HISTORIA (1)
(2)
(3)
I
Historia es la relación de los hechos que se consideran verdaderos, así como la fábula es la relación de los
hechos que se
tienen por falsos.
La historia de las opiniones no es mas que la recopilación de los errores humanos. La historia de las artes
puede ser la más
útil cuando reúne al conocimiento de la invención y del progreso de las artes la descripción de su mecanismo. La historia
natural, que impropiamente se llama historia, no es mas que una parte esencial de la física. La historia de los acontecimientos
se divide en sagrada y profana: la historia sagrada es la serie de operaciones divinas y milagrosas por medio de las que plugo
a Dios dirigir a los pueblos antiguos de la nación judía, y poner hoy a prueba nuestra
fe. Los primeros fundamentos de toda historia profana son
los relatos que los padres hacen a sus hijos, que se transmiten de una
generación a otra; en su origen no son mas que probables,
cuando no se oponen al sentido común, y pierden un grado de probabilidad a cada generación que pasa. Con
el transcurso del tiempo la fábula se abulta y la verdad se
pierde: por eso los orígenes de todos los pueblos son absurdos. Por eso los egipcios fueron gobernados por los dioses durante
muchos siglos; después por los semidioses, y luego tuvieron reyes durante once mil trescientos cuarenta años,
y el sol en ese espacio de tiempo cambió cuatro veces de Oriente a Occidente.
Los fenicios del tiempo de Alejandro sostenían que
estaban instalados en su país desde hacía treinta mil años, y esos ciento treinta mil años estaban tan llenos de prodigios como la
cronología egipcia. Confieso que físicamente es posible que la Fenicia exista,
no sólo treinta mil años, sino treinta millones
de siglos, y que haya experimentado, como el resto del globo, treinta millones de revoluciones; pero no sabemos nada de todo esto.
Sabido es el ridículo maravilloso que campea en la historia antigua de los griegos. Los romanos,
a pesar de su seriedad, también envolvieron en la fábula la historia de sus primeros
siglos. Esa nación, que es tan reciente si la comparamos con las naciones asiáticas, ha pasado quinientos años sin historia: por
eso no debe sorprendernos que Rómulo sea hijo de Marte, ni que tuviera por origen una loba, ni que con mil hombres que sacó de
Roma peleara contra veinticinco mil combatientes sabinos, ni que en seguida se convirtiera en dios, ni que Tarquino el antiguo
cortara una piedra con una navaja de afeitar, ni que una vestal con su
cinturón sacase del mar un bajel.
Los primitivos anales de las naciones modernas no son menos fabulosos. Los sucesos prodigiosos
e improbables deben referirse algunas veces, pero sólo como pruebas de la credulidad humana, porque pertenecen
a la historia de las opiniones y a la de las
tonterías, cuyo campo es demasiado
inmenso.
II
De los monumentos
Para conocer con alguna certidumbre algo de la historia antigua, no hay más medio que averiguar
si nos quedan de ella algunos monumentos incontestables. Tres de ellos
conservamos escritos.
El primero es la colección de las observaciones astronómicas que se hicieron en Babilonia durante mil
novecientos años seguidos, que Alejandro envió a Grecia. Esta recopilación, que se remonta
a dos mil doscientos treinta y cuatro años anteriores a la era
cristiana, prueba de un modo indudable que los babilónicos constituían un pueblo muchos siglos antes, porque las artes son obra del
tiempo, y la pereza, que es natural en los hombres, los dejó durante millones de años sin
saber mas que alimentarse, librarse de la intemperie y degollarse unos a otros. Que esto es verdad nos lo prueban los germanos y los
ingleses de los tiempos de César, los tártaros actuales, los dos tercios de África y los pueblos que encontramos en América,
exceptuando, respecto algunas cosas, los reinos del Perú y de Méjico y la República ,de Tlascala. Recordemos que en el Nuevo Mundo
nadie sabía leer ni escribir.
El segundo monumento que conservamos es el eclipse central del sol que calcularon en la China dos
mil ciento cincuenta y cinco años
antes de la era vulgar, y que reconocieron que era exacto nuestros astrónomos. De los chinos debemos decir lo mismo que de los
pueblos de Babilonia: indudablemente componían ya entonces vasto y civilizado Imperio. Lo que da la supremacía
a los chinos sobre
los demás pueblos del mundo es que ni sus leyes, ni sus costumbres, ni el idioma que hablan entre ellos los hombres de letras han
cambiado desde hace cuatro mil años. Sin embargo, esta nación y la India, que son las más antiguas de las naciones que subsisten
hoy, las que poseen territorios más hermosos y más vastos, las que inventaron casi todas las artes antes que nosotros conociéramos
algunas, se han omitido hasta el siglo XVIII en las historias universales.
El tercer monumento que conservamos, que es muy inferior
a los otros dos, subsiste en los mármoles de Arundel: en ellos está grabada
la crónica de Atenas doscientos sesenta y tres años antes de la era cristiana; pero sólo se remonta hasta Cecrops, mil trescientos
diez y nueve años más allá del tiempo que se grabó. He aquí las únicas épocas incontestables que podemos conocer en toda la antigüedad.
Fijémonos seriamente en dichos mármoles, que trajo de Grecia lord Arundel. Su crónica empieza mil
quinientos ochenta y dos años
antes de la era vulgar, que es hoy, en 1771, una antigüedad de 3.353 años, y no se encuentra en esa crónica ni un solo hecho contrario
a la Naturaleza ni milagroso. Lo mismo sucede con las Olimpíadas, a las que no se puede aplicar el
Græciœ mendax, la mentirosa
Grecia, porque los griegos distinguían muy bien la historia de la fábula y los hechos reales de los cuentos de Herodoto; por eso en
los asuntos serios sus oradores no empleaban en sus discursos los argumentos de los sofistas ni las imágenes de los poetas.
La fecha de la toma de Troya está especificada en dichos
mármoles, pero en ellos nada se dice de las flechas de Apolo, ni del
sacrificio de Ifigenia, ni de los combates ridículos de los dioses. La fecha de las invenciones de Triptolemo y de Ceres no se
encuentra en ellos, ni llaman diosa a Ceres. Hacen mención de un poema referente al robo de Proserpina, pero no dicen que sea
hija de Júpiter y de una diosa, ni
que ella sea diosa de los infiernos. Refieren que Hércules fue iniciado en los misterios de Eleusis, pero no hablan de
sus doce trabajos, ni de su viaje a África dentro de una taza, ni de su divinidad, ni del pez que le tragó y que le
retuvo en el vientre
tres días y tres noches, según dice Licofrón.
Criticamos estas fábulas de la mitología, y no tenemos en cuenta que en nuestra religión encontramos
cosas no menos estupendas, como
por ejemplo, el estandarte que bajó del cielo llevado por un ángel, que lo presentó
a los frailes de San Dionisio; el pichón que
llevó una botella de aceite a una iglesia de Reims; los dos ejércitos de serpientes que
tuvieron una batalla campal en Alemania; el arzobispo de Maguncia que fue sitiado y comido por los ratones, etc., etc. El abate
Lenglet compila esas y otras impertinencias, que repiten muchos libros, y de ese modo se ha instruido
a la juventud, y todas esas
simplezas han formado parte en la educación de los príncipes.
La verdadera historia es reciente, y no debe sorprendernos no tener historia antigua profana más allá de
unos cuatro mil años. Las
revoluciones del globo, la larga y universal ignorancia del arte que transmite los hechos por medio de la escritura, son la causa de
que esto suceda, y todavía este arte sólo fue conocido en un reducido número
de naciones civilizadas, y en éstas de pocas personas. Eran muy pocos los franceses y los germanos que sabían escribir, y hasta el
siglo XIV de nuestra era vulgar casi todos los actos se celebraban ante
testigos. En Francia, hasta 1454, reinando Carlos VII, empezaron a conservar por escrito algunas costumbres de la nación.
El arte de escribir era aún más raro
entre los españoles, y en esto consiste que su historia sea muy incierta hasta los tiempos de los Reyes Católicos. Puede
comprenderse que era fácil que se impusiera el reducido número de hombres que sabían escribir,
haciendo creer los mayores absurdos.
Naciones hubo que subyugaron gran parte del mundo,
sin conocer la escritura. Gengis-Khan conquistó gran parte de Asia a
principios del siglo XIII, pero esto no lo hemos sabido por él ni por los tártaros; los chinos escribieron su historia, que tradujo
el padre Guabil, en la que se dice que los
tártaros no sabían escribir. Mucho menos debió saber el escita Oguskan, a quien llamaron Madías los persas y los griegos, que
conquistó parte de Europa y de Asia muchísimos años antes del reinado de Ciro.
Conservamos monumentos de otra clase, que sólo sirven para atestiguar la remota antigüedad de ciertos
pueblos, y que son
anteriores a las épocas conocidas y a los libros; estos monumentos son prodigios de la arquitectura, como las pirámides y como
los palacios de Egipto, que resisten el transcurso de los siglos. Herodoto, que vivía hace dos mil doscientos
años, y que vio esos monumentos, no pudo conseguir que los
sacerdotes egipcios le dijeran en qué época se habían construido, porque lo ignoraban.
Calcúlase que la más antigua de las pirámides cuenta cuatro mil años de existencia; pero además hay que
hacerse cargo de que esos
esfuerzos que hizo la ostentación de los reyes no pudieron empezar a realizarse hasta mucho después de la fundación de las ciudades,
y para construir ciudades en un país que se inunda todos los años, repetiremos sin cesar que son precisos antes costosísimos
trabajos para hacer los terrenos inaccesibles a las inundaciones, y antes de realizar una empresa tan necesaria fue indispensable
que los pueblos se proporcionaran asilos retirados y seguros durante la crecida del Nilo, entre los enormes peñascos que forman
dos cadenas a derecha e izquierda del río. Fue indispensable, además, que esos pueblos reunidos poseyeran instrumentos
a propósito
para el trabajo, conocieran la arquitectura, tuvieran leyes y estuvieran dotados de cierta civilización. Todo eso exige prodigiosa
cantidad de años. Por lo costosas y largas que son las empresas más necesarias que hoy acometemos y por lo difícil que es hoy hacer
grandes cosas, podemos comprender que los antiguos no sólo debieron estar dotados de infatigable constancia, sino que debieron ver
transcurrir muchas generaciones igualmente tercas
para edificar semejantes monumentos.
Sin embargo, sean Menes, Tant, Cheops o Ramsés los que consiguieron elevar una
o dos de esas prodigiosas masas, no por eso conoceremos
mejor la historia del Egipto antiguo, porque su lengua se ha perdido. Sólo podemos saber que
antes de los más antiguos
historiadores había materiales en Egipto para escribir una historia más remota.
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