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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Generación

 

GENEALOGÍA

I

Genealogía - Diccionario Filosófico de VoltaireLos teólogos han llenado algunos volúmenes empeñándose en conciliar a San Mateo con San Lucas sobre la genealogía de Jesucristo. El primero cuenta veintisiete generaciones desde David; descendiendo de Salomón, mientras que San Lucas cuenta cuarenta y dos y le hace descender de Nathan. He aquí cómo el sabio Calmet resuelve una dificultad semejante, ocupándose de Melquisedec. Los orientales y los griegos, fecundos para inventar fábulas, forjaron una genealogía, en la que os refieren los nombres de sus abuelos; pero como la mentira se descubre por sí misma, añade el juicioso benedictino, unos cuentan su genealogía de un modo y otros de diferente manera: unos sostienen que provenía de una raza oscura y vergonzosa, y hasta hay quien opina que era hijo ilegítimo.

Todo esto se aplica naturalmente a Jesús, de quien Melquisedec figuraba ser el símbolo, según la opinión del apóstol. En efecto, el Evangelio de Nicodemus dice terminantemente que los judíos, en presencia de Pilatos, reprocharon a Jesús haber nacido de la fornicación. Hablando de esto el sabio Fabricio observa que no nos asegura ningún testimonio digno de fe que los judíos hayan dicho semejante cosa de Jesucristo durante la vida de éste, ni a los apóstoles; que eso sólo fue una calumnia que divulgaron. Sin embargo, las Actas de los Apóstoles dan fe de que los judíos de Antioquía se opusieron, blasfemando, a lo que San Pablo les decía de Jesús, y Orígenes sostiene estas palabras, extractadas del Evangelio de San Juan, que, dicen: «No hemos nacido de fornicación, y no hemos servido nunca a nadie»; por parte de los judíos era un reproche indirecto que hacían a Jesús por el defecto de su nacimiento y por su estado de servidor, pues suponían, como nos dice el referido Padre, que Jesús nació en una aldea de Judea, que tuvo por madre a una pobre campesina que vivía de su trabajo, a la que se le probó que había cometido adulterio con un soldado que se llamaba Panther; que expulsó de la casa a su prometido, que era carpintero de oficio; que después de haber recibido esta afrenta, cuando vagaban errantes de un lugar a otro, la campesina parió secretamente a Jesús, el que, viéndose en la mayor necesidad, se vio obligado a ponerse a servir en Egipto, donde aprendió algunos de los secretos que los egipcios hacen pagar muy caros, y luego volvió a su país, y envanecido por los milagros que sabía hacer, se proclamó Dios a sí mismo.

Siguiendo una tradición antiquísima, el nombre de Panther, que fue la causa del desprecio de los judíos, era el sobrenombre del padre de José, como asegura San Epifanio, o quizás el nombre propio del abuelo de María, como afirma San Juan Damasceno. En cuanto al estado de servidor que echaron en cara a Jesús, él mismo declara que no vino al mundo para ser servido, sino para servir. Según refieren los árabes, Zaratustra fue también servidor de Esdras, y Epicteto nació esclavo; San Cirilo de Jerusalén tiene razón cuando dice que la esclavitud no deshonra a nadie.

En cuanto a los milagros, nos refiere Plinio que los egipcios sabían el secreto de teñir telas de diferentes colores sumergiéndolas en la misma cubeta, y éste es uno de los milagros que atribuye a Jesús el Evangelio de la infancia; pero como asegura San Crisóstomo, Jesús no hizo ningún milagro antes de recibir el bautismo, y los que se le han atribuido son mentiras. La razón en que se funda ese Padre para creerlo así es que la sabiduría del Señor no le permitía hacer milagros durante su infancia, porque los hubieran considerado como prestidigitaciones.

Inútilmente San Epifanio sostiene que negar los milagros que se atribuyen a Jesús durante su infancia es suministrar a los herejes un pretexto para que digan que sólo se convirtió en hijo de Dios por la efusión del Santo Espíritu que descendió sobre él en el bautismo, porque ahora estamos combatiendo a los judíos y no a los herejes.

Mister Wagenseil hizo la traducción latina de una obra de los judíos titulada Toldos Jeschu, en la que se refiere que estando Jeschu en Belén de Judá, sitio de su nacimiento, exclamó en voz alta: «¿Quiénes son esos hombres perversos que se atreven a decir que soy bastardo y de origen impuro? Ellos sí que son impuros y bastardos. Nací de una madre virgen, y entré en ella por la parte alta de la cabeza.» Este testimonio pareció tan decisivo a Mr. Bergier, que ese sabio teólogo no ha vacilado en aprovecharse de él, sin citar de dónde lo había tomado. He aquí cómo se expresa en la página 23 de su libro Certidumbre de los las pruebas del cristianismo: «Jesús nació de una virgen por obra del Santo Espíritu; el mismo Jesús nos lo asegura muchas veces por propia boca, y así lo refieren los apóstoles.» Es cierto que esas palabras de Jesús sólo se encuentran en el Toldos Jeschu, y que la certidumbre de la prueba de Mr. Bergier subsiste, aunque San Mateo aplique a Jesús este pasaje de Isaías: «No disputará nunca, no gritará y nadie oirá su voz en las calles.»

Según dice San Jerónimo, existe la antiquísima tradición entre los gimnosofistas de la India de que Buda, autor de su dogma, nació de una virgen que le dio a luz por el costado. También nacieron Julio César, Escipión el Africano, Manlio, Eduardo VI, rey de Inglaterra, y otros, por medio de una operación que los cirujanos llaman cesárea, que consiste en sacar el niño de la matriz por medio de una incisión que se hace en el abdomen de la madre. Simón el Mago y Manes pretendieron también haber nacido de una virgen; pero esto sólo significa que sus madres eran vírgenes cuando los concibieron. Para convencerse de lo inciertos que son los signos de la virginidad, basta leer la glosa del célebre obispo Pompignan sobre uno de los pasajes de los Proverbios: «Tres cosas encuentro dificultad en comprender, y la cuarta me es completamente desconocida: el camino que lleva el águila en el aire, la serpiente en las rocas, el navío en el mar y el hombre en su juventud.» Más adelante confirma la curiosa interpretación que da la Biblia, con la analogía que tiene este versículo con el siguiente: «Tal es el camino que sigue la mujer adúltera, que después de haber comido se enjuaga la boca y dice: «No hice ningún mal.»

 

De todos modos, la virginidad de María no se reconocía generalmente a principios del siglo III. Muchos participaron de la opinión, que sostienen todavía, dice San Clemente de Alejandría, de que María acabó de dar a luz un hijo, sin que el parto produjera cambio alguno en su persona, y algunos aseguran que una comadre que la visitó después del parto encontró en ella todos los signos de la virginidad. Se comprende que dicho Padre habla de ese modo refiriéndose al evangelio De la Natividad de María, en el que el ángel Gabriel le dijo: «Sin tener comercio con el hombre, virgen concebiréis, virgen pariréis, virgen moriréis»; y el protoevangelio de Jacobo, en el que la referida comadre exclama: «¡Inaudita maravilla! María acaba de dar a luz a un hijo, y sin embargo, conserva todos los signos de la virginidad.» Andando el tiempo se declararon apócrifos estos dos evangelios, aunque en este punto estaban conformes con la creencia que adoptó la Iglesia; pero quitaron los andamios en cuanto estuvo alto el edificio.

Lo que Jesús dijo de que entró en su madre por la parte alta de la cabeza es lo mismo que opina la Iglesia. El breviario de los maronistas dice que el verbo del Padre entró por el oído de la mujer bendita. San Agustín y el papa Félix dicen rotundamente que la Virgen quedó encinta por la oreja. San Efrén dice lo mismo en un himno; Agobar refiere que la Iglesia cantaba en su época: «El Verbo entró por el oído a la Virgen, y salió por la puerta dorada.»

Sabido es que el jesuita Sánchez promovió seriamente la cuestión de si la Virgen María ingirió o no el semen de la encarnación de Cristo, y que se decidió por la afirmativa, después de oír la opinión de otros teólogos; pero esos descarríos de la imaginación licenciosa deben colocarse al nivel de la opinión del Aretino, que hizo intervenir en aquel acto al Espíritu Santo, convertido en pichón, así como la fábula inventó que Júpiter, convertido en cisne, fue a visitar a Leda; como creyeron los primeros Padres de la Iglesia, San Justino, Atenágoras, Tertuliano, San Clemente de Alejandría, San Cipriano, Lactancio, San Ambrosio y otros, tomándolo de los escritores judíos Filón y Flavio Josefo, que los ángeles tuvieron trato carnal con las mujeres y que engendraron hijos de ellas. San Agustín dice que los maniqueos enseñaban hermosas doncellas y fornidos mancebos, apareciendo desnudos ante los príncipes de las tinieblas, que son los ángeles malos, dejando escapar de sus miembros, relajados por concupiscencia, la sustancia vital, que dicho Padre llama la naturaleza de Dios. Evodo solventó la dificultad que presentan estos casos diciendo que la Majestad Divina se escapó por los testículos de los demonios.

Los citados Padres creían que los ángeles eran corporales; después que las obras de Platón dieron la idea de lo que es la espiritualidad, explicaron la antigua opinión del trato carnal de los ángeles con las mujeres, diciendo que el mismo ángel que, transformado en mujer, había recibido el semen de hombre, lo aprovechaba para engendrar con una mujer, a cuyo lado adquiría la figura de un hombre. Los teólogos designan con las palabras íncubo y súcubo los diferentes papeles que hacen representar a los ángeles.

II

Ninguna genealogía, ni aun las impresas por Moreli, es tan notable como la de Mahoma, hijo de Abdallah. Mahoma fue en su primera juventud palafrenero de la viuda Kadichah, luego su factor y después su marido; más tarde profeta de Dios, luego sentenciado a la horca, después conquistador y rey de Arabia, y al fin murió, harto de gloria y de mujeres.

Los barones alemanes sólo remontan su origen hasta Vitikind, y los marqueses de Francia no pueden enseñar títulos más allá de Carlomagno; pero la raza de Mahoma, que subsiste todavía, se jacta de presentar un árbol genealógico cuyo tronco es Adán, y cuyas ramas se extienden desde Ismael hasta los gentileshombres que ostentan hoy el gran título de primos de Mahoma. No ofrece ninguna dificultad esta genealogía, que no hizo disputar a los sabios, que no ofrece cálculos falsos que rectificar, ni contradicciones que deshacer, ni imposibilidades que se pretendan hacer posibles.

Sin embargo, vuestro orgullo niega que sean auténticos esos títulos. Me decís que descendemos de Adán, lo mismo que el gran Profeta, si Adán es el padre común de todos los hombres; pero como a Adán no le conocía nadie, ni aun los antiguos árabes, y su nombre se cita por primera vez en los libros judíos, son, por lo tanto, falsos los títulos de la nobleza de Mahoma. Añadís que en todo caso, si ha existido un primer hombre, tuviera el nombre que tuviese, descendemos de él, como el ilustre palafrenero de Kadichah, y que si no ha existido un primer hombre, porque el género humano existió siempre, como opinan algunos sabios, sois gentilhombre de toda una eternidad. A esto pueden replicaros que sois plebeyo toda una etermidad, si los pergaminos de vuestra casa no prueban lo contrario. A esta objeción responderéis que todos los hombres son iguales; que una raza no puede ser más antigua que otra; que los pergaminos que tienen pendiente un pedazo de cera son de nueva invención; que no hay ninguna razón que os obligue a creeros inferiores a la familia de Mahoma, ni a la de Confucio, ni a la de los emperadores del Japón. No puedo contradecir vuestra opinión presentándoos pruebas físicas, metafísicas o morales. Os creéis igual al emperador del Japón, y en esto convenimos los dos; únicamente os aconsejo que, si llega el caso de pelear con él, procuréis ser el más fuerte.

 

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