FILÓSOFOS
El nombre de filósofo unas veces fue honrado y otras envilecido, como el de poeta, el de matemático, el de
fraile, el de sacerdote, como todo el que depende de la opinión. Domiciano expulsó
a los filósofos; Luciano se burlaba de ellos;
pero ¿qué filósofos y qué matemáticos desterró el monstruo Domiciano? A jugadores de cubiletes,
a los que predecían horóscopos, a los que decían la buenaventura, a miserables judíos que componían filtros amorosos y talismanes,
a gentes de esa
clase que tenían un poder especial sobre los espíritus malignos, que los evocaban, que los hacían entrar en el cuerpo de las
doncellas por medio de palabras o de signos, y que los desalojaban de allí por medio de otros signos
y de otras palabras. ¿Quiénes eran los filósofos que Luciano
entregaba a la risa pública? La hez del género humano; vagos incapaces de desempeñar alguna profesión útil, gentes parecidas
al Pobre diablo, que no saben si mañana llevarán librea o si escribirán el almanaque del año maravilloso, si trabajarán
a jornal
en los caminos reales o sentarán plaza de soldado o de sacerdote, y que esperando tener ocupación, se reúnen en los cafés para
manifestar su opinión respecto a la comedia nueva, sobre Dios y sobre el ser en general, y luego os piden prestado y escriben un
libelo para criticaros. No salieron de esa escuela Cicerón, Ático, Epicteto, Trajano, Antonino Pío, Marco Aurelio, y Juliano.
Tampoco se formó en esa escuela el rey de Prusia Federico, que escribió libros
filosóficos y ganó batallas, y que destruyó tantas preocupaciones como enemigos.
El emperador Juliano era filósofo cuando escribía a sus ministros y
a sus pontífices esas hermosas cartas que destilan clemencia
y sabiduría, y que hoy admiran aún todas las gentes honradas, aunque condenen sus errores. Constantino no era filósofo cuando asesinó
a sus parientes próximos, a su hijo y a su mujer; cuando manchado con la sangre de su familia, juraba que Dios le había
enviado el Labarum desde el
cielo.
Es un terrible salto pasar desde Constantino a Carlos IX
y a Enrique III, rey de una de las cincuenta provincias grandes del
Imperio romano. Si esos dos reyes hubieran
sido filósofos, el primero no hubiera sido culpable de la matanza de Saint-Barthelemy, el segundo no hubiera hecho procesiones
escandalosas con sus mancebos, no se hubiera visto en la necesidad de asesinar al duque de Guisa y al cardenal hermano de éste, y
no hubiera muerto asesinado por un joven jacobino, fanático por Dios y por la santa Iglesia.
Si Luis XIII hubiera sido filósofo, no hubiera dejado subir al cadalso ni al virtuoso De Thou, ni
al inocente mariscal Marillac,
ni hubiera permitido que su madre muriera de hambre en Colonia, y su reinado no hubiera sido una serie continua de discordias y de
calamidades intestinas.
Comparad los muchos reyes ignorantes, supersticiosos y crueles que se han conocido dejándose gobernar
por sus pasiones o por las de sus ministros, con hombres como Montaigne, Charrón, L'Hópital, De Thou, Locke y Shaftessburg,
y es indudable que preferiríais que
os gobernaran esos sabios a que os gobernaran aquellos reyes.
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