HISTORIA (1)
(2) (3)
III
No sólo cada pueblo inventó su origen, sino que inventó el origen del mundo entero.
Si hemos de creer a Sanchoniathon, comenzó el mundo por un aire espeso que el viento enrareció; el deseo
y el amor nacieron entonces,
y la unión del deseo y del amor produjo los animales. Los astros aparecieron en seguida, pero únicamente para adornar el cielo y
para regocijar la vista de los animales que estaban en la tierra. El Knef de los egipcios, sus Osiris y su Isis no son menos ingeniosos
ni menos ridículos. Los griegos embellecieron todas esas ficciones; Ovidio las recogió, adornándolas con los encantos de la más hermosa
poesía.
Desde el precioso momento de la formación del hombre hasta los tiempos de las Olimpiadas, todo está
sumergido en perfecta oscuridad.
Herodoto se presenta en los juegos olímpicos y refiere cuentos a los griegos reunidos allí, como los refiere una vieja
a los niños.
Empieza por decir que los fenicios navegaron desde el mar Rojo hasta el Mediterráneo, lo que supone que doblaron el cabo de Buena
Esperanza y dieron la vuelta al África. Luego cuenta el rapto de Io, la fábula de Giges y de Candaulo, interesantes historias de
ladrones, y la de la hija del rey de Egipto Cheops, que exigiendo una piedra de talla
a cada uno de los amantes de su hija, tuvo
bastantes materiales para fabricar una de las más hermosas pirámides. Añadid a cuentos de esa especie los oráculos, los prodigios y
los servicios de los sacerdotes, y tendréis la historia antigua del género humano.
Los primitivos tiempos de la Iglesia romana parecen escritos por otros Herodotos; los que luego nos
vencieron y nos legislaron
entonces sólo sabían contar los años poniendo clavos en las paredes, que clavaba su gran pontífice. El gran Rómulo, rey de una
aldea, es hijo del dios Marte y de
una mujerzuela que iba con el cántaro a traer agua. Tiene
por padre a un dios, una ramera por madre y una loba por nodriza. Un escudo cae del cielo expresamente para Numa. Se encuentran
los hermosos libros de las sibilas. Un augur corta un guijarro con una navaja de afeitar por permisión de los dioses. Una
Vestal
saca un buque encallado, arrastrándole con su cinturón. Cástor y Pólux van a pelear con
los romanos, y la huella de los pies de sus
caballos queda
impresa en las piedras. Los galos ultramontanos saquean Roma, y nos
dicen que los gansos los expulsaron de allí; otros que se llevaron mucho
oro y mucha plata; pero es muy probable que
en aquellos tiempos hubiera en Italia menos dinero que gansos. Los franceses hemos imitado
a los primitivos historiadores romanos
en la afición que tenían a las fábulas: tenemos el oriflama que nos trajo un ángel y la santa ampolla que nos trajo un pichón.
Hay quien supone que la fábula del sacrificio de Ifigenia está tomada de la historia de Jefté, que
el diluvio de Deucalión es una
imitación del diluvio de Noé, que la aventura de Filemón y de Baucis está tomada de la de Lot y de su mujer. Los judíos confiesan
que no tenían trato alguno con los extranjeros; que los griegos no conocieron sus libros hasta que fueron traducidos por mandato de
un Ptolomeo; pero los judíos fueron mucho tiempo antes corredores y usureros entre los griegos de Alejandría. Nunca los griegos
fueron a Jerusalén a vender ropa vieja; y ningún pueblo imitó a los judíos; por el contrario, éstos tomaron mucho de
los babilónicos,
de los egipcios y de los griegos.
Todas las antigüedades judaicas son sagradas para nosotros,
a pesar del odio y del desprecio que nos inspira ese pueblo;
nuestra razón no las cree, pero la fe nos somete a ellas. Existen unos ochenta sistemas respecto
a la cronología del pueblo
judío y muchos modos de explicar los sucesos de su historia; no sabemos cuál es el verdadero, pero les reservamos nuestra fe para
cuando llegue a descubrirse.
Hay tantas cosas que creer de ese pueblo, que ha agotado nuestra creencia y no nos queda ya para
creer en los prodigios de la
historia de otras naciones. Inútilmente se cansa Rollin en repetir los oráculos de Apolo y las maravillas de Semíramis; inútilmente
se cansa en transmitir todo lo que se ha dicho sobre la justicia de los antiguos
escitas, que saquearon muchas veces el Asia y que
se comían hombres cuando se les presentaba la ocasión, porque no encontrará quien lo crea.
Lo que más me admira en los compiladores modernos es la sabiduría y la buena fe con que prueban que
todo lo que antiguamente sucedió
en los mayores Imperios del mundo, sólo sucedió para enseñar a los habitantes de la Palestina. Si los reyes de Babilonia en sus
conquistas caen al pasar sobre el pueblo hebreo, es únicamente para corregir de sus pecados
a ese pueblo. Si el rey Ciro se apodera
de Babilonia, no es mas que para dar a algunos judíos permiso para regresar a su patria. Si Alejandro vence
a Darío, lo vence para
que se establezcan ropavejeros judíos en Alejandría. Cuando
los romanos agregan la Siria a sus vastos dominios y engloban en ella el pequeño país de
la Judea, lo hacen también para
enseñar a los judíos; los árabes y los turcos sólo aparecen para corregir a ese pueblo mimado, que debemos confesar tuvo excelente
educación; ningún pueblo presenta tantos preceptores como él; véase, pues, cómo la historia es
útil.
Pero es más instructiva todavía la justicia exacta que hicieron siempre los clérigos
a todos los príncipes que no los tenían
contentos. Con imparcial candor, San Gregario Nacianceno juzga al emperador Juliano el Filósofo: declara que este príncipe, que
no creía en el diablo, tenía con el diablo secreto comercio, y que un día que se le aparecieron los demonios echando llamas y con
caras repugnantes, los hizo huir haciendo inadvertidamente los signos de la cruz. Le llama «furioso» y «miserable», y asegura
que inmolaba todas las noches dentro de unas cuevas varios mancebos y varias doncellas. De este modo habla un santo del más clemente
de los hombres, que jamás se vengó de las invectivas que durante su reinado profirió contra él ese mismo Gregorio.
El método hábil de justificar las calumnias que se lanzan contra el inocente consiste en hacer
la apología del culpable; de este
modo todo queda compensado, y éste es el método que adoptó San Gregorio. El emperador Constancio, tío y predecesor de Juliano, al
ascender al Imperio asesinó a Julio, hermano de su madre, y a sus dos hijos, los tres
declarados augustos; este método lo heredó
de su abuelo Constantino, y en seguida mandó asesinar a Galo, hermano de Juliano. Tan cruel como con su familia fue con el Imperio;
pero era devoto, y en la batalla decisiva que empeñó contra Magnense, estuvo rezando
a Dios en una iglesia todo el tiempo que duró
la pelea de los dos ejércitos enemigos. Pues de ese hombre hace el panegírico San Gregorio. Si los santos faltan de ese modo
a la
verdad, ¿qué debemos esperar de los profanos, si además de profanos son ignorantes, apasionados y supersticiosos?
|