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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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FANATISMO (1) (2)

II

Fanatismo - Diccionario Filosófico de VoltaireLa palabra «fanático» tenía distinta acepción en su origen. Fanaticus fue un título honorífico: significaba «servidor» o «bienhechor de un templo». Según dice el Diccionario de Trevoux, los anticuarios han encontrado inscripciones en las que los romanos importantes usaban el título de fanaticus.

En la oratoria de Cicerón pro domo sua, se encuentra un pasaje en el que la palabra fanaticus me parece difícil de explicar. El sedicioso Clodio, que hizo desterrar a Cicerón por haber salvado a la República, no sólo saqueó y derribó las casas que poseía ese gran hombre, sino que con la idea de que éste no volviera a entrar nunca en su casa de Roma, consagró el terreno que aquélla ocupaba, y los sacerdotes edificaron en él un templo a la libertad, o mejor dicho, a la esclavitud, en la que César, Pompeyo, Craso y Clodio tenían entonces a la República: ¡de ese modo en todos los tiempos sirvió la religión para perseguir a los hombres!

Cuando más tarde y en época más feliz levantaron el destierro a Cicerón, pleiteó ante el pueblo para conseguir que le devolvieran el terreno que ocupaba su casa, y pidió también que la edificaran a costas del pueblo romano. He aquí cómo se expresa:

«Aconsejad, pontífices, a ese hombre religioso; convencedle de que hasta la misma religión tiene sus límites, y que no hay que ser tan escrupulosos. ¿Qué necesidad tenéis, vos que sois consagrador, vos que sois fanático, de recurrir a supersticiones de vieja para asistir a un sacrificio que se celebra en una casa extraña?»

La palabra fanaticus, colocada como la coloca Cicerón, ¿significa insensato y abominable fanático, como la entendemos hoy, o significa consagrador, devoto y guardián de los templos? En ese caso, ¿es una injuria o una alabanza irónica? No me atrevo a decidirlo. Cicerón alude en ese pasaje a los misterios de la buena diosa que Clodio profanó, inmiscuyéndose en ellos disfrazado de mujer con una vieja para entrar en casa de César, para acostarse allí con la mujer de éste; parece, pues, que haya debido usar esa palabra por ironía, ya que antes llamó a Clodio hombre religioso.

El Diccionario de Trevoux dice también que las antiguas crónicas de Francia llamaban a Clovis «fanático» y «pagano». El lector quizá desearía que nos hubieran designado dichas crónicas. Confieso que no he podido encontrar ese epíteto aplicado a Clovis en los pocos libros que tengo en el monte Krapack, en donde moro.

Entiéndese hoy por fanatismo una locura religiosa, sombría y cruel. Es una enfermedad del espíritu, que se adquiere como las viruelas. Los libros la comunican menos que las asambleas y que los discursos. Rara vez nos acaloramos leyendo, porque entonces estamos sosegados; pero cuando el hombre ardiente y de ingenio habla con entusiasmo a imaginaciones débiles, sus ojos centellean, y el fuego de sus miradas, de su voz y de sus ademanes se contamina y conmueve los nervios del auditorio. Exclama: «Dios os está mirando; sacrificadle lo que no es mas que humano; combatid en los combates del Señor», y lanza al combate a sus oyentes.

El fanatismo es a la superstición lo que el delirio es a la fiebre, lo que la rabia es a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías, es un fanático novicio de grandes esperanzas; podrá pronto llegar a matar por el amor de Dios.

Bartolomé Díaz fue un fanático profeso; tenía en Nuremberg un hermano que se llamaba Juan, que no era todavía mas que un entusiasta luterano, que vivía convencido de que el Papa es el Anticristo; Bartolomé estaba convencido de que el Papa es Dios en el mundo, y salió de Roma con la intención decidida de convertir o de matar a su hermano. No pudiendo convencerle, lo asesinó. Poliuto, que en un día de solemnidad religiosa se presenta en el templo para derribar y destruir las estatuas de los dioses y los ornamentos, es un fanático menos horrible que Díaz, pero tan necio como él. Los asesinos de Francisco de Guisa, de Guillermo, príncipe de Orange, de los reyes Enrique III y Enrique IV y de otros personajes, fueron energúmenos, enfermos de la misma raza que Díaz. El ejemplo más horrible de fanatismo que ofrece la Historia fue el que dieron los habitantes de París la noche de Saint-Bartelemy, destrozando, asesinando y arrojando por las ventanas a sus conciudadanos que no iban a misa.

También hay fanáticos que conservan la sangre fría: pertenecen a esa clase los jueces que sentencian a muerte a los que no han cometido más crimen que el de no pensar como ellos, y son mucho más culpables y más dignos de la execración del género humano porque no obran acometidos por un acceso de furor, como Clemente, Chastel, Ravaillac y Damiens, y debían oír la voz de la razón.

El único remedio que hay para curar esa enfermedad epidémica es el espíritu filosófico, que, difundiéndose más cada día, suaviza las costumbres humanas y evita los accesos del mal, porque desde que esa enfermedad hace progresos es preciso huir de ella y esperar, para volver, que el aire se purifique. Las leyes y la religión son insuficientes contra la peste de las almas; la religión, en vez de ser para ellas un alimento saludable, se convierte en veneno en los cerebros infectados.

Los que se encuentran en este caso tienen siempre presente en la memoria el ejemplo de Aod, que asesina al rey Eglón; el de Judit, que corta la cabeza a Holofernes estando acostada con él; el de Samuel, que despedaza al rey Agag, etc., etc. No consideran que esos ejemplos, que son respetables en la antigüedad, son abominables en la época presente, y sacan sus furores de la religión que los anatematiza. Las leyes todavía son más impotentes para curar los accesos de rabia: se consigue con ellas lo mismo que se consigue leyendo un decreto del Consejo a un frenético. Los fanáticos están convencidos de que el Espíritu Santo, que los inspira, es superior a las leyes, y que su entusiasmo es la única ley que debe dirigirlos.

Casi siempre los bribones guían a los fanáticos y ponen el puñal en sus manos: se parecen al viejo de la montaña, que hacía, según se dice, gozar las alegrías del paraíso a los imbéciles y les prometía una eternidad de placeres, del que les había hecho concebir la fruición anticipada, con la condición de que asesinaran a las personas que él nombraría. Solo hay una religión en el mundo que no haya manchado el fanatismo, la de los hombres de letras de la China. Las sectas de los filósofos no sólo estuvieron exentas de esa peste, sino que fueron un remedio contra ella, porque el objeto de la filosofía es dar tranquilidad al alma, y el fanatismo es incompatible con la tranquilidad. Si ese furor infernal corrompió con frecuencia nuestra santa religión, sólo debe atribuirse este efecto a la locura humana.

III

Los fanáticos no siempre pelean en los «combates del Señor», y no siempre asesinan reyes y príncipes; algunos de ellos son tigres, pero la mayoría son zorros.

Los fanáticos de la corte de Roma tramaron un tejido de bellaquerías y de calumnias contra los fanáticos que seguían la secta de Calvino, y los jesuitas contra los jansenistas; y si nos remontamos mas alto, veremos que la historia eclesiástica, que es la escuela de las virtudes, es también la de las maldades que cometieron unas sectas contra otras: todas ellas tienen en los ojos la misma venda, ya cuando se trata de incendiar las ciudades y las aldeas de sus adversarios, ya cuando se trata de degollar a los habitantes, ya cuando sencillamente se proponen engañar, enriquecerse y dominar. Las ciega el mismo fanatismo y se figuran que obran bien.

Leed, si os es posible, los cinco o seis mil volúmenes de reproches que los jansenistas y los molinistas se hicieron unos a otros durante cien años respecto a sus bribonerías, y os convenceréis de que dejan atrás a Scapin y a Trivelin.

Una de las buenas picardías teológicas es, en mi opinión, la que hizo el obispo de una reducida diócesis que parte de ella pertenecía a Vizcaya y parte a Francia. En la parte del territorio francés había una parroquia que habitaron antiguamente algunos moros de Marruecos. El señor de la parroquia no era mahometano, era un buen católico, como todo el universo debe serlo, porque la palabra «católico» significa universal. Al referido obispo se le hizo sospechoso ese pobre señor, que no se ocupaba mas que de hacer bien, de tener malas ideas y malos sentimientos, de ser hereje. Le acusó de haber dicho, bromeándose, que había personas honradas en Marruecos lo mismo que en Vizcaya, y que el marroquí honrado no podía ser enemigo del Ser Supremo, que es padre de todos los hombres.

El obispo fanático escribió una carta muy larga al rey de Francia, que era señor soberano del pobre señor de la parroquia, en la que le suplicó que trasladase la morada de aquella oveja infiel a la Baja Bretaña o a la Baja Normandía, donde quisiera Su Majestad, para que no siguiera inficionando a los vascos con sus ofensivas burlas. El rey de Francia y su Consejo se burlaron como se merecía del obispo extravagante. El pastor de Vizcaya, que supo algún tiempo después que su oveja francesa estaba enferma, prohibió al cura del cantón que le administrase la Eucaristía si el enfermo no firmaba una cédula de confesión, en la que constara que no estaba circuncidado, que anatematizaba de todo corazón la herejía de Mahoma y las demás herejías, y que pensaba en todo como el obispo de Vizcaya.

Las cédulas de confesión estaban en moda en aquella época; pero el moribundo llamó a su casa al cura, que era un borracho imbécil, y le amenazó con que le haría ahorcar el Parlamento de Burdeos si no le daba enseguida el Viático, que necesitaba recibir sin pérdida de tiempo. El cura tuvo miedo, y se lo administró; el moribundo, después de la ceremonia, declaró en voz alta y ante testigos que el obispo le había calumniado ante el rey, acusándole de tener afición a la religión musulmana, declarando además que era buen cristiano y el obispo un calumniador; luego firmó esta declaración ante notario, y se sintió mejor, recobrando poco a poco la salud, hasta que la tranquilidad de su conciencia le curó completamente.

El obispo de Vizcaya, resentido de que un viejo moribundo se burlara de él, resolvió vengarse, y he aquí lo que hizo: al cabo de quince días mandó falsificar una profesión de fe del ex enfermo, suponiendo que el cura le había oído explicarse de aquella manera; hizo que éste la firmara, y además tres o cuatro campesinos de los que no habían asistido a la administración del sacramento. El acta que extendió, en la que no constaba la firma de la parte interesada, firmada por desconocidos y que desautorizaron testigos verdaderos, era visiblemente un crimen de falsedad, y como se cometía en materia de fe, pudo muy bien llevar al cura y a los falsos testigos a las galeras en este mundo y al infierno en el otro.

El señor castellano, que era chocarrero, pero que no tenia mala intención, se compadeció del alma y del cuerpo de aquellos miserables, y en vez de hacerles comparecer ante la justicia humana, se contentó con ponerlos en ridículo, declarando que haría imprimir, para que se publicara después de su muerte, toda la intriga del obispo, acompañada de las pruebas, para que sirviera de diversión a los lectores que les gustan las anécdotas.

 

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