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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

Ídolo, idólatra, idolatría  ◄

Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Ignacio de Loyola

 

IGLESIA

I - Compendio de la historia de la Iglesia cristiana

Iglesia - Diccionario Filosófico de VoltaireNo pretendemos sondear las profundidades de la teología; Dios nos preserve de ello. Nos satisfacemos con tener humilde fe, y no haremos mas que referir.

En los primeros años que siguieron a la muerte de Jesucristo, Dios y hombre, contaban los hebreos con nueve escuelas, o lo que es lo mismo, con nueve sociedades religiosas. Componían estas sociedades los fariseos, los saduceos, los esenios, los judaítas, los terapeutas, los herodianos, los recabitas, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban los «hermanos», los «galileos», los «fieles», los cuales sólo tomaron el nombre de «cristianos» en Antioquía el año 60 de la era vulgar, y que guiaba Dios secretamente por caminos desconocidos para los hombres.

Los fariseos creían en la metempsicosis, los saduceos negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus, y sin embargo, permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios gens æterna in qua nemo nascitur, familia eterna en la que nadie nace, porque los esenios se casaban muy rara vez. Esta definición se aplicó más tarde a los frailes.

Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los judaítas cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan de los tormentos, y prefieren la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, consintiendo que les rompan los huesos antes que proferir la menor palabra contra su legislador y antes que comer alimentos prohibidos.» Parece que ese retrato debe ser el de los judaítas y no el de los esenios, si nos fijamos en estas palabras del mismo Josefo: «Judas fue el inventor de una nueva secta, distinta de la de los saduceos, de la de los fariseos y de la de los esenios. Los que pertenecen a esta secta son judíos de nación, viven juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad.» El sentido natural de esta frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea de esto lo que sea, fueron conocidos los judaítas antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar un partido considerable en el mundo. Autores hay que los creen herejes y que adoraban a Judas Iscariote.

Los terapeutas constituían una sociedad diferente de la de los esenios y de la de los judaítas, y se parecían a los gimnosofistas de las Indias y a los bramanes. «Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste, que les da el entusiasmo de las bacantes y de los coribantes y que los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»

Los recabitas subsisten todavía (1). Hacían voto de no beber nunca vino, y quizás de esta secta se aprovechó Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.

Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un Mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los judíos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por la Siria, por la Arabia y por el golfo Pérsico. Actualmente les llaman «cristianos de San Juan», y también los hubo en el Asia Menor. Las Actas de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Y ellos le respondieron: «Ni siquiera hemos oído decir que existe un Espíritu Santo.» Pablo les replicó entonces: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y ellos le contestaron: «El bautismo de Juan.»

Esto no obstante, los cristianos, como es sabido, pusieron los cimientos de la única religión verdadera. El que más contribuyó a fortalecer esta sociedad naciente fue el mismo Pablo, que con la mayor rabia la había perseguido. Pablo nació en Tarsis y fue educado por el famoso doctor fariseo llamado Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos opinan que riñó con Gamaliel porque éste se negó a casarlo con su hija. Se ven indicios de esta anécdota en las Actas de Santa Tecla. Esas actas dicen que tenía la frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Philopatris, hace un retrato parecido. Dúdase de que fuera ciudadano romano, porque en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana hasta cien años después, durante el imperio de Caracalla, como lo hace constar Cellario en su Geografía, libro III, y Grocio en su Comentario de las Actas.

Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y de la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de humillación en el que Él se dignó nacer. Todos los primitivos fieles eran hombres desconocidos y que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. El apóstol San Pablo se dedicaba a tejer telas para hacer tiendas. La asamblea de los fieles se reunía en Joppé, en casa de un zurrador llamado Simón, según consta en el capítulo IX de las Actas de los Apóstoles.

Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia, y algunos desde allí fueron a Roma a vivir entre los judíos a los que los romanos permitían tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos; como éstos, siguieron la práctica de la circuncisión, y los quince primeros obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados, o por lo menos pertenecieron a la nación judía.

Cuando el apóstol Pablo se llevó a Timoteo, que era hijo de padre gentil, le circuncidó él mismo en la pequeña ciudad de Listre. Tito, que era el otro discípulo de San Pablo, no quiso someterse a la circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Le acusaron los judíos de querer destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Por lavarse de esta acusación le propuso el apóstol Santiago que se hiciera rapar la cabeza y que fuera a purificarse en el templo, con cuatro judíos que hubiesen hecho voto de raparse. «Buscadlos -le dice Santiago en las Actas de los Apóstoles-, purificaos con ellos y que sepa todo el mundo que es falso lo que os atribuyen y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo, Pablo, que empezó por perseguir sanguinariamente las sociedades santas que estableció Jesús, que luego quiso dirigir esta sociedad naciente, siendo ya cristiano, se judaíza, para que el mundo sepa que le calumnian diciendo que no observa la ley mosaica. También le acusaron de impiedad y de herejía, y duró mucho tiempo el proceso criminal incoado contra él; pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No he pecado ni contra la ley judía ni contra el templo.»

Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios, que éste envió a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice el apóstol San Pablo en su Epístola a los romanos— si observáis la ley; pero si la infringís, vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley, se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»

Cuando dicho apóstol habla de Jesucristo en sus Epístolas, no revela el misterio inefable de su consubstancialidad con Dios. «Nos libró él de la cólera de Dios. El don de Dios se ha difundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, que es Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un solo hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, exceptuando Dios, que ha sujetado todas las cosas.»

La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, que no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo; esa cuestión la tuvieron en Antioquía. El apóstol Pedro comía con los gentiles convertidos, sin observar con ellos las ceremonias de la ley ni distinguir de carnes; comía con Bernabé y con otros discípulos lo mismo carne de cerdo, que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos, San Pedro se abstuvo con ellos de comer alimentos prohibidos, y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente, no queriendo escandalizar a sus compañeros los judíos cristianos; pero San Pablo le reprendió con rudeza. «Le reprendí -dice-porque su proceder fue vituperable.»

La severidad de San Pablo parece indisculpable, porque siendo al principio perseguidor de los cristianos, debía haber sido más transigente; cuando él mismo fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y había observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que fue fingida la cuestión que medió entre Pablo y Pedro. En su primera Homilía dice que esos dos apóstoles obraron como dos abogados que se calientan y que se combaten uno a otro en el foro para adquirir más autoridad entre sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a predicar a los gentiles, fingieron esa cuestión, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín no es de esa opinión. Esta disputa entre San Jerónimo y San Agustín no debe disminuir la veneración que les tenemos, ni mucho menos la veneración que nos inspiran San Pablo y San Pedro.

Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Las Actas de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.

Hacia el año 60 de la era vulgar los cristianos empezaron a separarse de la comunión judía, y esta separación les proporcionó muchos disgustos y muchas persecuciones de las sinagogas que había establecidas en Roma, en Grecia, en Egipto y en Asia. Les acusaron sus hermanos judíos de impiedad y de ateismo, y los excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados; pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.

Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias, y se separaron completamente los judíos de los cristianos antes de terminar el siglo I; pero ignoró que se habían separado el gobierno romano. Ni el Senado de Roma ni los emperadores se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.

El cristianismo se estableció en Grecia y en Alejandría. Los cristianos tuvieron allí que combatir una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos; esta secta fue la de los gnósticos. Las sectas que hemos enumerado gozaban entonces de completa libertad para dogmatizar, para hablar y para escribir, cuando los corredores judíos que estaban establecidos en Grecia y en Alejandría no los acusaban a los magistrados; pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra al gobierno.

El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Los cristianos celebraban al principio sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche, y de esto provino que les llamaran «lucifugaces», como dice Minuncio Félix. Los gentiles llamábanles en los cuatro primeros siglos galileos y nazarenos, pero el nombre de cristianos fue el que prevaleció.

No se establecieron de repente ni la jerarquía ni los usos, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era la cena, que verificaban por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue fortificándose. Cuando fue una sociedad más extensa necesitó tener más reglamentos, y la prudencia de los pastores se conformó con los tiempos y con los lugares.

San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma, poco a poco fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la sociedad, presbyteroi, esto es, los sacerdotes; diaconoi, esto es, los diáconos; pistoi, esto es, los iniciados, que eran los bautizados, que tomaban parte en las cenas de los ágapes; los catecúmenos, que eran los que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en traje, ninguna estaba obligada a ser célibe, y de esto es testimonio el libro que Tertuliano dedicó a su mujer, y de esto son testimonios los apóstoles. No tuvieron símbolos ni imágenes en pintura ni en escultura en sus asambleas durante los primeros siglos, ni altares, ni cirios, ni incienso, ni agua lustral; los cristianos ocultaban cuidadosamente sus libros a los gentiles; sólo se los confiaban a los iniciados, y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.

II - Del poder de expulsar los diablos concedido a la Iglesia

Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha durado casi hasta nuestros días, era el poder de expulsar los diablos haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, confiesa que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, realizaba milagros en Egipto por medio de encantamientos y de sortilegios, y añade que los diablos salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.

Tertuliano va más lejos, y desde el fondo del Asia, donde se encontraba, escribe en su Apologética: «Si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano.» ¿Puede darse demostración más clara?

Efectivamente, Jesucristo envió sus apóstoles para que expulsaran los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, porque cuando Jesús libró a los poseídos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y operó otras curaciones parecidas, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú.» «Si yo los expulso por Belcebú -les respondió Jesús-, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es incontestable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos; invocaban el nombre de Dios, de Jacob y de Abraham, y metían hierbas consagradas en las narices de los demoníacos. El poder de expulsar los diablos, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, que desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

 

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de la magia, porque la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los Padres de la Iglesia. San Justino confiesa que evocan con frecuencia las almas de los muertos, y de estos hechos saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «al que se atreviera a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos, le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano afirman lo mismo. Verdad es que en la actualidad todo ha cambiado y que ya no hay demoníacos ni magos; pero Dios es muy dueño de avisar al hombre por medio de prodigios en ciertos tiempos, y de hacerlos cesar en otros.

III - De los mártires de la Iglesia

Cuando las sociedades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados se irritaron contra ellas y los pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de privilegios y que se encerraron en sus sinagogas, permitiéndoles el ejercicio de su religión, como sucede en nuestros días en Roma. Los cristianos, declarándose enemigos de todos los cultos, y sobre todo del culto del Imperio, se vieron expuestos muchas veces a sufrir pruebas crueles.

Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia, y le hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época que no mataban en Roma a los demás cristianos. No se sabe precisamente de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de clemente; sin duda San Ignacio tendría terribles enemigos. Sea de esto lo que fuere, la historia de su martirio refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro, y por esto los cristianos en algunas partes adoptaron el nombre de Teóforos, que Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta suya (2), en la que ruega a los obispos y a los cristianos que no se opongan a su martirio, ya porque entonces los cristianos fueran bastante poderosos para impedido, ya porque algunos de ellos tuvieran bastante influencia para conseguir su perdón. Es digno de notarse que consintieron que los cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a dicha ciudad, y esto prueba que en él se castigaba la persona y no la secta.

Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro III contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y por intervalos.»

Dios vigiló tanto a su Iglesia, que a pesar de los enemigos de ésta pudo conseguir que celebrara cinco concilios en el primer siglo, diez y seis en el segundo y treinta en el tercero; esto es, asambleas secretas, pero toleradas. Éstas sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. Conservamos pocos procesos de los procónsules y de los pretores que condenaron a muerte a los cristianos. Éstas serían las únicas actas que pudieran hacer constar los motivos de las acusaciones de los cristianos y sus suplicios.

Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría, en el que refiere el extracto del archivo de un pro cónsul de Egipto, de la época del emperador Valeriano, que dice lo siguiente: «Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros, por las conferencias que hemos tenido y por cuanto os he escrito, de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes, y quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una cosa, que debe exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses protectores del Imperio, abandonando un culto que es opuesto a la Naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió: «Se rinde culto a diferentes dioses, y cada uno adora al que cree que es el único verdadero.» El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos, que abusáis de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad, y desde ahora os envío a Cefro, que está situado en el centro de la Libia; ése es el sitio de vuestro destierro, y ésta es la orden que he recibido de los emperadores; y os advierto que no os permito que celebréis allí ninguna reunión ni que vayáis a rezar a los sitios que llamáis cementerios; eso está absolutamente prohibido, y os aseguro que no se lo consentiré a nadie.»

Presenta todos los caracteres de la verdad ese proceso verbal, que nos da a conocer que hacía tiempo que estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De ese mismo modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas, y algunas veces ahorcaron y enrodaron a ministros y predicantes que celebraron estas asambleas contra la voluntad de la ley. De ese mismo modo en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las reuniones a los católicos romanos, y algunas veces los delincuentes son sentenciados a muerte.

A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano, que los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el protector del cristianismo, hasta tal extremo, que varios cristianos obtuvieron destinos principales en su mismo palacio. Se casó con una cristiana, y consintió que en Nicomedia, que era el sitio de su residencia, se edificara una hermosa iglesia enfrente de su palacio. El césar Galerio, enconado contra los cristianos, es el que comprometió a Diocleciano a destruir su catedral de Nicomedia. Un cristiano, más entusiasta que prudente, hizo pedazos el edicto del emperador, y de este hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.

Hubo en diversas épocas tan gran número de mártires, que casi es imposible conocer el verdadero número, porque en la Historia aparecen mezcladas las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito que se saque de la abadía de San Benito o del convento de celestinos de París esté conforme con un manuscrito de los fuldenses, para que esa acta sea auténtica; se necesita para esto que esa acta sea antigua, que esté escrita por contemporáneos y que encierre todos los caracteres de la verdad.

El referido benedictino pudo muy bien omitir la aventura que aconteció al joven Román el año 303. Román recibió el perdón de Diocleciano en Antioquía, y sin embargo, dice el citado monje que el juez Asclepiade le sentenció al suplicio de la hoguera; los judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven San Román, y reprocharon a los cristianos que Dios consentía dejar que se quemase, cuando libró del fuego del horno a Sidrac, a Misac y a Abdenago; que en seguida, estando el tiempo sereno, se desencadenó una tempestad que apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven San Román; que el primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la función de verdugo, y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era tartamudo, habló con claridad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el experimento, cortó en seguida la lengua a un transeúnte, que se quedó muerto en el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió el referido cuento, debía respetar más los milagros que se realizan en el Antiguo y Nuevo Testamento, de los que nadie duda, y no aumentarlos con historias tan inverosímiles que pueden escandalizar a los hombres de escasa fe.

La referida persecución no se extendió por todo el Imperio. Existieron entonces en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo, que se eclipsaron muy pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones. Las Galias meridionales y la España estaban llenas de cristianos. El césar Constancio los protegió en todas sus provincias; tuvo una concubina cristiana, que fue la madre de Constantino, y que fue conocida por Santa Elena; no se comprobó nunca que se casara con ella, y la repudió el año 292, cuando se casó con la hija de Maximino Hércules; pero siempre tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.

IV - Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino

Constantino Cloro murió el año 306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran pequeños y no podían pretender el Imperio. Constantino consiguió que le eligieran para ese elevado cargo en York cinco o seis mil soldados alemanes, galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esta elección, que se hizo sin el consentimiento de Roma, ni del Senado, ni de los ejércitos; pero Dios le hizo vencer a Magencio, que era el emperador elegido en Roma, y consintió en que se librara de todos los pretendientes, porque, como ya sabemos, hizo morir a sus próximos parientes, a su mujer y a su hijo.

No puede dudarse de lo que sobre esto refiere Zósimo. Dice que Constantino, agitado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes, preguntó a los pontífices del Imperio si podría expiarlos, y ellos le contestaron que no era posible. Verdad es que tampoco había expiación posible para Nerón, y que no se atrevió a asistir a los sagrados misterios en Grecia. Esto no obstante, estaban en uso los tauróbulos (3), y es difícil de creer que un emperador todopoderoso no encontrara un solo sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiadores. Quizás es menos creíble todavía que Constantino, preocupado con la guerra, con su ambición y sus proyectos, y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y que tenía entrada en palacio le prometió la expiación de todos sus delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue Ozio, obispo de Córdoba. Lo cierto es que Dios reservó a Constantino para que fuera el protector de la Iglesia.

Constantino hizo edificar la ciudad de Constantinopla. que convirtió en el centro del Imperio y de la religión cristiana. Entonces la Iglesia adquirió forma augusta, y es de creer que, purificado por el bautismo y arrepintiéndose a la hora de su muerte, obtendría la misericordia celeste, aunque murió siendo arriano; sería muy duro que todos los partidarios de los dos obispos Eusebios se hubieran condenado.

Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad, los que habían perseguido a los cristianos con crueldad fueron castigados por éstos. Los cristianos arrojaron a la mujer de Maximino en el Oronte; degollaron a todos sus parientes y mataron en Egipto y en Palestina a los magistrados que eran contrarios al cristianismo. Reconocieron a la viuda y a la hija de Diocleciano, que estaban escondidas en Salónica, y las echaron al mar. Hubiera sido loable que los cristianos no hubieran dado oídos al espíritu de venganza; pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que las manos de los cristianos se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto los cristianos pudieron obrar con libertad.

Constantino convocó y reunió en Nicea, frente a frente de Constantinopla, el primer Concilio ecuménico, que presidió Ozio; en él se decidió la gran cuestión que tenía agitada la Iglesia sobre la divinidad de Jesucristo (4). Sabido es que la Iglesia, después de pelear trescientos años contra los ritos del Imperio romano, peleó luego consigo misma, y fue siempre militante y triunfante.

Con el transcurso del tiempo, la Iglesia griega, casi por completo, y toda la Iglesia de África, quedaron esclavas, primero de los árabes y después de los turcos, que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió, pero manchada de sangre durante más de seiscientos años de discordia entre el Imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas discordias la hicieron poderosa. Los obispos y los abades en Alemania se convirtieron en príncipes, y los papas adquirieron poco a poco el dominio absoluto en Roma y en un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con las humillaciones, con las perturbaciones, con los delitos y con el esplendor.

La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia e Irlanda, la mejor parte de Suiza y Holanda; ganó más territorio en América con las conquistas de los españoles que había perdido en Europa; pero teniendo más territorios tiene menos vasallos.

La Providencia divina parece que haya destinado el Japón, Siam, la India y la China a someterse a la obediencia del Papa, para recompensar a éste de haber perdido el Asia Menor, la Siria, la Grecia, el Egipto, el África, la Rusia y otros Estados. San Francisco Javier, que introdujo el Santo Evangelio en las Indias Orientales y en el Japón, cuando los portugueses fueron allí a comerciar, realizó gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve muertos, aunque el padre Rivadeneira, en el Flors sanctorum, se limita a decir que sólo resucitó cuatro. Quiso la Providencia que en menos de cien años se reunieran millares de católicos romanos en las islas del Japón; pero el diablo sembró la cizaña entre el buen grano. Créese que los jesuitas fraguaron una conjuración, a la que siguió una guerra civil, que exterminó a los cristianos el año 1638. Entonces la nación cerró sus puertas a todos los extranjeros, menos a los holandeses, que consideraron como comerciantes y no como cristianos. La religión católica, apostólica, romana se proscribió en la China no hace mucho tiempo, pero con menos crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, contentándose con enseñar allí astronomía y con ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los dominicos y con otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yongtching, que, siendo éste justo y bondadoso, fue bastante ciego para no permitir que se enseñara la santa religión en su Imperio, ya que los misioneros no podían entenderse, y los expulsó de allí con bondad paternal, suministrándoles subsistencias y carruajes hasta los límites de su Imperio.

Toda el Asia, toda el África, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen a los ingleses y a los holandeses en América, todas las hordas americanas no domadas, todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del globo, están bajo el poder del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras: «Son muchos los llamados y pocos los escogidos.»

V - De la significación de la palabra Iglesia

Es una palabra griega que significaba «asamblea del pueblo». Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron sinagoga por iglesia, y usaron de la misma palabra para expresar la «sociedad judía», la «congregación política», la «asamblea judía» y el «pueblo judío». Por eso se dice en el libro de los Números: «¿Por qué habéis llevado la iglesia al desierto?» Y en el Deuteronomio: «El eunuco, el moabita, el amonita, no entrarán en la Iglesia; los idumeos y los egipcios no entrarán en la Iglesia hasta la tercera generación.»

Jesucristo dice en el Evangelio de San Mateo: «Si vuestro hermano peca contra vos, o lo que es lo mismo, os ofende, reprendedle en secreto, presentaos ante él con dos testigos, con la idea de que todo se ponga en claro ante ellos, y si él no les hace caso, quejaos de él ante la asamblea del pueblo, ante la Iglesia, y si no hace caso de la Iglesia, considéresele como a gentil o como a recaudador de tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en el mundo será atado en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra en el cielo será desatado.»

Se trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en ofenderlo. No podían hacerle comparecer ante la asamblea, esto es, ante la Iglesia cristiana, porque entonces no existía aún; no podían juzgar a ese hombre, cuyo compañero se quejaba de él, ni el obispo ni los sacerdotes, que tampoco existían; además, ni los sacerdotes judíos ni los sacerdotes cristianos fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre los particulares, que eran asuntos de política: los obispos no llegaron a ser jueces hasta la época de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que el escritor sagrado del referido Evangelio hace hablar en este caso a Nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una predicción de lo que ha de suceder cuando la Iglesia cristiana tome forma y se establezca.

Selden hace una observación importante respecto a ese pasaje: dice que entre los judíos no excomulgaban a los publicanos, a los cobradores de tributos. El populacho podía detestarlos, pero eran empleados necesarios que nombraba el príncipe, y a nadie se le ocurrió nunca la idea de separarlos de la asamblea. Los judíos estaban entonces bajo la dirección del procónsul de Siria, que se extendía hasta los confines de la Galilea y hasta la isla de Chipre, en donde tenía viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar públicamente a los empleados legales del procónsul. Además de imprudente hubiera sido injusto, porque los caballeros romanos, arrendadores de los dominios públicos, los cobradores del dinero del César, desempeñaban su empleo autorizados por las leyes.

San Agustín, en su sermón LXXXI, puede suministrar algún dato para la inteligencia de este pasaje. Hablando de los que conservan rencor y no perdonan, dice: «Cæpisti habere fratem tuum tanquam publicanus. Ligas illum in terra; sed ud juste alliges, vide; nam injusta vincula disrumpit justitia. Quum autem correxeris et concordaveris cum fratre tuo, solvisti eum in terra.-Considerar a vuestro hermano como un publicano es atarle en el mundo, y antes de hacerlo, debéis reflexionar si le atáis justamente, porque la justicia rompe las ataduras injustas; pero si corregís a vuestro hermano, si estáis acorde con él, le habréis desatado en el mundo.»

Comprendo que San Agustín quiere decir que el ofendido hizo meter en la cárcel al ofensor, y que debe entenderse que está atado en el mundo, y que también lo estará en las ligaduras celestes; pero que si el ofendido es inexorable, él es el que se ata a sí mismo. No se trata de la Iglesia en esta explicación de San Agustín; sólo se trata en ella de perdonar o de no perdonar una injuria. San Agustín no se ocupa del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de Dios; este derecho está reconocido en otras partes, y es un derecho que se deriva del sacramento de la confesión. San Agustín, a pesar de ser profundo en los tipos y en las alegorías, no considera que es ese famoso pasaje una alusión a la absolución que dan o niegan los ministros de la Iglesia católica romana en el sacramento de la penitencia.

VI - Del número de Iglesias en las sociedades cristianas

Las sociedades cristianas reconocen cuatro Iglesias: la griega, la romana, la luterana, y la reformada o calvinista. En Alemania, los primitivos cuákeros, los anabaptistas, los socinianos, los menonitas, los pietistas, los moravos, los judíos y otras sectas no forman Iglesia. La religión judía ha conservado el título de sinagoga. Las sectas cristianas que se toleran no pueden tener mas que asambleas secretas, «conventículos»; lo mismo sucede en Londres. No reconocen la Iglesia católica en Suecia, ni en Dinamarca, ni en las partes septentrionales de Alemania, ni en las tres cuartas partes de Suiza, ni en los tres reinos de la Gran Bretaña.

VII - De la primitiva iglesia y de los que han creído restablecerla

Los judíos, como todos los pueblos de la Siria, se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones religiosas, como acabamos de ver, tendiendo todas ellas a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad animó a los discípulos de San Juan, que subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios, predicho por San Juan. Los discípulos de Jesucristo fueron iguales entre ellos; su maestro les dijo terminantemente: «No habrá entre vosotros ni primero ni último. Vine al mundo para servir y no para ser servido; el que pretenda ser señor de los demás, será su criado.»

La prueba de la igualdad, que fue el fundamento del cristianismo, consiste en que al principio los cristianos se llamaban unos a otros hermanos. Se reunían y esperaban al Espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera epístola a los corintios, les dice: «Si en vuestra asamblea alguno de vosotros posee el don del cántico, el de la doctrina, el del Apocalipsis, el de las lenguas, el de interpretarlas, debéis aprovecharlos para la mayor edificación. Que dos o tres profetas hablen, y que los demás juzguen; si algo se le ha revelado a otro, que el primero se calle, porque todos podéis profetizar separadamente, con la idea de que todos aprendan y de que todos exhorten; el espíritu de la profecía está sometido a los profetas, porque el Señor es un Dios de paz. Así, pues, hermanos míos, tened la emulación de profetizar, y no impidáis que se hablen distintos idiomas.» Por respeto al texto lo he traducido palabra por palabra.

San Pablo, en la misma epístola, consiente que las mujeres profeticen, aunque les prohíbe en el capítulo XIV hablar en las asambleas.

Se ve, pues, claro en este pasaje y en otros muchos que los primitivos cristianos eran todos iguales, porque eran hermanos en Jesucristo. El Espíritu se comunicaba con ellos; hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción de categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían sobre éstos la preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus discípulos; pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en el traje, muestra de superioridad, no tenían ninguna ellos ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy distinta: la de la persuasión.

Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en las Actas de los Apóstoles, capítulo VI, y ellos mismos elegían siete para que tuvieran a su cuidado las mesas de comer y para que proveyesen las necesidades comunes. Para desempeñar esas comisiones eligieron en Jerusalén a Esteban, a Filopo, a Procorro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás. Hay que notar que entre los siete que eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar, exhortar, de expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y de hacer milagros. Todo entre ellos era espiritual; nada en ellos se resentía de las pompas del mundo; pero en el siglo III empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e interés. Las ágapes se convirtieron en grandes festines, en  los que derrochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo confiesa. «Comemos muy bien dice; pero los misterios de Atenas y de Egipto, ¿no se celebraban con excelentes comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos son útiles, porque aprovechan a los pobres.»

En aquel mismo tiempo algunas sociedades cristianas, que se creían más perfectas que las demás, como por ejemplo las montanistas, que se jactaban de profesar una moral austera, que tenían por adulterio las segundas nupcias y evitar la persecución como apostasía; que sentían públicamente convulsiones sagradas y éxtasis; que se figuran hablar a Dios cara a cara, quedaron convictos, según se asegura, de mezclar la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo que ese cruel reproche se extendiera hasta los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que hacían, según refiere San Agustín: clavaban con alfileres todo el cuerpo del niño, y con la sangre que le salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño moría, le tributaban los honores de un mártir (5).

Las costumbres estaban entonces tan corrompidas, que los Santos Padres se lamentaban sin cesar de lo que estaba sucediendo. Oíd lo que decía San Cipriano en su libro titulado De los caídos: «Todos los sacerdotes corren tras los bienes y tras los honores con insaciable furor. Los obispos están faltos de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería; juran y perjuran; la discordia divide a los cristianos; los obispos abandonan los púlpitos para irse a las ferias y para enriquecerse haciendo negocios; en una palabra, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en disgustar a todo el mundo (6).

Antes de esos escándalos, el sacerdote Novacio dio uno muy funesto a los fieles de Roma; fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque era secreto y estaba expuesto a la persecución, era muy ambicionado, porque sacaba grandes contribuciones a los cristianos y porque tenía la autoridad superior sobre ellos.

No repetiremos en este artículo lo que consta en tantos archivos, lo que nos dicen todos los días personas instruidas sobre el número prodigioso de cismas y de guerras que se sucedieron; no nos ocuparemos de los seiscientos años de discordias sangrientas que mediaron entre el Imperio y el sacerdocio; ni del dinero de las naciones que iba a parar por muchos canales, unas veces a Roma y otras a Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos años; ni nos ocuparemos tampoco de la sangre que corrió por toda Europa por defender una tiara que no conoció Jesucristo, o por cuestiones ininteligibles de las que él nunca se ocupó. Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y con la carnicería.

Cuando el furor de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón humano llegó a su último exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido contra las leyes obispo de Roma, quitó esa capital a los emperadores y prohibió a los obispos de Occidente que usaran el nombre de Papa, para usarlo él solo; cuando, siguiendo su ejemplo, los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de Francia e Inglaterra trataban también de proclamarse; desde esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron sociedades cristianas que, bajo nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primitiva que tuvo el cristianismo.

Esta igualdad, que era practicable en una sociedad reducida y culta a las miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los obispos, las grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas, se reunieron bajo las banderas del Pontífice de la nueva Roma, y pelearon entonces pro aris et pro focis, por sus altares y por sus hogares. Emplearon para sostener o para humillar la nueva administración eclesiástica cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas, torturas, asesinatos por las manos de los verdugos y asesinatos por las manos de los sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones por medio del hierro y de las llamas, y escondieron las olas de sangre y los huesos de los muertos la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo, que apenas se ha podido encontrar.

VIII - Cuestión entre la Iglesia griega y la latina en Asia y en Europa

Los hombres de bien lamentan, hace catorce siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido siempre rivales y que la túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta división es, sin embargo, muy natural. Roma y Constantinopla se odiaban, y cuando los señores se detestan, sus limosneros no se pueden ver. Las dos comuniones religiosas se han disputado siempre la superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia, el poder.

Los griegos, en esta cuestión, llevaron durante mucho tiempo la ventaja; se vanagloriaban de ser maestros de los latinos y de haberles enseñado todo lo que sabían. Los evangelios se escribieron en griego; no hay en ellos un dogma, un rito, un misterio y un uso que no sea griego; desde la palabra «bautismo» hasta la palabra «eucaristía», todo es griego en ellos. Sólo hubo Padres de la Iglesia en Grecia hasta San Jerónimo, que tampoco era romano, puesto que era hijo de Dalmacia. San Agustín, que siguió en el orden cronológico a San Jerónimo, era africano. Los siete grandes concilios ecuménicos se celebraron en ciudades griegas, y los obispos de Roma no asistieron a ellos porque sólo sabían latín, latín ya corrompido.

La enemistad entre Roma y Constantinopla estalló el año 452, en el Concilio de Calcedonia, que se reunió para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una persona, o dos personas y una naturaleza. Se decidió en dicho Concilio que la Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a los honores, y el patriarca de la una igual al patriarca de la otra. El papa San León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas; pero ni él ni sus sucesores concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Puede afirmarse que en esta disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las palabras de Jesucristo que refiere el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero ni último.» Los santos siempre son santos, pero no se libran del orgullo, y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de cólera al hijo de un albañil que llegó a ser obispo de una aldea, porque no le llamaban monseñor (7), hizo reñir al universo cristiano.

Los romanos fueron siempre menos cuestionadores y menos sutiles que los griegos, pero fueron mucho más políticos. Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar, se quedaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin usar tantos argumentos, supo fundar su poder sobre las ruinas del Imperio de Occidente.

El odio se convirtió en escisión en la época de Focio, Papa o vigilante de la Iglesia bizantina, y de Nicolás I, Papa o vigilante de la Iglesia romana. Como por desgracia no hubo nunca ninguna cuestión eclesiástica que no tuviera su parte ridícula, sucedió que la lucha empezó por dos patriarcas que los dos eran eunucos: Ignacio y Focio, que se disputaban la sede de Constantinopla, estaban castrados, y esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser mas que Padres de la Iglesia.

Dícese que los castrados son enredadores, malignos e intrigantes: Ignacio y Focio perturbaron la Grecia. El Papa latino Nicolás I siguió el partido de Ignacio, y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu Santo por medio del Padre y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del Padre. Además de esa procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en la Cuaresma, y para completar sus faltas, el Papa romano se hacía afeitar la barba, lo que era una apostasía para los papas griegos, porque a Moisés, los patriarcas y Jesucristo los pintan siempre barbudos los pintores griegos y los latinos.

Cuando en el año 189 quedó instalado en su sede el patriarca Focio por el octavo Concilio ecuménico griego, al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior, el papa Juan VIII le reconoció por hermano. Dos legados que dicho Papa envió al citado Concilio unieron su voto al de la Iglesia griega, y declararon que sería un Judas el que dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; pero como los romanos persistieron en la costumbre de afeitarse la barba y de comer huevos en Cuaresma, las dos Iglesias quedaron separadas para siempre.

El cisma se consumó por completo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma León IX y a todos los latinos, añadiendo a los reproches de Focio que gastaban pan ázimo en la Eucaristía, contra la práctica de los apóstoles, acusándoles de cometer el delito de comer budín y de torcer el cuello a los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. Cerraron todas las iglesias latinas en el Imperio griego y prohibieron todo trato con los que comieran budín.

El papa León IX negoció seriamente este asunto con el emperador Constantino Monómaco y consiguió aplacarle. Sucedía esto precisamente en los tiempos en que los célebres gentileshombres normandos, hijos de Tancredo de Hauteville, se burlaban del Papa y del emperador griego, se apoderaban de todo lo que podían en la Pouille y en la Calabria y comían budín descaradamente. El emperador griego favoreció al Papa todo lo que pudo, pero no consiguió que se reconciliaran los griegos y los latinos. Los griegos creían que eran bárbaros sus adversarios porque no sabían ni una palabra del idioma griego.

La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto librar los Santos Lugares, y que tuvo por objeto apoderarse de Constantinopla, acabó de hacer odiosos a los romanos ante los griegos.

A pesar de todo esto, el poder de la Iglesia latina aumentó más cada día, y poco a poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas han sido desde hace mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y toda la Iglesia griega quedó esclava desde Mahomed II, excepto la Rusia, que entonces era un país bárbaro, de cuya Iglesia no se hacía caso. Todo el que conozca la historia del Oriente sabe que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del báculo y del anillo, sin temor a ser excomulgado, como los papas excomulgaron a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.

La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrar su arzobispo, pero en realidad elige al que le indica la Puerta otomana. Ese destino cuesta actualmente ochenta mil francos, que el que lo ocupa tiene que sacar a los griegos. Si aparece algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado o dan el destino al último postor, lo mismo que Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo X. Si el patriarca nombrado se niega a renunciar a su título, le dan cincuenta palos en las plantas de los pies y lo destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le aconteció al patriarca Lucas Cirilo en 1638.

El Gran Turco concede de este modo los otros obispados, mediante fianza; la suma en que estaba tasado cada obispado en la época de Mahomed II se expresaba siempre en la patente, pero lo que se pagaba a más de esa cantidad no constaba, y no se puede saber con exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.

Son graciosísimas esas patentes. Véase una muestra de ellas: «Concedo a Fulano de Tal, sacerdote cristiano, el presente mandamiento para perfección de felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada, como obispo de los infieles cristianos, según su antiguo uso y según sus vanas y extravagantes ceremonias; queriendo y mandando que todos los cristianos de este distrito le reconozcan, y que ningún sacerdote ni fraile se pueda casar sin su permiso (esto es, sin pagar).»

La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia; pero los griegos tienen lo que se merecen: se estaban ocupando seriamente en cuestionar sobre la luz del Tabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron a Constantinopla.

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(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de Recab, amigo de Jehú. Hacían voto de vivir en tiendas, como nómadas. Cuando la invasión de Nabucodonosor, se refugiaron en Jerusalén.
(2) Dupin, en su Biblioteca eclesiástica, prueba que esta carta es auténtica.
(3) Tauróbulo: sacrificio de un toro a Cibeles.
(4) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo, Concilios.
(5) San Agustín, De Hœresibos, hœres, cap. XXVI.
(6) Véanse las Obras de San Cipriano y la Historia eclesiástica de Fleury, tomo II, pág. 168, edición de 1725.
(7) Biord, obispo de Annecy.

 

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