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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

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Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

 

 

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FANATISMO (1) (2)

I

Fanatismo - Diccionario Filosófico de VoltaireFanatismo es el efecto de una conciencia falsa que sujeta la religión a los caprichos de la fantasía y el desconcierto de las pasiones.

Generalmente proviene de que los legisladores han tenido miras mezquinas, o de que se traspasaron los límites que ellos prescribían. Sus leyes sólo eran a propósito para una sociedad escogida. Extendiéndolas por celo a todo un pueblo y transportándolas por ambición de un clima a otro, debían haberlas corregido y acomodado a las circunstancias de los lugares y de las personas. ¿Y qué es lo que sucedió? Que ciertos espíritus de carácter más proporcionado al de la muchedumbre para la que se confeccionaron, recibiéndolas con gran calor, se convirtieron en apóstoles y hasta en mártires de ellas, antes que dejar de cumplirlas al pie de la letra. Otros caracteres, por el contrario, menos ardientes o más aferrados a las preocupaciones de su educación, lucharon contra el nuevo yugo, y sólo consintieron adoptarlo modificándolo, y de aquí nació el cisma entre los rigoristas y los mitigados, que hace furiosos a unos y a otros, a unos en favor de la esclavitud y a otros en favor de la libertad.

Imaginaos una inmensa rotonda, un panteón con mil altares: colocados debajo de la cúpula y dentro de ese inmenso edificio, divisaréis un devoto de cada secta, extinguida o subsistente; los pies de la Divinidad, que honra a su manera bajo todas las formas caprichosas que la imaginación pudo crear. A la derecha está un contemplativo tendido sobre una estera, esperando con el ombligo al aire que la luz celeste penetre en su alma. A la izquierda se ve un energúmeno prosternado que golpea el suelo con la frente, para que de él salga la tierra con abundancia. Aquí, un saltimbanqui que baila sobre la tumba del difunto que invoca. Allá, se descubre un penitente inmóvil y mudo, como la estatua ante la que él se humilla. Uno enseña lo que el pudor oculta, para que Dios no se ruborice de su semejanza; otro se tapa a cara, como si el Obrero tuviese horror de su obra. Éste vuelve la espalda hacia el Mediodía, porque por esa parte sopla el viento del demonio; aquél tiende los brazos hacia el Oriente, que es por donde Dios enseña su faz relumbrante. Jóvenes solteras, llorando, se magullan la carne todavía inocente para apaciguar al demonio de la concupiscencia de un modo capaz de irritarla. Otras jóvenes, en posición enteramente opuesta, solicitan aproximarse a la Divinidad. Un joven, con la idea de amortiguar el instrumento de la virilidad, lo oprime con anillos de hierro de un peso proporcionado a sus fuerzas; otro joven detiene la tentación en su origen por medio de inhumana amputación, y suspende en el altar los despojos de su sacrificio.

Salen del templo llenos del Dios que los agita, y difunden el pavor y la ilusión por toda la tierra; se reparten el mundo, y el fuego que los anima se enciende en sus cuatro extremidades; los pueblos oyen y los reyes tiemblan. El imperio que el entusiasmo de un solo hombre ejerce sobre la multitud que le ve o que le oye, el calor que las imaginaciones reunidas se comunican, los movimientos tumultuosos que aumentan la perturbación particular de cada uno, comunican el vértigo general a todos. Basta que un pueblo encantado vaya detrás de algunos impostores, para que la seducción multiplique los prodigios y para que se extravíe todo el mundo. El espíritu humano, cuando sale una vez de las vías luminosas de la Naturaleza, no vuelve a entrar ya en ellas; vaga errante alrededor de la verdad, sin encontrar mas que resplandores que, confundiéndose con las falsas claridades con que la superstición la rodea, acaban por sumergirle en las tinieblas.

Es horrible examinar el modo como la creencia de apaciguar al cielo por medio de la matanza, en cuanto se introdujo, se esparció universalmente por casi todas las religiones, que multiplicaron los motivos de hacer el sacrificio para que nadie se escapara de la inmolación. Unos pueblos inmolaban sus enemigos a Marte exterminador, como los escitas, que degollaban en sus altares la centésima parte de sus prisioneros; otros pueblos sólo hacían la guerra por tener víctimas que dedicar a los sacrificios. Unas veces pedía un dios bárbaro que sacrificaran a los hombres justos, y los getas se disputaban el honor de ir a llevar a Zamolxis los deseos de la patria; el que tenía la suerte feliz de ser destinado al sacrificio, se dejaba caer con toda su fuerza sobre lanzas plantadas en el suelo; si recibía un golpe mortal al caer sobre ellas, indicaba esto un buen augurio en el éxito de la negociación; pero si sobrevivía a la herida, era un perverso, del que Dios no debía hacer caso. Otros pueblos sacrificaban a los niños, a los que sus dioses pedían la vida que les acababan de dar. Ya sacrificaban su propia sangre; los cartagineses inmolaban sus propios hijos a Saturno, como si el tiempo no los devorase demasiado pronto. Ya ofrecían un sacrificio sangriento, como el que hizo Amestris, que mandó enterrar doce hombres vivos para obtener de Plutón con esta ofrenda más larga vida. Esa misma Amestris sacrificó además a la insaciable divinidad catorce niños de las primeras casas de la Persia, porque siempre los sacrificadores hicieron creer a los hombres que debían ofrecer en los altares lo que era más precioso para ellos. Basados en este principio, algunos pueblos inmolaban a los primogénitos; y otras naciones los rescataban por medio de ofrendas, que daban más utilidad a los ministros del sacrificio. Esto fue, sin duda, lo que autorizó en Europa la práctica que duró algunos siglos de consagrar al celibato los niños desde la edad de cinco años, y la de encerrar en el claustro a los hermanos del príncipe heredero, así como los degollaban en Asia.

Los indios, que practicaban la hospitalidad con todo el género humano, se jactaban de matar a los extranjeros virtuosos y sabios que iban a su país, con la idea de que quedaran allí sus virtudes y su talento, derramando de ese modo la sangre más pura. Entre los pueblos idólatras, los sacerdotes desempeñan en el altar el oficio de verdugos, y en la Siberia mataban a los sacerdotes para que se fueran al otro mundo a rezar por el pueblo, vertiendo de ese modo la sangre más sagrada.

Todavía se cometieron demencias más horribles. Pasaba la Europa para ir a Asia por un camino inundado de sangre de los judíos, que con sus propias manos se degollaban para no caer en poder de sus enemigos. Esta epidemia despobló la mitad del mundo habitado: reyes, pontífices, mujeres, niños y ancianos, todos se entregaban al vértigo sagrado que hizo degollar durante dos siglos innumerables naciones sobre el sepulcro de un Dios de paz. Entonces fue cuando se vieron oráculos mendaces, ermitaños guerreros, monarcas en los púlpitos y prelados en los campos, borrándose todos los estados y confundiéndose entre la plebe insensata; entonces traspasaron montañas y mares, abandonando legítimas posesiones para ir en pos de conquistas que ya no eran la de la tierra prometida; se corrompieron las costumbres bajo cielos extranjeros, y los príncipes, después de despojar sus reinos para rescatar un país que nunca les había pertenecido, acabaron por arruinarlos; millares de soldados, extraviados bajo el mando de muchísimos jefes, acabaron por no reconocer a ninguno, y por medio de la deserción apresuraron su derrota; esa terrible enfermedad concluyó por dejar su sitio a un contagio más horrible todavía.

El fanatismo mantenía el furor de conquistas lejanas, y apenas Europa acababa de restablecerse de sus pérdidas, el descubrimiento de un nuevo mundo apresuró la ruina del nuestro. Con la terrible consigna de «Conquistad y sojuzgad», desolaron la América y exterminaron a sus habitantes; en vano se agitan África y Europa para repoblarla, porque habiendo enervado la especie el veneno del oro y el veneno del placer, el mundo se vio desierto y amenazado de estarlo más cada día, por las guerras continuas que encendió en nuestro continente la ambición de extenderse por aquellas islas extranjeras.

Contemos ahora los millares de esclavos que hizo el fanatismo en Asia, donde la incircuncisión era una muestra de infamia; en África, donde llamarse cristiano era un crimen; en América, donde el pretexto del bautismo ahogó a la humanidad. Contemos los millares de hombres que murieron en los cadalsos en los siglos de persecución, o en las guerras civiles por la mano de sus conciudadanos, o por sus propias manos por medio de maceraciones excesivas. Recorramos la superficie de la tierra, después de pasar una ojeada sobre los varios estandartes desplegados en nombre de la religión, en España contra los moros, en Francia contra los turcos, en Hungría contra los tártaros; después de examinar las varias órdenes militares establecidas para combatir infieles a sablazos, fijemos nuestras miradas en ese tribunal horrible instituido contra los inocentes y contra los desgraciados para juzgar a los vivos, como Dios ha de juzgar a los muertos, pero con muy distinta balanza. En una palabra, examinemos todos los horrores cometidos durante quince siglos, renovados muchas veces en uno solo: los pueblos sin defensa degollados al pie de los altares, los reyes muertos por el veneno o por el puñal, un vasto Estado reducido a la mitad por sus propios ciudadanos, la espada sacada entre el padre y el hijo, los usurpadores, los tiranos, los verdugos, los parricidas y los sacrílegos violando todas las convenciones divinas y humanas por espíritu de religión, y tendremos escrita la historia del fanatismo y de sus hazañas.

 

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  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Edición: Isabel Blanco