HOMBRE (1)
(2) (3)
I
La raza humana vive por término medio veintidós años, incluyendo
a los que mueren en el pecho de las nodrizas y
a los que arrastran hasta cien años los restos de una vida imbécil y miserable.
Es un hermoso apólogo el de la antigua fábula del primer hombre, que estuvo destinado al principio
a vivir veinte años todo lo más,
que en realidad quedaban reducidos a cinco, evaluando una vida con otra. El hombre estaba desesperado; tenía
a su lado una oruga,
una mariposa, un pavo real, un caballo, una zorra y un mono. Dirigiéndose a
Júpiter le dijo: «Prolonga mi vida; valgo más que todos esos animales, y
es justo que mis hijos y yo vivamos muchos años, para mandar a todas las
bestias.» «Con mucho gusto —le contestó
Júpiter—; pero sólo tengo un número determinado de días para repartir entre todos los seres
a los que concedí la vida. Sólo puedo
darte más años quitándoselos a los otros; no creas que porque soy Júpiter soy infinito y todopoderoso, que para todo tengo medida.
Puedo concederte algunos años más quitándoselos a esos seis animales que envidias, con la condición de que tendrás sucesivamente
sus maneras de ser. El hombre será oruga, y como ella se arrastrará en su primera infancia; tendrá hasta los quince años la
ligereza de la mariposa, y en su juventud la vanidad del pavo real. En la edad viril sufrirá tantos trabajos como el caballo;
a los
cincuenta años tendrá las astucias de la zorra, y en su vejez será feo y ridículo
como un mono. Éste es por regla general el destino
del hombre.»
Hay que notar que a pesar de las bondades de Júpiter, después de haber compensado
a dicho animal, concediéndole veintidós o
veintitrés años de vida, hablando generalmente hay que quitarle todavía la tercera parte de esa cantidad
por el tiempo que pasa durmiendo, en cuyo tiempo está como muerto, y sólo le quedan quince
años. De esos quince hay que cercenar lo menos ocho, que son
los que dura la infancia, que es como el vestíbulo de la vida. Le quedan, pues, siete años; de esos siete años, la mitad se
consumen en dolores de todas clases; si calculamos tres años y medio que emplea en trabajar y en fastidiarse, ¿qué tiempo
le queda para vivir?
Por desgracia, en la referida fábula Dios se olvidó de vestir al hombre, como vistió al mono,
a la zorra, al caballo, al pavo real
y a la oruga. La especie humana apareció con la piel rasa, y exponiéndola continuamente al sol,
a la lluvia y al hielo, llegó a verla
agrietada, curtida y manchada. El macho, en nuestro continente, se vio desfigurado por los pelos que le cubrían todo el cuerpo, y
que, sin cubrirle, le hicieron repugnante; su cara quedó escondida entre sus cabellos,
su barba se convirtió en un terreno escabroso en el que brotó un bosque de menudos tallos, cuyas raíces se dirigían
hacia arriba y cuyas ramas se dirigían hacia abajo. En ese estado y con semejante facha, ese animal se atrevió
a pintar a Dios en
cuanto aprendió a pintar.
La hembra, siendo más débil, llegó a ser más repugnante y más asquerosa en su vejez; que no hay ser que
lo sea tanto como una decrépita. En una palabra: sin sastres y sin costureras,
los seres humanos no se hubieran atrevido nunca a presentarse unos delante de otros; pero antes de que conocieran los vestidos,
antes de que supieran hablar, debieron transcurrir muchos siglos. Esto está probado; pero debe repetirse hasta la saciedad.
Es incomprensible que hayan hostigado y perseguido a
un filósofo contemporáneo, al buen Helvecio, por haber dicho que si los hombres careciesen de manos no hubieran podido tejer
tapices ni edificar casas. No parece sino que los que se
hayan rebelado contra esa proposición posean el secreto de cortar piedra y de trabajar con los pies. El autor del excelente libro
titulado Del espíritu, Helvecio, valía más que todos sus enemigos juntos; pero no he aprobado nunca ni los errores que
contiene su libro ni las verdades triviales que proclama con énfasis. Me pongo de su parte públicamente, porque veo que hombres
absurdos le condenan por proclamar esas mismas verdades.
El Ser Supremo ha concedido al hombre el don de la razón, manos industriosas, cerebro capaz de
generalizar las ideas, lengua expedita para expresarlas, y estos beneficios no los ha
concedido a los demás animales.
El macho, por regla general, vive menos tiempo que la hembra, y es siempre más grande proporcionalmente.
El hombre de mayor estatura
tiene ordinariamente dos o tres pulgadas de altura más que la mujer más alta; su fuerza casi siempre es superior, es más
ágil, y
como sus órganos
son más fuertes, es más capaz de prestar atención constante. Inventó él las artes, y no la mujer, y debemos considerar que no es
el fuego de la imaginación, sino la meditación perseverante y la combinación de las ideas el origen de la invención de las artes,
como la pólvora, la imprenta, la relojería, etc., etc.
La especie humana es la única que sabe que ha de morir,
y sólo se lo enseña la experiencia. El niño que se educara solo y lo transportaran
a una isla desierta, no lo sabría, como no lo
saben las plantas ni los animales.
Maupercio, que era un hombre singular, dijo que el cuerpo humano es un fruto que está verde hasta la vejez,
y que lo madura la
muerte. ¡Extraña madurez la de la podredumbre y la ceniza! La cabeza de ese filósofo sí que no estaba madura. El deseo de decir cosas
nuevas hace decir
cosas extravagantes.
Las principales ocupaciones de nuestra especie son la habitación, el alimento y el vestido; todo lo demás
es accesorio, pero lo
accesorio es lo que produjo infinidad de trastornos y de muertes.
II
Diferentes razas de hombres
Dijimos en otra parte que en el globo habitan diferentes razas de hombres, y manifestamos que el primer
negro y el primer blanco que
se encontraron debieron asombrarse al verse el uno al otro. Es también bastante verosímil que se hayan extinguido algunas especies
de hombres y de animales por ser demasiado débiles. Por eso sin duda hoy ya no se encuentran múrices, cuya especie la habrán
devorado probablemente otros animales que aparecerían siglos después en las riberas donde se criaban esos pequeños mariscos.
San Jerónimo, en la Historia de los Padres del desierto, refiere que un centauro tuvo una
conversación con San Antonio el Ermitaño,
y luego cuenta una entrevista mucho más larga que el mismo San Antonio tuvo con un sátiro. San Agustín, en su sermón treinta y tres,
dice cosas tan extraordinarias como San Jerónimo. «Era ya obispo de Hipona cuando fui
a la Etiopía con algunos servidores de Cristo
para predicar allí el Evangelio. Vimos en aquel país muchos hombres y mujeres
sin cabeza, que tenían dos ojos grandes en el pecho, y encontramos en regiones más meridionales un pueblo cuyos
habitantes no tenían mas que un ojo en la frente», etc.
Aparentemente, San Agustín y San Jerónimo hablaron de ese modo por economía: aumentaron las obras de la
creación para manifestar
mejor las obras de Dios; se proponían asombrar a los hombres contándoles fábulas, con la idea de que estuvieran más sumisos al yugo
de la fe.
Podemos ser muy buenos cristianos sin creer en los centauros, en hombres sin cabeza y con un sólo ojo;
pero no podemos dudar de que la estructura interior de un negro es diferente
de la de un blanco, porque la red mucosa o grasosa es blanca en uno y negra en
los otros.
Los albinos y los darienses, aquéllos originarios de
África y éstos del centro de la América, son tan diferentes de nosotros como los negros. Existen razas amarillas, rojas y
grises. Dijimos ya en otra parte que los americanos son imberbes y no
tienen pelos en el cuerpo, mas que en las cejas y en la cabeza. Todos son igualmente hombres, como el abeto, la encina y el peral son
igualmente árboles; pero el peral no nace del abeto, ni el abeto nace de la encina.
¿En qué consiste que en medio del mar Pacífico, en la isla de Taití, los hombres son barbudos? Hacer esta
interrogación equivale a
preguntar por qué nosotros tenemos barba y los peruanos, los mejicanos y los canadienses no la tienen; es lo mismo que preguntar
por qué los monos nacen con cola y por qué la Naturaleza nos rehusó ese adorno.
Las inclinaciones y los caracteres de los hombres son tan diferentes como sus climas y como sus gobiernos.
No pudo formarse nunca un
regimiento de lapones ni de samoyedos, y los habitantes de la Siberia, que viven cerca de aquéllos, son intrépidos soldados. No
conseguiréis nunca que sean buenos granaderos un dariense ni un albino: esto no consiste en que tengan ojos de perdiz, ni cabellos
ni cejas de seda fina y blanca; consiste en que su cuerpo, y por consiguiente su valor, tiene extraordinaria debilidad. Sólo un ciego,
pero ciego obstinado, puede negar la existencia de las diferentes especies.
|