GUSTO
Ese gusto, ese sentido, ese don de discernir los alimentos ha originado en todas las lenguas conocidas la metáfora que expresa con la misma palabra «gusto» el conocimiento de las bellezas en todas las artes. Es un discernimiento rápido como el de la lengua y el del paladar, que como éste proviene de la reflexión; es como éste sensible y voluptuoso respecto
a lo bueno, y como éste rechaza lo malo. Con frecuencia, un gusto y otro
están indecisos, no sabiendo a ciencia cierta si lo que se les presenta debe agradarles, y necesitando algunas veces para comprenderlo acostumbrarse
a ello. No se satisface el gusto con ver y con comprender la belleza de una obra; necesita sentirla y que le halague. Nada debe escaparse
a la prontitud del discernimiento, y éste es otro parecido que tiene el gusto intelectual con el gusto sensual; el gastrónomo aprecia y reconoce en seguida la mezcla de dos licores; el hombre de buen gusto literario comprende
a la primera ojeada la mezcla de dos estilos. Así como el mal gusto físico consiste en gustar de condimentos demasiado picantes, así el mal gusto en las artes consiste en que nos entusiasmen adornos recargados y en no comprender el mérito del natural.
El gusto depravado en los alimentos estriba en preferir los que disgustan
a los demás hombres, y es una especie de enfermedad. El gusto depravado en las artes estriba en enamorarse de asuntos que rechazan las personas ilustradas, en preferir lo burlesco
a lo noble, lo afectado a lo sencillo y natural; es una enfermedad del espíritu. Puede reformarse el buen gusto en las artes mucho mejor que el gusto sensual, porque en el gusto físico, aunque se llegue alguna vez
a querer las cosas que antes nos causaban repugnancia, es porque la Naturaleza deseó siempre que gustara
a los hombres todo lo que les es necesario; pero el gusto intelectual exige más tiempo para formarse. El joven que sea sensible, pero que carezca de conocimientos, no podrá distinguir las partes de un gran coro de música, ni verá en un cuadro las gradaciones, el claroscuro, la perspectiva, la armonía de los colores ni la corrección del dibujo; pero poco
a poco sus oídos aprenden a oír y sus ojos a ver, y llegará a conmoverse cuando presencie la primera representación de una hermosa tragedia, pero no alcanzará
a comprender ni el mérito de las unidades, ni el arte delicado con que algún personaje no entra ni sale en escena sin motivo, ni otras muchas dificultades que hay que vencer para triunfar en el teatro. Sólo la costumbre de ver y de reflexionar sobre lo que ve, conseguirá que
a fuerza de mucho tiempo llegue a comprender todo esto que acabamos de enunciar. El gusto se forma insensiblemente en una nación que carecía de él, porque poco
a poco va comprendiendo el espíritu de los buenos artistas. Francia se acostumbró
a ver los cuadros con los ojos de Le Brun, de Poussin, de Le Sueur.
Dícese que cada uno tiene su gusto, y esto es verdad cuando se trata del gusto sensual, de la repugnancia que nos causan ciertos alimentos, de la preferencia que damos
a otros; sobre esto no puede disputarse, porque no se puede corregir un
defecto de los órganos. Pero no sucede lo mismo cuando se trata del gusto en las artes: como éstas encierran bellezas reales, existe un buen gusto que las comprende y un mal gusto que las desconoce, y puede corregirse muchas veces este defecto del espíritu. Existen también hombres fríos y obtusos, incapaces de entrar en calor ni de enderezar su inteligencia; con ellos no se debe disputar en materia de gusto, porque carecen de él.
El gusto fino y seguro, por regla general, consiste en la percepción rápida de una belleza entre muchos defectos y de un defecto entre muchas bellezas. El verdadero gastrónomo
comprende con claridad el vino que se compone de dos mezclas, conoce el
ingrediente que domina en un plato, mientras que los demás convidados
apenas comprenden una cosa y otra.
No nos equivocamos cuando decimos que es una desgracia estar dotados de gusto demasiado delicado, porque a
los que esto les sucede les chocan demasiado los defectos y son casi insensibles
a las bellezas. En cambio, existen verdaderamente muchos placeres para las gentes de
buen gusto,
porque ven, oyen y sienten las bellezas que se escapan a los hombres que tienen organización menos sensible
o son menos prácticos. El aficionado a la música, a la pintura, a la arquitectura,
a la poesía, a las medallas, etc., experimenta sensaciones que el vulgo de los hombres ni siquiera sospecha; hasta el placer de descubrir una falta le halaga y le hace sentir con más fuerza
las bellezas. El hombre de buen
gusto tiene otros ojos, otros oídos y otro tacto que el hombre grosero. Le desagradan los lienzos mezquinos de Rafael, pero admira la gran corrección de su dibujo; descubre con satisfacción que los niños de Laocoonte son desproporcionados comparándolos con la talla del padre; pero el conjunto del grupo le hace estremecer, mientras otros espectadores lo contemplan
tranquilos.
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