GLORIA, GLORIOSO
El año 1723 estaba en Holanda un chino que era hombre de letras y negociante, dos cosas que no debieran ser incompatibles, pero que lo son, gracias al excesivo apego que se
tiene al dinero y a la poca consideración que la especie humana manifiesta y manifestará siempre al mérito.
Dicho chino, que comprendía bastante la lengua holandesa, encontrándose en una ocasión en una librería con algunos sabios, les pidió que le designaran un libro que le conviniera leer, y le propusieron que hojease la
Historia Universal de Bossuet, mal traducida. Al oír la palabra historia universal, exclamó:
—Pláceme vuestra elección, porque en ese libro sabré lo
que se dice de nuestro gran Imperio, que subsiste como pueblo hace más de cincuenta mil años; de la serie de emperadores que nos han gobernado tantos siglos, y sabré lo que opinan de la religión de los hombres de letras, del culto sencillo que rendimos al Ser Supremo. Será para mí un placer leer el juicio crítico de Europa sobre nuestras artes, algunas de las que nos son más antiguas que todos los reinos de Europa. Creo que el autor no habrá omitido la historia de la guerra que sostuvimos hace veintidós mil quinientos cincuenta y dos años contra los pueblos belicosos del Tonkín y del Japón, ni la embajada solemne que nos envió el poderoso emperador del Mogol para que le remitiéramos nuestras leyes, hace gran número de siglos.
—Ni siquiera se os menciona en el citado libro —le contestó uno de los sabios—; casi todo él versa sobre la primera nación del mundo, la única nación, el gran pueblo judío.
—¡El pueblo judío! —exclamó el chino—. ¿Fue acaso ese pueblo dueño de las tres cuartas partes del mundo?
—Se jactan de lo que serán un día —le respondieron—, y
esperan conseguirlo sin impaciencia.
—Os estáis burlando de mí —replicó el chino—; ¿han poseído alguna vez algún vasto Imperio?
—Poseyeron en propiedad —le contestaron— durante algunos años un pequeño país; pero no por la extensión de los Estados se debe juzgar lo que es un pueblo, lo mismo que
no se debe juzgar lo que es un hombre por su riqueza.
—¿Pero no se habla de ningún otro pueblo en esa historia?'
—preguntó el hombre de letras.
—Sí —contestó el sabio que estaba a mi lado, y que siempre tomaba la palabra—; se ocupa ese libro de un reducido
país de setenta leguas de extensión, que se llama Egipto, en el que suponen existió un lago de ciento cincuenta leguas, construido por la mano del hombre.
—Os figuráis que voy a creerme —replicó el chino— que
puede existir un lago de ciento cincuenta leguas en un territorio que sólo tenia setenta de extensión? Eso es una filfa.
—Todo el mundo era sabio en ese país —añadió el doctor.
—¡Dichoso país! ¿Y no se ocupa de ningún otro?
—Sí —replicó el europeo—; también habla de los célebres griegos.
—¿Quiénes son los griegos? —preguntó el chino.
—¡Ah! —continuó diciendo el doctor—; se trata de un Estado que es doscientas veces más pequeño que la China, pero
que hizo mucho ruido en todo el universo.
—Nunca oí hablar de esas gentes en el Mogol, en el Japón ni en la Gran Tartaria —repuso con ingenuidad el chino.
—Sois un ignorante —replicó el sabio, y no conocéis siquiera
a Epaminondas, el puerto del Pireo, ni el nombre de los caballos de Aquiles, ni cómo se llamaba el asno de Sileno. No habréis oído hablar nunca ni de Júpiter, ni de
Diógenes, ni de Cibeles, ni de...
—En cambio, apuesto cualquier cosa a que no conocéis la aventura eternamente memorable del célebre Xixofou Coucochigzampi, ni los misterios del gran Fi-psi-hi-hi. Pero haced el favor de decirme de qué otras cosas desconocidas trata la
Historia Universal.
Para contestarle, el sabio estuvo hablando un cuarto de hora sin respirar de la República romana, y cuando llegó
a Julio César, el chino le interrumpió para decirle:
—A ése me parece que lo conozco; ¿no era turco? (1).
—¡Qué decís! —exclamó el sabio, resentido—. ¿Es que hasta ignoráis la diferencia que existe entre los paganos, los
cristianos y los musulmanes?, ¿no conocéis tampoco a Constantino, ni la historia de los papas?
—Hemos oído hablar confusamente de un tal Mahoma —respondió el asiático.
—¿Es posible —replicó el sabio, indignándose más cada
vez—, que no conozcáis tampoco a Lutero, a Zuinglio ni a Belarmino?
—Nunca podré conservar esos nombres en la memoria —le contestó el chino.
Diciendo esto salió de la librería para ir a vender una partida considerable de té y de
grogram (2), con cuyas ganancias compró dos hermosas mujeres de vida airada y un caballo, y lo remitió
a su patria, y continuó adorando al dios Tien y admirando al filósofo Confucio.
Siendo testigo presencial de la anterior
conversación, pude comprender lo que en el mundo es gloria, y dije: «Puesto que César y Júpiter son desconocidos en el reino más hermoso, más antiguo, más vasto y más poblado del universo, os está muy bien desear adquirir reputación
a los que sois gobernadores de un país insignificante, predicadores de alguna parroquia pequeña, exiguos autores
o pesados comentaristas.»
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(1) No hace mucho tiempo que los chinos creían que todos los europeos eran mahometanos.
(2) Especie de tela de seda.
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