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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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I

Compendio de la historia de la Iglesia cristiana (continuación)

Iglesia - Diccionario Filosófico de VoltaireLos apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios, que éste envió a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice el apóstol San Pablo en su Epístola a los romanos— si observáis la ley; pero si la infringís, vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley, se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»

Cuando dicho apóstol habla de Jesucristo en sus Epístolas, no revela el misterio inefable de su consubstancialidad con Dios. «Nos libró él de la cólera de Dios. El don de Dios se ha difundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, que es Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un solo hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, exceptuando Dios, que ha sujetado todas las cosas.»

La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, que no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo; esa cuestión la tuvieron en Antioquía. El apóstol Pedro comía con los gentiles convertidos, sin observar con ellos las ceremonias de la ley ni distinguir de carnes; comía con Bernabé y con otros discípulos lo mismo carne de cerdo, que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos, San Pedro se abstuvo con ellos de comer alimentos prohibidos, y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente, no queriendo escandalizar a sus compañeros los judíos cristianos; pero San Pablo le reprendió con rudeza. «Le reprendí -dice-porque su proceder fue vituperable.»

La severidad de San Pablo parece indisculpable, porque siendo al principio perseguidor de los cristianos, debía haber sido más transigente; cuando él mismo fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y había observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que fue fingida la cuestión que medió entre Pablo y Pedro. En su primera Homilía dice que esos dos apóstoles obraron como dos abogados que se calientan y que se combaten uno a otro en el foro para adquirir más autoridad entre sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a predicar a los gentiles, fingieron esa cuestión, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín no es de esa opinión. Esta disputa entre San Jerónimo y San Agustín no debe disminuir la veneración que les tenemos, ni mucho menos la veneración que nos inspiran San Pablo y San Pedro.

Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Las Actas de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.

Hacia el año 60 de la era vulgar los cristianos empezaron a separarse de la comunión judía, y esta separación les proporcionó muchos disgustos y muchas persecuciones de las sinagogas que había establecidas en Roma, en Grecia, en Egipto y en Asia. Les acusaron sus hermanos judíos de impiedad y de ateismo, y los excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados; pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.

Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias, y se separaron completamente los judíos de los cristianos antes de terminar el siglo I; pero ignoró que se habían separado el gobierno romano. Ni el Senado de Roma ni los emperadores se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.

El cristianismo se estableció en Grecia y en Alejandría. Los cristianos tuvieron allí que combatir una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos; esta secta fue la de los gnósticos. Las sectas que hemos enumerado gozaban entonces de completa libertad para dogmatizar, para hablar y para escribir, cuando los corredores judíos que estaban establecidos en Grecia y en Alejandría no los acusaban a los magistrados; pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra al gobierno.

El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Los cristianos celebraban al principio sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche, y de esto provino que les llamaran «lucifugaces», como dice Minuncio Félix. Los gentiles llamábanles en los cuatro primeros siglos galileos y nazarenos, pero el nombre de cristianos fue el que prevaleció.

No se establecieron de repente ni la jerarquía ni los usos, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era la cena, que verificaban por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue fortificándose. Cuando fue una sociedad más extensa necesitó tener más reglamentos, y la prudencia de los pastores se conformó con los tiempos y con los lugares.

San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma, poco a poco fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la sociedad, presbyteroi, esto es, los sacerdotes; diaconoi, esto es, los diáconos; pistoi, esto es, los iniciados, que eran los bautizados, que tomaban parte en las cenas de los ágapes; los catecúmenos, que eran los que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en traje, ninguna estaba obligada a ser célibe, y de esto es testimonio el libro que Tertuliano dedicó a su mujer, y de esto son testimonios los apóstoles. No tuvieron símbolos ni imágenes en pintura ni en escultura en sus asambleas durante los primeros siglos, ni altares, ni cirios, ni incienso, ni agua lustral; los cristianos ocultaban cuidadosamente sus libros a los gentiles; sólo se los confiaban a los iniciados, y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.

 

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