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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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HOMBRE (1) (2) (3)

I

Homo cuadratus - Hombre - Diccionario Filosófico de VoltaireLa raza humana vive por término medio veintidós años, incluyendo a los que mueren en el pecho de las nodrizas y a los que arrastran hasta cien años los restos de una vida imbécil y miserable.

Es un hermoso apólogo el de la antigua fábula del primer hombre, que estuvo destinado al principio a vivir veinte años todo lo más, que en realidad quedaban reducidos a cinco, evaluando una vida con otra. El hombre estaba desesperado; tenía a su lado una oruga, una mariposa, un pavo real, un caballo, una zorra y un mono. Dirigiéndose a Júpiter le dijo: «Prolonga mi vida; valgo más que todos esos animales, y es justo que mis hijos y yo vivamos muchos años, para mandar a todas las bestias.» «Con mucho gusto —le contestó Júpiter—; pero sólo tengo un número determinado de días para repartir entre todos los seres a los que concedí la vida. Sólo puedo darte más años quitándoselos a los otros; no creas que porque soy Júpiter soy infinito y todopoderoso, que para todo tengo medida. Puedo concederte algunos años más quitándoselos a esos seis animales que envidias, con la condición de que tendrás sucesivamente sus maneras de ser. El hombre será oruga, y como ella se arrastrará en su primera infancia; tendrá hasta los quince años la ligereza de la mariposa, y en su juventud la vanidad del pavo real. En la edad viril sufrirá tantos trabajos como el caballo; a los cincuenta años tendrá las astucias de la zorra, y en su vejez será feo y ridículo como un mono. Éste es por regla general el destino del hombre.»

Hay que notar que a pesar de las bondades de Júpiter, después de haber compensado a dicho animal, concediéndole veintidós o veintitrés años de vida, hablando generalmente hay que quitarle todavía la tercera parte de esa cantidad por el tiempo que pasa durmiendo, en cuyo tiempo está como muerto, y sólo le quedan quince años. De esos quince hay que cercenar lo menos ocho, que son los que dura la infancia, que es como el vestíbulo de la vida. Le quedan, pues, siete años; de esos siete años, la mitad se consumen en dolores de todas clases; si calculamos tres años y medio que emplea en trabajar y en fastidiarse, ¿qué tiempo le queda para vivir?

Por desgracia, en la referida fábula Dios se olvidó de vestir al hombre, como vistió al mono, a la zorra, al caballo, al pavo real y a la oruga. La especie humana apareció con la piel rasa, y exponiéndola continuamente al sol, a la lluvia y al hielo, llegó a verla agrietada, curtida y manchada. El macho, en nuestro continente, se vio desfigurado por los pelos que le cubrían todo el cuerpo, y que, sin cubrirle, le hicieron repugnante; su cara quedó escondida entre sus cabellos, su barba se convirtió en un terreno escabroso en el que brotó un bosque de menudos tallos, cuyas raíces se dirigían hacia arriba y cuyas ramas se dirigían hacia abajo. En ese estado y con semejante facha, ese animal se atrevió a pintar a Dios en cuanto aprendió a pintar.

La hembra, siendo más débil, llegó a ser más repugnante y más asquerosa en su vejez; que no hay ser que lo sea tanto como una decrépita. En una palabra: sin sastres y sin costureras, los seres humanos no se hubieran atrevido nunca a presentarse unos delante de otros; pero antes de que conocieran los vestidos, antes de que supieran hablar, debieron transcurrir muchos siglos. Esto está probado; pero debe repetirse hasta la saciedad.

Es incomprensible que hayan hostigado y perseguido a un filósofo contemporáneo, al buen Helvecio, por haber dicho que si los hombres careciesen de manos no hubieran podido tejer tapices ni edificar casas. No parece sino que los que se hayan rebelado contra esa proposición posean el secreto de cortar piedra y de trabajar con los pies. El autor del excelente libro titulado Del espíritu, Helvecio, valía más que todos sus enemigos juntos; pero no he aprobado nunca ni los errores que contiene su libro ni las verdades triviales que proclama con énfasis. Me pongo de su parte públicamente, porque veo que hombres absurdos le condenan por proclamar esas mismas verdades.

El Ser Supremo ha concedido al hombre el don de la razón, manos industriosas, cerebro capaz de generalizar las ideas, lengua expedita para expresarlas, y estos beneficios no los ha concedido a los demás animales.

El macho, por regla general, vive menos tiempo que la hembra, y es siempre más grande proporcionalmente. El hombre de mayor estatura tiene ordinariamente dos o tres pulgadas de altura más que la mujer más alta; su fuerza casi siempre es superior, es más ágil, y como sus órganos son más fuertes, es más capaz de prestar atención constante. Inventó él las artes, y no la mujer, y debemos considerar que no es el fuego de la imaginación, sino la meditación perseverante y la combinación de las ideas el origen de la invención de las artes, como la pólvora, la imprenta, la relojería, etc., etc.

La especie humana es la única que sabe que ha de morir, y sólo se lo enseña la experiencia. El niño que se educara solo y lo transportaran a una isla desierta, no lo sabría, como no lo saben las plantas ni los animales.

Maupercio, que era un hombre singular, dijo que el cuerpo humano es un fruto que está verde hasta la vejez, y que lo madura la muerte. ¡Extraña madurez la de la podredumbre y la ceniza! La cabeza de ese filósofo sí que no estaba madura. El deseo de decir cosas nuevas hace decir cosas extravagantes.

Las principales ocupaciones de nuestra especie son la habitación, el alimento y el vestido; todo lo demás es accesorio, pero lo accesorio es lo que produjo infinidad de trastornos y de muertes.

II

Diferentes razas de hombres

Dijimos en otra parte que en el globo habitan diferentes razas de hombres, y manifestamos que el primer negro y el primer blanco que se encontraron debieron asombrarse al verse el uno al otro. Es también bastante verosímil que se hayan extinguido algunas especies de hombres y de animales por ser demasiado débiles. Por eso sin duda hoy ya no se encuentran múrices, cuya especie la habrán devorado probablemente otros animales que aparecerían siglos después en las riberas donde se criaban esos pequeños mariscos.

San Jerónimo, en la Historia de los Padres del desierto, refiere que un centauro tuvo una conversación con San Antonio el Ermitaño, y luego cuenta una entrevista mucho más larga que el mismo San Antonio tuvo con un sátiro. San Agustín, en su sermón treinta y tres, dice cosas tan extraordinarias como San Jerónimo. «Era ya obispo de Hipona cuando fui a la Etiopía con algunos servidores de Cristo para predicar allí el Evangelio. Vimos en aquel país muchos hombres y mujeres sin cabeza, que tenían dos ojos grandes en el pecho, y encontramos en regiones más meridionales un pueblo cuyos habitantes no tenían mas que un ojo en la frente», etc.

Aparentemente, San Agustín y San Jerónimo hablaron de ese modo por economía: aumentaron las obras de la creación para manifestar mejor las obras de Dios; se proponían asombrar a los hombres contándoles fábulas, con la idea de que estuvieran más sumisos al yugo de la fe.

Podemos ser muy buenos cristianos sin creer en los centauros, en hombres sin cabeza y con un sólo ojo; pero no podemos dudar de que la estructura interior de un negro es diferente de la de un blanco, porque la red mucosa o grasosa es blanca en uno y negra en los otros.

Los albinos y los darienses, aquéllos originarios de África y éstos del centro de la América, son tan diferentes de nosotros como los negros. Existen razas amarillas, rojas y grises. Dijimos ya en otra parte que los americanos son imberbes y no tienen pelos en el cuerpo, mas que en las cejas y en la cabeza. Todos son igualmente hombres, como el abeto, la encina y el peral son igualmente árboles; pero el peral no nace del abeto, ni el abeto nace de la encina.

¿En qué consiste que en medio del mar Pacífico, en la isla de Taití, los hombres son barbudos? Hacer esta interrogación equivale a preguntar por qué nosotros tenemos barba y los peruanos, los mejicanos y los canadienses no la tienen; es lo mismo que preguntar por qué los monos nacen con cola y por qué la Naturaleza nos rehusó ese adorno.

Las inclinaciones y los caracteres de los hombres son tan diferentes como sus climas y como sus gobiernos. No pudo formarse nunca un regimiento de lapones ni de samoyedos, y los habitantes de la Siberia, que viven cerca de aquéllos, son intrépidos soldados. No conseguiréis nunca que sean buenos granaderos un dariense ni un albino: esto no consiste en que tengan ojos de perdiz, ni cabellos ni cejas de seda fina y blanca; consiste en que su cuerpo, y por consiguiente su valor, tiene extraordinaria debilidad. Sólo un ciego, pero ciego obstinado, puede negar la existencia de las diferentes especies.

 

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