HOMBRE (1)
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IV
¿El hombre nació malo?
Paréceme que está bastante bien probado que el hombre no nació perverso, porque si
ésa
fuera su naturaleza, cometería maldades y actos bárbaros en cuanto
aprendiera a andar, y tomaría el primer cuchillo que encontrara a mano para herir al primero que le
desagradara; sería como los lobeznos y como los hijuelos de las zorras, que muerden en cuando pueden morder. El hombre, por el
contrario, cuando es niño, tiene en todo el mundo la pasibilidad del cordero. ¿Por qué y cómo, pues, se convierte con frecuencia
en lobo y en zorra? ¿No consistirá esto en que no naciendo bueno ni malo, la educación, el ejemplo, las circunstancias y la
ocasión le inducen a la virtud o al vicio?
Quizás la Naturaleza humana no pueda ser de otra manera. Quizás el hombre
no pueda tener siempre pensamientos falsos y
pensamientos verdaderos, afecciones siempre tiernas ni siempre crueles. Parece que se haya demostrado que la mujer vale más
que el hombre: encontraréis cien hermanos que sean enemigos por cada Clitemnestra.
Algunas profesiones convierten en implacable al hombre que las ejerce; por ejemplo, la profesión de soldado,
de matarife, de
arquero, de carcelero y todos los oficios que estriban en la desgracia ajena. El arquero, el satélite, el carcelero, sólo son felices
haciendo desgraciados a los demás. Son necesarios para perseguir a los malhechores, y bajo ese punto de vista
son Útiles a la sociedad. Es curioso oírles hablar de sus proezas contra el número de sus víctimas y
las astucias que emplean
para apoderarse de ellas, los perjuicios físicos y morales que les hacen sufrir y el dinero que les arrancan.
Todo aquél que se entera de los pormenores subalternos del foro, todo el que oye hablar
a los procuradores familiarmente unos
con otros y regocijarse de las miserias de sus clientes, puede formar muy mala opinión de la naturaleza humana.
Existen profesiones más repugnantes, y que sin embargo son tan solicitadas como un canonicato. Existen
profesiones que convierten en bribón al hombre honrado; que le acostumbran
a mentir contra su voluntad; a engañar, sin apercibirse apenas de que engaña;
a ponerse una venda en los ojos, a abusar por el
interés y la vanidad de su estado y a sumergir sin remordimiento la especie humana en una ceguedad estúpida.
Las mujeres, ocupadas continuamente en educar a sus hijos y concretadas
a los cuidados domésticos, están excluidas de esas profesiones que pervierten la naturaleza humana y la hacen perversa;
en todas partes son menos bárbaras que los
hombres. Su parte física se agrega a su parte moral para alejarlas de los grandes crímenes; su sangre es más dulce; por regla general
le repugnan los licores fuertes, que inspiran la ferocidad. Prueba evidente de lo que estoy diciendo, es que entre mil víctimas de la
justicia, entre mil asesinos ejecutados, se encuentran apenas cuatro mujeres, como lo probaremos en el artículo titulado Mujer.
Creen algunos autores que nuestros usos y nuestras costumbres han hecho perversa
a la especie masculina; si eso fuera regla general
y sin excepción, esa especie sería más horrible que la de las arañas, la de los lobos y la de las garduñas; pero por fortuna son
raras las profesiones que endurecen el corazón y le llenan de pasiones odiosas. Fijaos en que en una nación de veinte millones de
almas hay todo lo más doscientos mil soldados: un soldado por cada cien individuos; los doscientos mil soldados los contiene el
freno de la disciplina más severa, y entre ellos hay gentes muy honradas que regresan
a sus pueblos y que terminan la vida
siendo buenos padres y buenos maridos. Los demás oficios peligrosos para las costumbres son muy escasos en número. Los labradores,
los artesanos y los artistas están demasiado ocupados para entregarse al crimen con frecuencia. En el mundo existirán siempre
perversos detestables: los libros exageran siempre su número, que aunque es excesivo, es en cantidad menos de lo que se dice.
V
Del hombre en el estado de pura Naturaleza
¿Qué sería el hombre si viviera en el estado que se llama
de pura Naturaleza? Un animal muy inferior a los primeros iroqueses que encontramos en el Norte de América; inferior, porque
éstos sabían encender el fuego y construir flechas, y ha sido preciso que pasaran algunos siglos para hacer esas dos cosas.
El hombre abandonado a la Naturaleza no tendría más
idioma que algunos sonidos mal articulados; su especie quedaría reducida
a un insignificante número por la dificultad que
encontraría para alimentarse y por la carencia de ayuda, al menos en nuestros tristes climas. Ignoraría el conocimiento de Dios y
el del alma, como ignoraría las matemáticas, y no tendría más idea que buscar cómo alimentarse: sería inferior
a la especie de
los castores.
En ese estado el hombre sólo sería un niño robusto, y
todavía se encuentran seres de la especie humana que casi no han pasado
de ese estado primitivo. Los lapones, los samoyedos, los habitantes del Kamtchatka, los cafres, los
hotentotes, son respecto al
hombre en estado de pura Naturaleza lo que eran antiguamente las cortes de Ciro y de Semíramis comparadas con los habitantes de las
Cevennes, y sin embargo, los habitantes del Kamtchatka y los hotentotes de nuestros días, que son superiores al hombre
enteramente salvaje, son animales que viven seis meses del año en cavernas, en
las que comen a todo pasto gusanos, que más tarde se los comerán a su vez. Hablando en tesis general, la especie humana sólo tiene
dos o tres grados más de civilización que los salvajes del Kamtchatka. La multitud de brutos que se llaman hombres, comparada con el
escaso número de los que piensan, está en la proporción de ciento por uno en muchas naciones. Es cosa curiosa contemplar por una
parte al padre Malebranche entretenido en conversar familiarmente con el Verbo, y por otra, millones de animales semejantes
a él
que nunca han oído hablar del Verbo
y que no conocen ni una idea metafísica. Entre los hombres de puro instinto y los hombres de genio flota un número
inmenso que se ocupa únicamente de subsistir.
La subsistencia cuesta trabajos tan prodigiosos, que con frecuencia es necesario que en el Norte de
América el hombre, que es imagen de Dios, ande cinco o seis leguas para poder comer, y en nuestro clima es preciso que la
imagen de Dios riegue la tierra con sus sudores todo el año para conseguir tener pan. Añadid al pan
o a su equivalente una cabaña y
un mal vestido, y tendréis lo que es el hombre en general desde un extremo a otro del universo, y para ser así han tenido que
transcurrir multitud de siglos.
Pasando algunos siglos más, la civilización llegó al estado en que la encontramos. Aquí se representa
una tragedia con música,
allí se traba un combate naval en el que se disparan cañones de bronce. La ópera y los buques de guerra asombran siempre mi
imaginación, y dudo que pueda irse más allá en ninguno de los globos que están sembrados en el infinito. Esto no obstante, más
de la mitad del mundo habitable está poblado todavía de animales bípedos que viven en un estado muy próximo al de pura Naturaleza,
que no saben mas que comer y vestirse, que apenas gozan del don de la palabra, que no conocen que son desgraciados, que viven y
mueren sin saberlo.
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