HISTORIA (1) (2)
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IV
Del método, del modo de escribir la Historia y del estilo
Se ha escrito tanto sobre esta materia, que queda muy
poco por decir. Sabemos que el método y el estilo de Tito Livio, su gravedad,
su discreta elocuencia, son a propósito
para la majestad de la República romana; que Tácito es muy apto para describir a los tiranos; Polibio para dar lecciones de guerra;
Dionisio de Halicarnaso para descubrir las antigüedades. Pero aunque se tome por modelos
a esos grandes maestros, tenemos hoy que
sostener carga más pesada que sostuvieron ellos. Se exige a los historiadores modernos mayores detalles, hechos comprobados, fechas
exactas, mayor estudio de los usos, de las costumbres y de las leyes, del comercio, de la hacienda, de la agricultura y de la
población; sucede con la Historia como con las matemáticas y con la física: su carrera se ha acrecentado prodigiosamente.
Daniel se creyó ser historiador porque transcribió
fechas y relaciones de batallas que nada significan, en vez de enseñarnos
los derechos de la nación y de sus principales corporaciones, las leyes, los usos y las costumbres, haciéndonos ver cómo han
cambiado. La nación francesa tiene derecho a decirle: «Os pido que escribáis mi historia en vez de la de Luis el Gordo y la de
Luis el Terco. Sacáis de una antiquísima crónica que viéndose atacado Luis VIII de una enfermedad mortal, quedó de tal modo extenuado,
que los médicos le ordenaron que se acostara con una joven hermosa para que de ese modo pudiera recobrar el vigor y la salud perdidos,
y que el santo rey rechazó indignado semejante villanía. Sin duda no sabíais el proverbio italiano
Donna ignuda manda l' uomo sotto
la terra. Debíais saber más historia política y más historia natural, porque podemos exigir que la historia de un país extranjero no
se haga en el mismo molde que la historia de vuestra patria. Si escribís la historia de Francia, no estáis obligado
a describir el
curso del Sena ni el del Loira; pero si escribís para el público las conquistas de los portugueses en Asia, se os debe exigir la
topografía de los países descubiertos. Debéis guiar a vuestros lectores, conduciéndolos de la mano por toda el
África y por las
costas de la Persia y de la India, y se os puede exigir que nos enteréis de los usos, de las costumbres y de las leyes de esas
naciones que son nuevas para Europa.»
Tenemos varias historias referentes a la instalación de los portugueses en las Indias; pero ninguna de
ellas nos da a conocer los
diferentes gobiernos de aquel país, sus religiones, sus antigüedades, los brahmanes, los discípulos de San Juan, los guebros ni los
bonianos. Únicamente conservamos las cartas que escribieron Javier y sus sucesores, y se han publicado historias de la India
escritas en París, fundadas en los datos que proporcionaron los misioneros que no conocían el idioma de los brahmanes. Se nos ha
referido hasta la
saciedad en cien escritos que los indios adoraban al diablo. Los limosneros de una compañía de comerciantes se dirigen
a aquel país
con esta preocupación, y en cuanto ven figuras simbólicas en las costas de Coromandel, se apresuran
a escribir que son retratos del diablo, que han llegado a su
Imperio y que van a pelear contra él. Ni siquiera sospechan que nosotros somos los que adoramos al diablo Mammón,
que vamos a consagrarle nuestros votos a seis mil leguas de nuestra patria para ganar dinero.
En cuanto a los escritores que en París se ponen a sueldo de un librero de la calle de San Jacobo,
y éste les encarga que confeccionen la historia del Japón, del Canadá o de las islas Canarias, extractadas de las
memorias de algunos capuchinos,
no tengo nada que decirles. Basta con saber que el método conveniente que debe adoptarse para escribir la historia de cada país no
es a propósito para describir los descubrimientos del Nuevo Mundo, que no debe escribirse de una ciudad pequeña como de un
Imperio vasto, ni la historia privada de un príncipe como la de Francia o la de Inglaterra.
Estas reglas son bastante conocidas.
Pero el arte de escribir la Historia será siempre muy raro. Todo el mundo sabe que para poseerlo se necesita tener estilo grave,
castizo y variado. En la Historia, como en los bellas artes, se pueden
establecer muchísimos preceptos, pero siempre habrá pocos artistas eminentes.
V
Historia de los reyes judíos y de los Paralipómenos
Todos los pueblos escribieron su historia en cuanto supieron
escribirla, y eso sucedió a los judíos. Antes de conocer el
gobierno de los reyes, se regían por una teocracia, y se ha supuesto siempre que los gobernaba el mismo Dios. Cuando quisieron
sujetarse al dominio de los reyes, como los demás pueblos de las cercanías, el profeta Samuel, interesándose por que no tuvieran
gobierno monárquico, les hizo saber de parte de Dios que era al mismo Dios a quien ellos rechazaban;
de ese modo la teocracia concluyó para los judíos cuando empezó la monarquía.
Puede decirse, sin cometer una blasfemia, que la historia
de los reyes judíos se escribió como la de los demás pueblos, y que
Dios no se tornó el trabajo de dictar la historia
de un pueblo que ya no gobernara. Sólo aventuro esta opinión con extrema desconfianza, aunque parece que la confirmen los
Paralipómenos, que contradicen con frecuencia el Libro de los Reyes en la cronología y en los hechos, así
como los historiadores
profanos se contradicen algunas veces. Además, si Dios escribió siempre la historia de los judíos, debemos creer que la escribe
todavía, porque los judíos fueron siempre su pueblo predilecto. Deben convertirse
un día, y parece que entonces tendrán derecho a considerar la historia de su dispersión como sagrada, así como también
tienen derecho para decir que Dios escribió la historia de
sus reyes.
Podemos también hacer la siguiente reflexión: habiendo sido Dios su
único rey durante mucho tiempo, y además su historiador, los
judíos deben inspiramos el más profundo respeto. No debe haber ropavejero judío que no esté muy por encima de César y de Alejandro.
¿Cómo no hemos de prosternarnos ante un miserable ropavejero que nos prueba que escribió la misma Divinidad la historia de su
pueblo, cuando la historia griega y la historia romana nos la han transmitido escritores profanos?
Si el estilo del Libro de los Reyes y de los
Paralipómenos es divino, debe creerse que los hechos referidos en esas historias
sean también divinos. David asesina a Urías; Isboseth y Mifisboseth mueren asesinados; Absalón
asesina a Ammón; Joab asesina a Absalón; Salomón asesina a su hermano Adonías; Baasa
asesina a Nadab; Zambrí asesina a Ela; Amrí asesina a Zambrí; Acab
asesina a Nabath; Jehu asesina a Acab y a Joram; los habitantes de Jerusalén asesinan
a Amasías; Sellum asesina a Zacarías; Manahem asesina a Sellum: Faceo, hijo de Romelí,
asesina a Faceia, hijo de Manahem; Oseo, hijo de Ela, asesina a Faceo, hijo de Romelí; y paso en
silencio otros muchos asesinatos insignificantes. Preciso es confesar que si el Espíritu Santo escribió esa historia, no escogió
un asunto muy edificante.
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