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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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ÍDOLO, IDÓLATRA, IDOLATRÍA (1) (2) (3)

II

Examen de la idolatría antigua

Ídolo - Diccionario Filosófico de VoltaireEn la época de Carlos I declararon en Inglaterra que era idólatra la religión católica. Los presbiterianos están convencidos de que los católicos adoran el pan que se comen y figuras que son obra de los escultores y de los pintores. Lo que parte de Europa reprocha a los católicos, éstos se lo reprochan a los gentiles. Sorprende el número prodigioso de acusaciones que en todos los tiempos han fulminado contra la idolatría de los romanos y de los griegos, y esta sorpresa crece de punto cuando nos convencemos de que no fueron idólatras.

Tenían unos templos más privilegiados que otros: la Diana de Éfeso gozaba de mayor reputación que una Diana de aldea. En el templo de Esculapio se realizaban más milagros a Epidauro que en ninguno de los templos de éste. La estatua de Júpiter Olímpico atraía más ofrendas que la de Júpiter de Paflagonia (1). Estando obligados a oponer las costumbres de la religión verdadera a las de una religión falsa, ¿por qué después de transcurrir tantos siglos tenemos más devoción a unos altares que a otros? ¿Nuestra Señora de Loreto no la preferimos a Nuestra Señora de las Nieves y a Nuestra Señora de Halle? (2). Esto no quiere decir que tenga más virtud en la estatua de Loreto que en la estatua de la ciudad de Halle, sino que tenemos más devoción a una que a otra, por creer que la imagen que invocamos al pie de esas estatuas se digna desde el cielo conceder más favores, obrar más milagros en Loreto que en Halle. La multiplicidad de imágenes de la misma persona prueba que no son esas imágenes lo que veneramos y que rendimos el culto a la persona que representan, pues no es posible que cada imagen represente un ser distinto. Existen mil imágenes de San Francisco que no se le parecen ni se parecen unas a otras, y todas ellas simbolizan a un solo San Francisco, que invocan en el día de su fiesta los devotos del santo.

Lo mismo sucedía entre los paganos: inventaron una sola divinidad, un solo Apolo y una sola Diana, y no tantos Apolos y Dianas como tenían en estatuas y en templos. Está demostrado cuanto permite demostrarse un punto de historia, que los antiguos no creían que una estatua fuese una divinidad, y que el culto no se tributaba ni a la estatua ni al ídolo; por lo tanto, los antiguos no eran idólatras. Réstanos saber si basta ese pretexto para acusarnos a nosotros de idolatría.

El populacho grosero y supersticioso, que no sabía razonar, dudar, negar ni creer; que acudía al templo por estar ocioso y porque en él son iguales los pequeños que los grandes; que presentaba ofrendas por costumbre; que hablaba continuamente de milagros sin examinar ninguno de ellos; ese populacho, repito, pudo muy bien ante la Diana de Éfeso o ante Júpiter Olímpico, sobresaltado de temor religioso, adorar esas estatuas. Esto es lo que sucede algunas veces en nuestros templos a los incultos campesinos, a pesar de haberles enseñado que deben pedir su intercesión a los bienaventurados y a los santos, y no a las estatuas de madera o de piedra.

Los griegos y los romanos aumentaron el número de sus dioses por medio de las apoteosis. Los griegos divinizaron a los conquistadores, como por ejemplo, a Baco, a Hércules, a Perseo; Roma erigió altares a sus emperadores. Nuestras apoteosis son de distinta clase: tenemos más santos que ellos tenían dioses secundarios. Pero no los clasificamos de tales por su alta posición ni por sus conquistas, y erigimos templos a hombres sencillamente virtuosos que desconocería el mundo si no ocuparan un sitio en el cielo. La adulación servía de base para las apoteosis de los antiguos; las nuestras se fundan en la virtud.

Cicerón, en sus obras de filosofía, ni siquiera hace sospechar que los romanos confundieran las estatuas de los dioses con los dioses mismos; sus interlocutores atacan la religión establecida, pero ninguno de ellos acusa a los romanos de creer que el mármol y el bronce son divinidades. Lucrecio no reprocha a nadie esa tontería, y le place atacar a los supersticiosos. Esos dos autores prueban que los antiguos no fueron idólatras.

Horacio hacer decir a una estatua de Príapo: «Fui yo en otro tiempo un tronco de higuera, y un carpintero, dudando si haría de mí un dios o un banco, se decidió por fin a hacerme dios» (3). ¿Qué debemos deducir de este chiste? Que Príapo era una divinidad subalterna en la que se cebaban los burlones, y ese chiste prueba que no reverenciaban la figura de Príapo, que ponían en las huertas como espantajo para asustar a los pájaros.

Dacier, en vez de afirmar que los romanos adoraban la estatua de Príapo, debía haber dicho que los romanos se burlaban de ella. Consultad todos los autores que hablan de las estatuas de sus dioses, y veréis que ninguno de ellos habla de idolatría, hablan en sentido contrario. Ovidio dice: «En la imagen de Jove, sólo a Jove se adora.» Stacio dice: «Los dioses no están encerrados en ningún arca; habitan en nuestros corazones.» Lucano: «El universo es la morada y el imperio de Dios.» Pudiéramos aglomerar muchas citas de autores romanos que declaran que las imágenes sólo se consideraban como imágenes.

Sólo en los casos en que las estatuas pronunciaban oráculos pudiéramos creer que encerraban algo divino; pero la opinión reinante entonces era que los dioses habían escogido ciertos altares, ciertos simulacros, para residir en ellos algunas veces, dar audiencias a los hombres y contestarles. Sólo se encuentran en Hornero y en los coros de las tragedias griegas preces dirigidas a Apolo, que pronuncia sus oráculos en las montañas, en tal tiempo o en tal ciudad, pero no hay en toda la antigüedad el menor indicio de un ruego dirigido a alguna estatua; era posible que creyeran que el espíritu divino prefiriera algunos templos y algunas imágenes, como se creyó que prefería a algunos hombres; pero éste era un error de hecho. También tenemos nosotros muchas imágenes milagrosas. Los antiguos se vanagloriaban de tener lo que nosotros poseemos, y si nosotros no somos idólatras, ¿qué derecho tenemos para decir que ellos lo fueran?

Los que profesaban la magia, creyendo que era una ciencia o fingiendo que lo creían, se vanagloriaban de poseer el secreto para hacer descender a los dioses del cielo y meterse dentro de las estatuas, pero no a los dioses mayores, sino a los dioses secundarios y a los genios. Esto es lo que Mercurio Trismegista llama «hacer dioses», y esto es lo que San Agustín refuta en el libro titulado La ciudad de Dios. Pero esto mismo nos demuestra que los simulacros no tenían nada de divino, porque necesitaban que un mago les diera vida, y me parece que sucedería raras veces que el mago fuera bastante hábil para dar alma a una estatua y para hacerla hablar.

En una palabra, las imágenes de los dioses no eran dioses. Júpiter, y no su imagen, lanzaba el rayo; la estatua de Neptuno no alborotaba los mares, ni la de Apolo concedía la luz. Los griegos y los romanos eran gentiles y politeístas, pero no eran idólatras. Los injuriamos de ese modo cuando nosotros no teníamos estatuas ni templos, y hemos continuado injuriándolos cuando nos hemos servido de la pintura y de la escultura para honrar nuestras verdades, como ellos se sirvieron de esas dos bellas artes para honrar sus errores.

__________

(1) Paflagonia: región del Asia Menor.

(2) Halle: ciudad de los Países Bajos austríacos, situada en el Hainaut y en la frontera de Brabante. Tomó su nombre de la iglesia de Nuestra Señora de Halle, patrona de la ciudad.-N. del T.

(3) Sátira VIII del libro I.

 

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