HEREJÍA (1)
(2)
I
Es una palabra griega que significa «creencia», «opinión escogida». Hace poco honor
a la razón humana
que los
hombres se hayan odiado unos a otros, se hayan perseguido y se hayan asesinado por profesar opiniones distintas; pero honra mucho
menos a la razón que esa manía sea peculiar en ella, como la lepra lo fue de los hebreos y la viruela de
los caraibos.
Sabemos, teológicamente hablando, que la herejía se convierte en crimen, y la palabra que lo designa, en
injuria; sabemos,
repito, que como sólo la Iglesia latina tiene razón, la asiste derecho para reprobar
a los que aceptan opinión distinta de la
suya. Por otra parte, la Iglesia griega también tuvo el mismo derecho, y por eso reprobó
a los romanos cuando admitieron una
creencia distinta a la de los griegos
respecto a la procesión del Espíritu Santo, respecto al comer carne en Cuaresma, respecto
a la autoridad del Papa, etcétera, etc.
¿Pero en qué se fundaron para llegar hasta el extremo
de quemar vivos a los hombres los que fueron más fuertes, cuando los más débiles tuvieron opiniones contrarias
a las de aquéllos?
Sin duda los quemados fueron criminales ante
Dios, por estar tercamente obcecados, y deben arder durante una eternidad en el otro mundo; pero ¿por qué quemarles en éste
a fuego
lento? Además de que procediendo de ese modo se adelantaban a la justicia de
Dios, ese suplicio era tan cruel como inútil,
porque una hora de sufrimiento añadida a la eternidad, es nada, es cero.
Los hombres devotos, o mejor dicho, fanáticos,
replican a estos reproches que era muy justo poner sobre brasas encendidas
a
los que opinaban lo contrario que la Iglesia latina, porque es conformarse con los designios de Dios quemar
a los que Él ha de quemar más tarde, y ya que el suplicio de la hoguera, que dura una hora
o dos, es nada comparado con la
eternidad, importa muy poco que se quemen todos los herejes de cinco o de seis provincias.
No falta quien se preguntará en la actualidad en qué país de antropófagos se agitaron semejantes cuestiones,
y se resolvieron
matando a fuego lento a fabuloso número de hombres, y con vergüenza tenemos que contestar que eso sucedió en nuestro país y en
las mismas ciudades que hoy se ocupan de la ópera, de la comedia, de bailes, de modas y de amor.
Por desgracia, fue un tirano el que introdujo el método de condenar
a muerte a los herejes, y no fue uno de esos tiranos equívocos,
que considera santo un partido y monstruo el partido contrario; se llamaba Máximo, que era competidor de Teodosio
I, reconocido
como verdadero tirano por el Imperio, tomando esta palabra en todo su rigor. Hizo morir
en Tréveris, por mano de los verdugos,
al español Prisciliano y a sus secuaces, cuyas opiniones juzgaron erróneas algunos obispos de España (1). Dichos prelados pidieron
con tanto calor y con tanta claridad el suplicio de los priscilianistas, que Máximo no pudo negárselo. Esos prelados no cejaron
en sus exigencias, y llegaron a pedirle que mandara cortar la cabeza a San Martin, por hereje, y éste tuvo
la suerte de poderse
escapar de Tréveris y de regresar a Tours.
Sólo se necesita un caso para establecer una costumbre.
Al primer escita que arrancó la cabeza a su enemigo y convirtió en copa su cráneo, siguieron imitándole los más ilustres hombres
de la Escitia. De ese mismo modo, pues, el suplicio de Prisciliano consagró la costumbre de emplear los verdugos para matar
a los herejes.
No se encuentran herejías en las religiones antiguas,
porque sólo conocieron la moral y el culto. En cuanto la metafísica se
introdujo en el cristianismo, empezaron las disputas, y de las disputas nacieron diferentes partidos, lo mismo que en
las escuelas de
filosofía. Era imposible que la metafísica no contaminara sus incertidumbres a la fe en Jesucristo, que nada escribió, y cuya
encarnación era un problema que los nuevos cristianos, no inspirados por el mismo Dios, resolvían de diferentes modos. «Cada uno
aceptaba un partido», dice terminantemente San Pablo.
Durante mucho tiempo llamaron nazarenos a los cristianos, y hasta los mismos gentiles no les daban otro
nombre en los dos primeros siglos; pero luego se estableció una escuela
particular de nazarenos que creían en un evangelio que era distinto de los cuatro
evangelios canónicos. Se ha supuesto que difería muy poco del de San
Mateo y que era anterior. San Epifanio y San Jerónimo colocan a los nazarenos en la cuna del cristianismo.
Los que se creían más sabios que los otros tomaban el título de gnósticos, esto es, «conocedores»;
y ese título fue durante mucho
tiempo tan honroso, que San Clemente de Alejandría, en sus Strómatas, llama siempre buenos cristianos
a los verdaderos gnósticos.
«Dichosos aquellos —dice— que consiguieron la santidad gnóstica, porque el que merece
ese nombre puede resistir las seducciones y da a todo el que le pide.» El quinto y sexto libro de las
Strómatas sólo
versan sobre la perfección del gnóstico.
Los ebionitas existieron indudablemente en el tiempo
de los apóstoles; esta palabra, que significa «pobre», les hacía amar la
pobreza, en la que nació Jesús (2).
A Cerinto, que era también de la misma época, se le atribuyó el
Apocalipsis de San Juan. Se cree que
él y San Pablo tuvieron
violentas disputas (3).
Parece a nuestra débil comprensión que debía esperarse que los primeros discípulos hiciesen una
declaración solemne, una profesión
de fe completa e inalterable, que terminase todas las cuestiones pasadas y que evitase todas las cuestiones futuras; pero Dios no lo
permitió. El símbolo llamado de los apóstoles es corto, y en él no se encuentran ni la consubstancialidad, ni la Trinidad, ni los
siete sacramentos, y no apareció hasta los tiempos de San Jerónimo, de San Agustín y de
Rufino, célebre sacerdote de Aquilea, cuyo
sacerdote dicen que lo redactó.
Las herejías tuvieron tiempo para multiplicarse, y en
el siglo V llegó a haber más de cincuenta. Sin pretender escrutar los
designios de la Providencia, que son impenetrables para nosotros, y consultando hasta el punto que nos sea permitido el criterio
de nuestra débil razón, parece que entre tantas opiniones sobre muchos artículos debió haber siempre alguno que debía prevalecer,
y esta opinión era la ortodoxa: las demás opiniones, aunque también eran ortodoxas, como eran las más débiles las llamaron heréticas.
Cuando con el transcurso del tiempo la Iglesia cristiana oriental, que fue la madre de la Iglesia de
Occidente, rompió para
siempre con su hija, cada una de ellas quedó soberana en los países donde imperaba, y cada una tuvo sus particulares herejías,
nacidas de la opinión dominante.
Los bárbaros del Norte, que eran cristianos nuevos, no podían tener las mismas opiniones que las regiones
meridionales, porque
no pudieron adoptar los mismos usos. Por ejemplo: no pudieron en mucho tiempo adorar imágenes, porque no tenían pintores ni
escultores. Era muy peligroso bautizar a un niño en invierno en el Danubio, en el Véser
o en el Elba.
Era muy difícil que los habitantes de las orillas del mar Báltico conocieran las opiniones de los
habitantes del Milanesado
y de la Marca de Ancona. Los pueblos del Mediodía y del Norte de Europa tuvieron, pues, creencias distintas unos de otros. Me
parece que por este motivo Claudio, obispo de Turín, conservó en el siglo IX todos los usos y todos los dogmas adoptados en los
siglos VII y VIII desde el país de los alóbroges hasta el Elba y el Danubio.
Esos dogmas y esos usos se perpetuaron en los valles, en las montañas y en las orillas del Ródano,
en pueblos desconocidos, que la depredación general dejó en paz en su retiro
y en su pobreza, hasta que al fin aparecieron en el siglo XII
llamándose valdenses, y en el siglo XIII llamándose albigenses. Sabido es el modo como trataron sus opiniones; sabido es que
predicaron cruzadas contra ellos, que produjeron horribles matanzas, y sabido es que desde entonces hasta la mitad del siglo XVIII
no transcurrió ni un solo año de tranquilidad y de tolerancia en Europa.
Es un gran mal ser herejes; ¿pero acaso es un bien empeñarse en que sostengan
la ortodoxia las bayonetas y los verdugos?
¿No sería preferible que cada uno se comiese el pan tranquilamente sentado a la sombra de su higuera? Temblando me atrevo
a hacer
esta proposición.
__________
(1) Historia de la Iglesia, siglo IV.
(2) Parece poco verosímil que los demás cristianos les llamaran ebionitas para dar
a entender que eran «pobres de entendimiento». Se asegura que creían que Jesús era hijo de José.
(3) Cerinto y los suyos decían que Jesús sólo llegó a ser Cristo
después de su bautizo. Cerinto fue el primer autor de la
doctrina del reinado de mil años, que adoptaron muchos Padres de la Iglesia.
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