FILOSOFÍA
He consumido cerca de cuarenta años en mi peregrinación, en dos
o tres rincones del mundo, buscando esa
piedra filosofal que se llama «la verdad». Consulté a todos sus adeptos de la antigüedad,
a Epicuro y a Agustín, a Platón
y a Malebranche, y continué permaneciendo en la misma pobreza. Quizás en los crisoles de esos filósofos haya una
o dos onzas de oro, pero todo lo demás de ellos es residuo, caput mortuum, fango insípido,
con el que nada se puede hacer.
Siempre me ha parecido que los griegos, que fueron nuestros maestros, escribían más para ostentar
su ingenio que para instruir.
No encuentro un solo autor de la antigüedad que haya seguido un sistema metódico y claro y que camine de consecuencia en
consecuencia, tratando de unir y de combinar los sistemas de Platón, de Aristóteles y de los orientales. He aquí poco más
o
menos la sustancia que de todos ellos he podido reunir.
La casualidad es una palabra vacía de sentido; nada puede existir sin causa. El mundo está gobernado
por leyes matemáticas;
luego lo organizó una inteligencia.
No es un ser inteligente, tal como yo soy, el que presidió
a la creación del mundo, porque yo no puedo crear ni un albaricoque;
luego el mundo es obra de una inteligencia prodigiosamente superior.
Ese ser que posee la inteligencia y el poder en tan alto grado, ¿existe necesariamente? Necesariamente;
porque es preciso
o que haya recibido el ser de otro, o que exista por su propia naturaleza. Si recibió el ser de otro, lo que es muy difícil de
concebir, tengo que recurrir a ese otro, y ese otro será el primer motor. Cualquiera de las dos cosas que elija,
tengo que admitir siempre un primer motor poderoso e inteligente, que lo sea necesariamente por su propia naturaleza.
Ese primer motor, ¿produjo las cosas de la nada? Esto no se concibe: crear de la nada es convertir la nada
en alguna cosa. No
debo admitir semejante producción, a lo menos hasta que encuentre razones invencibles que me obliguen
a admitir lo que mi
inteligencia no puede comprender.
Todo lo que existe parece que exista necesariamente, puesto que existe; porque si hoy día hay una
razón para demostrar
la existencia de las cosas, también la hubo ayer y la habrá en todos los tiempos, y esta
causa debe haber tenido siempre su
efecto, porque si no lo tuviera hubiera sido por toda la eternidad una causa inútil.
Pero ¿cómo habrán existido las cosas siempre, estando visiblemente bajo la dirección del primer motor?
Será, pues, indispensable
que esa potencia haya obrado siempre, lo mismo, poco más o menos, que no puede haber sol sin luz; lo mismo que
no puede haber
movimiento sin que exista un ser, sin que éste pase de un punto del espacio a otro punto.
Existe, pues, un Ser poderoso e inteligente que obra siempre, porque si no hubiera obrado, ¿de qué
le serviría su existencia?
Todas las cosas son, pues, emanaciones eternas de ese primor motor.
Pero ¿cómo concebir que la piedra y el cieno sean emanaciones del Ser Eterno, inteligente y poderoso?
Hay que escoger en este
dilema: o la materia de la piedra y del cieno existe necesariamente por sí misma,
o existe porque le da vida el primer motor;
no puede haber término medio. De modo que hay que adoptar uno de estos dos partidos:
o la materia es eterna por sí misma, o la
materia es producto eterno del Ser poderoso e inteligente.
Pero o subsistiendo por su propia naturaleza, o
emanada del Ser protector, existe para toda la eternidad, puesto que existe.
Si la materia es eternamente necesaria, es, pues, imposible, es contradictorio que no sea. Pero ¿qué hombre puede asegurar
que es imposible y contradictorio que el guijarro y que la mosca no tengan vida?
Nos vemos obligados a pararnos ante esta
dificultad, que sorprende más a la imaginación que contradice los principios del
raciocinio.
Efectivamente, desde que habéis concebido que todo emana del Ser existente siempre,
que siempre ha
debido obrar, y que por lo tanto, todas las cosas debieron salir eternamente del seno de su existencia, no debéis
resistiros a creer que la materia de que
están formados el guijarro y la mosca es una producción eterna, como no os habéis resistido
a comprender que la luz es una
emanación eterna del Ser todopoderoso.
Puesto que soy un ser extenso y pensante, mi extensión
y mi pensamiento son productos necesarios de este Ser. Es evidente
que no puedo dotarme ni de extensión ni de pensamiento; luego he recibido una y otra
facultad de ese Ser necesario. ¿Pudo darme lo que no tenía? Me dotó de inteligencia y me puso en el espacio; luego
es inteligente y está
en el espacio.
Decir que el Ser Eterno, que el Dios todopoderoso, en todos los tiempos llenó necesariamente el
universo de sus producciones,
no es privarle de su libertad; al contrario, porque la libertad es el poder de obrar, Dios obró siempre; luego Dios usó siempre
de la plenitud de su libertad.
La libertad que llaman «indiferencia» es una palabra sin sentido, un absurdo; porque eso sería
determinarse sin razón, sería
un efecto sin causa. Luego Dios no puede tener esa libertad supuesta, que implica contradicción en los términos. Luego
Él
ha obrado siempre por la necesidad que constituye su existencia.
Es, pues, imposible que el mundo exista sin Dios y que Dios exista sin el mundo. El mundo está
lleno de seres que se suceden
unos a otros; luego Dios ha producido siempre los seres que se han sucedido.
Estas aserciones preliminares constituyen la base de la antigua filosofía de los griegos. De esa regla
general debemos
exceptuar a Demócrito y a Epicuro, cuya filosofía corpuscular combatió esos dogmas. Pero hay que fijarse en que los epicúreos
partían de una física enteramente equivocada, y en que el sistema metafísico de los demás filósofos subsiste como los sistemas
físicos. Toda la Naturaleza, exceptuando
el vacío, contradice a Epicuro, y ningún fenómeno de ella contradice la filosofía que acabo de explicar. Una filosofía que
está acorde con las leyes que rigen la Naturaleza y que satisface a los espíritus más observadores, ¿no es superior
a cualquier
otro sistema no revelado?
Fuera de las aserciones de los antiguos filósofos que he concretado cuanto me ha sido posible,
¿qué es lo que nos resta? Un
caos de dudas y de quimeras. No creo que haya
existido jamás filósofo que haya propuesto un nuevo sistema, que no haya confesado al fin de su vida que ha perdido el
tiempo. Hay que confesar que los inventores de las artes mecánicas han sido más
útiles a la humanidad que los inventores de los silogismos; el que
inventó la lanzadera fue más útil que el que adivinó las ideas innatas.
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