesucristo envió sus apóstoles para que expulsaran los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, porque cuando Jesús libró a los poseídos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y operó otras curaciones parecidas, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú.» «Si yo los expulso por Belcebú -les respondió Jesús-, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es incontestable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos; invocaban el nombre de Dios, de Jacob y de Abraham, y metían hierbas consagradas en las narices de los demoníacos. El poder de expulsar los diablos, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, que desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de la magia, porque la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los Padres de la Iglesia. San Justino confiesa que evocan con frecuencia las almas de los muertos, y de estos hechos saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «al que se atreviera a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos, le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano afirman lo mismo. Verdad es que en la actualidad todo ha cambiado y que ya no hay demoníacos ni magos; pero Dios es muy dueño de avisar al hombre por medio de prodigios en ciertos tiempos, y de hacerlos cesar en otros.

III

De los mártires de la Iglesia

Cuando las sociedades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados se irritaron contra ellas y los pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de privilegios y que se encerraron en sus sinagogas, permitiéndoles el ejercicio de su religión, como sucede en nuestros días en Roma. Los cristianos, declarándose enemigos de todos los cultos, y sobre todo del culto del Imperio, se vieron expuestos muchas veces a sufrir pruebas crueles.

Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia, y le hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época que no mataban en Roma a los demás cristianos. No se sabe precisamente de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de clemente; sin duda San Ignacio tendría terribles enemigos. Sea de esto lo que fuere, la historia de su martirio refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro, y por esto los cristianos en algunas partes adoptaron el nombre de Teóforos, que Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta suya (2), en la que ruega a los obispos y a los cristianos que no se opongan a su martirio, ya porque entonces los cristianos fueran bastante poderosos para impedido, ya porque algunos de ellos tuvieran bastante influencia para conseguir su perdón. Es digno de notarse que consintieron que los cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a dicha ciudad, y esto prueba que en él se castigaba la persona y no la secta.

Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro III contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y por intervalos.»

Dios vigiló tanto a su Iglesia, que a pesar de los enemigos de ésta pudo conseguir que celebrara cinco concilios en el primer siglo, diez y seis en el segundo y treinta en el tercero; esto es, asambleas secretas, pero toleradas. Éstas sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. Conservamos pocos procesos de los procónsules y de los pretores que condenaron a muerte a los cristianos. Éstas serían las únicas actas que pudieran hacer constar los motivos de las acusaciones de los cristianos y sus suplicios.

Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría, en el que refiere el extracto del archivo de un pro cónsul de Egipto, de la época del emperador Valeriano, que dice lo siguiente: «Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros, por las conferencias que hemos tenido y por cuanto os he escrito, de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes, y quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una cosa, que debe exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses protectores del Imperio, abandonando un culto que es opuesto a la Naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió: «Se rinde culto a diferentes dioses, y cada uno adora al que cree que es el único verdadero.» El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos, que abusáis de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad, y desde ahora os envío a Cefro, que está situado en el centro de la Libia; ése es el sitio de vuestro destierro, y ésta es la orden que he recibido de los emperadores; y os advierto que no os permito que celebréis allí ninguna reunión ni que vayáis a rezar a los sitios que llamáis cementerios; eso está absolutamente prohibido, y os aseguro que no se lo consentiré a nadie.»

Presenta todos los caracteres de la verdad ese proceso verbal, que nos da a conocer que hacía tiempo que estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De ese mismo modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas, y algunas veces ahorcaron y enrodaron a ministros y predicantes que celebraron estas asambleas contra la voluntad de la ley. De ese mismo modo en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las reuniones a los católicos romanos, y algunas veces los delincuentes son sentenciados a muerte.

A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano, que los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el protector del cristianismo, hasta tal extremo, que varios cristianos obtuvieron destinos principales en su mismo palacio. Se casó con una cristiana, y consintió que en Nicomedia, que era el sitio de su residencia, se edificara una hermosa iglesia enfrente de su palacio. El césar Galerio, enconado contra los cristianos, es el que comprometió a Diocleciano a destruir su catedral de Nicomedia. Un cristiano, más entusiasta que prudente, hizo pedazos el edicto del emperador, y de este hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.

Hubo en diversas épocas tan gran número de mártires, que casi es imposible conocer el verdadero número, porque en la Historia aparecen mezcladas las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito que se saque de la abadía de San Benito o del convento de celestinos de París esté conforme con un manuscrito de los fuldenses, para que esa acta sea auténtica; se necesita para esto que esa acta sea antigua, que esté escrita por contemporáneos y que encierre todos los caracteres de la verdad.

El referido benedictino pudo muy bien omitir la aventura que aconteció al joven Román el año 303. Román recibió el perdón de Diocleciano en Antioquía, y sin embargo, dice el citado monje que el juez Asclepiade le sentenció al suplicio de la hoguera; los judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven San Román, y reprocharon a los cristianos que Dios consentía dejar que se quemase, cuando libró del fuego del horno a Sidrac, a Misac y a Abdenago; que en seguida, estando el tiempo sereno, se desencadenó una tempestad que apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven San Román; que el primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la función de verdugo, y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era tartamudo, habló con claridad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el experimento, cortó en seguida la lengua a un transeúnte, que se quedó muerto en el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió el referido cuento, debía respetar más los milagros que se realizan en el Antiguo y Nuevo Testamento, de los que nadie duda, y no aumentarlos con historias tan inverosímiles que pueden escandalizar a los hombres de escasa fe.

La referida persecución no se extendió por todo el Imperio. Existieron entonces en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo, que se eclipsaron muy pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones. Las Galias meridionales y la España estaban llenas de cristianos. El césar Constancio los protegió en todas sus provincias; tuvo una concubina cristiana, que fue la madre de Constantino, y que fue conocida por Santa Elena; no se comprobó nunca que se casara con ella, y la repudió el año 292, cuando se casó con la hija de Maximino Hércules; pero siempre tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.

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(2) Dupin, en su Biblioteca eclesiástica, prueba que esta carta es auténtica.

 

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