ÍDOLO, IDÓLATRA, IDOLATRÍA (1)
(2) (3)
Estas palabras traen su etimología del griego, y significan representación de una figura, servir, reverenciar,
adorar. La palabra «adorar», como ya sabemos, tiene acepciones diferentes; significa llevar la mano
a la boca para hablar con
respeto, hacer reverencias, ponerse de rodillas, rendir un culto supremo, y éste es su significado más general.
Es útil fijarse en que el Diccionario de Trevoux empieza
el artículo que lleva este título diciendo que todos los paganos eran idólatras y que los indios lo son todavía. A esto debemos
objetar que a nadie se llamó pagano antes de la época de Teodosio el Joven, y entonces se llamó así
a los
habitantes de los «pagos» o aldeas de Italia que conservaron su antigua religión. Debemos objetar también que el Indostán es
mahometano, y los mahometanos son enemigos implacables de las imágenes y de la
idolatría. Tampoco se debe llamar idólatras a muchos
pueblos de la India que pertenecen a la antigua religión de los parsis, ni a algunas castas
que no reverencian ningún ídolo.
I
¿Hubo alguna vez algún gobierno idólatra?
Ningún pueblo del mundo aceptó la clasificación de idólatra,
porque esa palabra es injuriosa, como la palabra «gabacho» que los españoles
aplicaron antiguamente a los franceses y la de «marranos» que los franceses
aplicaron a los españoles. Si hubieran preguntado al Senado de Roma, al Areópago
de Atenas, a la corte de los reyes de Persia, «¿Sois idólatras?», no hubieran entendido la pregunta, y no hubieran
contestado: «Adoramos imágenes, adoramos ídolos.» Las palabras «idólatra» e «idolatría» no se encuentran en Homero,
ni en Hesíodo,
ni en Herodoto, ni en ningún autor de la religión pagana. No se promulgó nunca ningún edicto, ninguna ley que mandara que se adorase
a
los ídolos, que les sirvieran y les considerasen como a dioses.
Cuando los capitanes romanos y cartagineses celebraban tratados, ponían por testigos
a sus dioses, y decían que en presencia de ellos
juraban la paz, y las estatuas de los dioses, cuya enumeración sería muy larga,
no estaban en las tiendas de los generales. Estos fingían que presenciaban los dioses los actos de los hombres como testigos y como
jueces, y ciertamente no es el simulacro lo que
constituía la divinidad.
¿Cómo consideraban, pues, en los templos las estatuas de sus falsos dioses? Las consideraban, si se nos permite
expresarnos de esta
manera, como los católicos consideran las imágenes que veneran. El error de los antiguos no consistió en adorar un pedazo de madera
o
de mármol, sino en adorar la falsa divinidad que representaba ese pedazo de mármol
o de madera. La diferencia entre ellos y los
católicos no consiste en que ellos tuvieran imágenes y los católicos no las tuvieran en cierta época; la diferencia consiste en que
sus imágenes representan seres fantásticos de una religión falsa y las imágenes cristianas simbolizan seres reales de la religión
verdadera. Los griegos erigieron una estatua a Hércules y nosotros la hemos erigido
a San Cristóbal; ellos tuvieron a Esculapio y su cabra, y nosotros a San Roque y su perro; ellos reconocieron
a Marte con su lanza, y nosotros a San Antonio de Padua y a Santiago
de Compostela.
Cuando el cónsul Plinio dirige sus ruegos a los «dioses inmortales» en el exordio del panegírico de Trajano, no
los dirige a las imágenes, porque las imágenes no eran inmortales. Ni en los últimos tiempos del paganismo ni en los
primeros se
encuentra un solo hecho del que podamos deducir que adoraron ídolos. Homero sólo habla de los dioses que habitan en la cumbre del
Olimpo. El palladium, que descendió del cielo, sólo fue una garantía sagrada de la protección que les dispensaba Palas, y en el
palladium veneraban a dicha diosa, como nosotros la santa ampolla.
Los romanos y los griegos se arrodillaban delante de sus estatuas, les ceñían coronas, las perfumaban con incienso
y con flores y
las paseaban triunfalmente por las plazas públicas; los católicos santificaron esas costumbres, y no por eso
se les llama idólatras. Las mujeres, en época de sequía, llevaban las estatuas de los dioses en ayunas, y caminaban descalzas,
con la cabellera destrenzada, aunque estuviera lloviendo. ¿Esa costumbre no se calificó de ilegítima entre los gentiles y de legítima
entre los católicos? ¿No hemos visto en algunas ciudades llevar procesionalmente cuerpos muertos y corrompidos, para obtener por la
intercesión de éstos las bendiciones del cielo? Si un turco o un hombre de letras chino presenciaran semejantes ceremonias, podrían
por ignorancia acusar a los italianos de tener fe en los simulacros que pasean en las procesiones.
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