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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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GENIOS

Genios - Diccionario Filosófico de VoltaireLa doctrina de los genios, la astrología judiciaria y la magia llenaron todo el mundo antiguo. Si os remontáis hasta el antiguo Zaratustra, veréis que entonces ya se conocían los genios. En toda la antigüedad predominan los astrólogos y los magos. Nos burlamos hoy de aquellos pueblos en los que prevalecían semejantes ideas; si nos pudiéramos poner a su nivel, si empezáramos como ellos a cultivar las ciencias, haríamos lo que ellos hicieron. Supongamos por un momento que somos hombres de ingenio que empezamos a meditar sobre nuestro ser y a estudiar los astros; que creemos indudablemente que la tierra está inmóvil en el centro del mundo; que el sol y los planetas giran para ella, que las estrellas se formaron para nosotros y que el hombre es el único objeto de toda la Naturaleza. ¿Cómo teníamos que considerar todos esos globos destinados para nuestro uso y la inmensidad del cielo? Era muy verosímil que el espacio y los globos estuvieran poblados de sustancias, y que siendo nosotros los favoritos de la Naturaleza, colocados en el centro del mundo, esas sustancias estuvieran sin duda destinadas a velar por el hombre.

El primero que creyó que todo eso era posible encontraría en seguida discípulos que se convencieran de que existía todo eso. Debieron empezar por decir que debían existir genios, y nadie demostraría lo contrarío, porque no es imposible que los aires y los planetas estén poblados. Supondrían en seguida que existían genios, y nadie podría probar que no existían. Luego algunos sabios vieron esos genios, y los demás no creyeron tener el derecho de contestarles que no los habían visto, porque esos genios se habían aparecido a personajes dignos de fe. Uno de ellos vio el genio del Imperio o de su ciudad; otro, el de Marte y el de Saturno; los genios de los cuatro elementos se aparecieron a muchos filósofos, y más de un sabio se jactaría de haber visto su propio genio, soñando, es verdad; pero los sueños eran signos de la verdad.

Dedujeron de todo lo que les rodeaba cómo serían los genios. Para llegar hasta nuestro globo necesitaban tener alas; pues ellos las tenían. Todo lo que existe es corporal; luego los genios tenían cuerpo, pero cuerpo más hermoso que el nuestro, porque eran genios, y más ligero, porque venían de muy lejos. Los sabios que disfrutaban el privilegio de conversar con los genios inspiraban a todos los demás la esperanza de gozar esa felicidad. Si algún escéptico se hubiera atrevido a decirles: «No he visto genios, luego no existen», le hubieran contestado: «Discurrís muy mal; porque no conozcáis una cosa, no podéis deducir que no existe; no hay contradicción en la doctrina que enseña la Naturaleza de esos poderes aéreos, ni es imposible que nos visiten; se han aparecido a nuestros sabios; si vos no los habéis visto, es porque no sois digno de ver genios.»

Así como aparecen en el mundo el bien y el mal, así también deben existir indudablemente genios buenos y genios malos. Los persas tuvieron las peris y las divas; los griegos los daimons y cacodaimons; los latinos bonos y malos genios. El genio bueno debía ser blanco y el malo negro, excepto en los pueblos negros, en los que sucedía lo contrario. Platón admitió la existencia de un genio bueno y de un genio malo por cada mortal. El genio malo de Bruto se le apareció a éste para anunciarle su muerte antes de la batalla de Filipos; así lo dicen graves historiadores, entre ellos Plutarco.

Se conocieron genios machos y genios hembras. Los romanos llamaron a los genios de las damas pequeños junos. Gozaban en dicha nación viendo cómo crecía y cómo entraba en años el genio protector de cada uno; para el niño era éste un Cupido con alas, y cuando llegaba a la vejez el hombre a quien protegía llevaba barba larga; algunas veces era una serpiente. Consérvase en Roma un mármol en el que hay esculpida una hermosa serpiente debajo de una palmera, de la que cuelgan dos coronas, y en la que se lee esta inscripción: «Al genio de los augustos»; ése era el emblema de la inmortalidad.

¿Qué prueba demostrativa podemos presentar hoy de que los genios, en los que creyeron tantas naciones ilustradas, no son mas que fantasmas de la imaginación? Cuanto podemos decir en esta materia se reduce a lo siguiente: no he visto nunca ningún genio, ni lo ha visto ninguno de los hombres que conozco; Bruto no ha dejado escrito que su genio se le apareció antes de la batalla; ni Newton, ni Locke, ni Descartes, ni ningún rey, ni ningún ministro de Estado, hablaron nunca con su genio; no puedo creer, pues, una cosa de la que no tengo la menor prueba. Confieso que esa cosa no es imposible; pero la posibilidad no prueba que haya existido; es posible que hayan existido los sátiros, con sus colas cortas y retorcidas y con pies de cabra, y sin embargo, esperaré haber visto algunos para creer que hayan existido, porque si viera uno solo no lo creería.

 

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