IGLESIA
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I
Compendio de la historia de la Iglesia cristiana
(continuación)
Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo
de Dios, que éste
envió a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil
—dice el apóstol San Pablo en su Epístola
a los romanos— si
observáis la ley; pero si la infringís, vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley, se debe
considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»
Cuando dicho apóstol habla de Jesucristo en sus Epístolas, no revela el misterio inefable de su
consubstancialidad con Dios. «Nos
libró él de la cólera de Dios. El don de Dios se ha difundido entre nosotros por la gracia concedida
a un solo hombre, que es
Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un solo hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo.
Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, exceptuando Dios, que ha sujetado todas las
cosas.»
La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, que no consiguió destruir la acalorada disputa que
tuvieron los apóstoles
Pedro, Santiago y Juan con Pablo; esa cuestión la tuvieron en Antioquía. El apóstol Pedro comía con los gentiles convertidos, sin
observar con ellos las ceremonias de la ley ni distinguir de carnes; comía con Bernabé y con otros discípulos lo mismo carne de
cerdo, que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos, San Pedro se abstuvo con ellos de
comer alimentos prohibidos, y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente, no queriendo escandalizar
a
sus compañeros los judíos cristianos; pero San Pablo le reprendió con rudeza. «Le reprendí -dice-porque
su proceder fue vituperable.»
La severidad de San Pablo parece indisculpable, porque siendo
al principio perseguidor de los cristianos, debía haber sido más transigente; cuando él mismo fue
a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo
y había observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo
opina que fue fingida la cuestión que medió entre Pablo
y Pedro. En su primera Homilía dice que esos dos apóstoles obraron como dos abogados que se calientan y que se combaten uno
a
otro en el foro para adquirir más autoridad entre sus clientes; que dedicándose Pedro
a predicar a los judíos y Pablo a predicar a
los gentiles, fingieron esa cuestión, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse
a los judíos. San Agustín no es de
esa opinión. Esta disputa entre San Jerónimo y San Agustín no debe disminuir la veneración que les tenemos, ni mucho menos la
veneración que nos inspiran San
Pablo y San Pedro.
Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo
a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma.
Las Actas de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.
Hacia el año 60 de la era vulgar los cristianos empezaron a separarse de la comunión judía, y esta separación les proporcionó muchos
disgustos y muchas persecuciones de las sinagogas que había establecidas en Roma, en Grecia, en Egipto y en Asia. Les acusaron sus
hermanos judíos de impiedad y de ateismo, y los excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados; pero Dios los sostuvo
siempre que fueron perseguidos.
Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias, y se
separaron completamente los judíos de los cristianos antes de terminar el
siglo I; pero ignoró que se habían separado el gobierno romano. Ni el Senado de Roma ni los emperadores se inmiscuyeron en las
cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.
El cristianismo se estableció en Grecia y en Alejandría. Los cristianos tuvieron
allí que combatir una nueva secta
de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos; esta secta fue
la de los gnósticos. Las
sectas que hemos enumerado gozaban entonces de completa libertad para dogmatizar, para hablar y para escribir, cuando los
corredores judíos que estaban establecidos en Grecia y en Alejandría no los acusaban
a los magistrados; pero en la época de Domiciano la religión cristiana
empezó a proyectar alguna sombra al gobierno.
El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que
Dios le tenía marcados. Los cristianos celebraban al principio sus misterios en casas retiradas y en cuevas
durante la noche, y
de esto provino que les llamaran «lucifugaces», como dice Minuncio Félix. Los gentiles llamábanles en los cuatro primeros siglos
galileos y nazarenos, pero el nombre de cristianos fue el que prevaleció.
No se establecieron de repente ni la jerarquía ni los usos, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los
tiempos
sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era la cena, que verificaban por la tarde, y los usos cambiaron
a medida que
la Iglesia fue fortificándose. Cuando fue una sociedad más extensa necesitó tener más reglamentos, y la prudencia de los pastores se
conformó con los tiempos y con los lugares.
San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias
adquirieron forma, poco a poco fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes
diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la sociedad,
presbyteroi, esto es, los
sacerdotes; diaconoi, esto es, los diáconos; pistoi, esto es, los iniciados, que eran los bautizados, que tomaban parte
en las
cenas de los ágapes; los catecúmenos, que eran los que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se
diferenciaba en traje, ninguna estaba obligada a ser célibe, y de esto es testimonio el libro que Tertuliano dedicó
a su mujer, y
de esto son testimonios los apóstoles. No tuvieron símbolos ni imágenes en pintura ni en escultura en sus asambleas durante los
primeros siglos, ni altares, ni cirios, ni incienso, ni agua lustral; los cristianos ocultaban cuidadosamente sus libros
a los
gentiles; sólo se los confiaban a los iniciados, y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.
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