GOBERNAR
Sabrán algunos de mis lectores que en España, cerca de las costas de Málaga, descubrieron en la época de Felipe II un reducida población, hasta entonces desconocida, que estaba escondida en la fragosidad de las montañas de las Alpujarras. Esta cadena de montes inaccesibles está entrecortada por valles deliciosos, y lo que quizá ignoren
mis lectores es que en la actualidad cultivan todavía esos valles los descendientes de los moros, que obligaron
a la fuerza a ser cristianos o aparentar que lo eran.
Entre esos montes, repito, había allí en la época de
Felipe II una población poco numerosa, que habitaba un valle al que sólo se podía llegar atravesando cavernas. Este valle estaba situado entre Pitos y Portugos. Sus habitantes eran casi desconocidos para los moros, y hablaban una lengua que
no era ni española ni árabe, que creyeron derivada del antiguo cartaginés. Esa población apenas se multiplicaba.
Dícese que esto consistía en que los árabes de su vecindad, y antes que éstos los africanos, robaban las doncellas de ese cantón.
Ese pueblo miserable, pero feliz, no oyó nunca hablar de la religión cristiana ni de la judía; conocía algo de la de Mahoma, pero no hacía
ningún caso de ella. Ofrecía
desde tiempo inmemorial leche y frutas a una estatua de Hércules: en
esto consistía toda su religión. Esos hombres desconocidos eran indolentes y vivían en el estado
de inocencia, pero llegó un día en que los descubrió un familiar de
Inquisición. El gran inquisidor los quemó todos en las hogueras, y
éste fue el único acontecimiento de su historia. Las razones poderosas que tuvo el gran inquisidor para dictar tan horrible sentencia fueron que
esos infelices no habían pagado nunca el impuesto que nadie les había pedido que pagaran, y además desconocían la moneda, que ninguno de ellos tenía la
Biblia y que nadie los había bautizado. Declarados
hechiceros y herejes, sufrieron la pena que a éstos se imponía. Éste es el peor los modo de gobernar
a hombres.
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