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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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EXPIACIÓN

Expiación - Diccionario Filosófico de VoltaireEs quizás la más bella de las instituciones de la antigüedad esa ceremonia solemne que reprimía los crímenes advirtiendo que serían castigados, y que calmaba la desesperación de los culpables haciéndoles rescatar sus culpas con una serie de penitencias. Es indudable que los remordimientos deben haber precedido a las expiaciones, porque las enfermedades son más antiguas que la medicina y las necesidades han existido antes que los medios de satisfacerlas.

Debió preceder, pues, a todos los cultos la religión natural que perturbaría el corazón del hombre, cuando por ignorancia o por arrebato cometiese un acto inhumano. El amigo que en una disputa mata a su amigo; el amante celoso que da la muerte a la mujer sin la cual no podía vivir; el jefe de una nación que condena a la última pena al hombre virtuoso que es un ciudadano útil, son hombres que quedan sumidos en la desesperación si están dotados de naturaleza sensible. Les persigue su propia conciencia, y esta persecución es el colmo de la desgracia. No les queda mas que dos partidos que tomar: o el de la reparación o el de la reincidencia en el crimen. Las almas sensibles adoptan el primer partido; los monstruos escogen el segundo.

En cuanto se establecieron las religiones, las expiaciones empezaron a conocerse, aunque practicadas por medio de ceremonias ridículas: porque ¿qué relación puede haber entre el agua del Ganges y un homicidio, ni cómo el hombre puede repararlo bañándose?

En el artículo titulado Bautismo ya hicimos ver que era demencia y absurdo pensar que lo que lava el cuerpo lava el alma y borra las manchas que dejan las malas acciones. Poco después, el agua del Nilo poseyó la misma virtud que las aguas del Ganges; y a esas purificaciones añadieron otras ceremonias, que fueron más impertinentes todavía. Los egipcios sacaban dos machos cabríos y los sorteaban para ver cuál de los dos debía ser inmolado, arrojándole a un precipicio cargado con los pecados de los culpables. Llamaban a ese macho Azazel, esto es, expiador. ¿Podéis decirme qué relación existe entre los machos cabríos y los crímenes de los hombres?

Andando el tiempo permitió Dios que santificaran esa ceremonia los judíos, que copiaron muchos ritos egipcios; pero indudablemente fue el arrepentimiento y no el macho el que purificó el alma de los judíos.

Jasón, que mató a su cuñado Absirto, se presentó con Medea, más culpable que él, ante Circe, reina y sacerdotisa de Ea, que luego adquirió fama de notable hechicera. Circe los absolvió, sirviéndoles un cerdo cebado con leche y pasteles con sal. Con esos materiales pueden condimentarse excelentes platos; pero no devolver la vida a Absirto ni dar honradez a Jasón ni a Medea.

La expiación de Orestes, que se vengó de su padre por el asesinato de su madre, consistió en robar una estatua a los tártaros de Crimea. Para las expiaciones se inventaron luego los misterios. Los culpables recibían en ellos la absolución, sufriendo pruebas penosas y jurando que llevarían nueva vida.

Ya vimos en el artículo titulado Bautismo que los catecúmenos cristianos no se llamaron iniciados hasta que recibieron el bautismo. Es indudable que en esos misterios sólo lavaba las faltas el juramento de ser virtuoso. Esto es tan cierto, que el hierofante, en los misterios de Grecia, al disolver la asamblea, pronunciaba estas dos palabras egipcias: Koth omfeth, «velad, sed puros», lo que es al mismo tiempo una prueba de que los misterios provienen de Egipto y de que se inventaron para mejorar la condición del hombre.

Los sabios, en todas las épocas, hicieron lo posible para inspirar la virtud y por que la debilidad humana no cayera en la desesperación. Pero se cometían crímenes tan horribles que ninguno de los misterios podía aceptar. Nerón, a pesar de ser poderoso emperador, no pudo conseguir que le iniciaran en los misterios de Ceres. Constantino, según refiere Zósimo, no pudo obtener el perdón de sus crímenes, pues se manchó con la sangre de su esposa, de su hijo y de sus parientes. Estaba en el interés del género humano que esos terribles delitos no pudieran expiarse, que su absolución no excitara a cometerlos y que el horror universal pudiese detener alguna vez a los malvados.

Los católicos romanos tienen sus expiaciones, que se llaman penitencias. En el artículo titulado Austeridades ya dijimos el abuso que se hizo de tan saludable institución.

Las leyes de los bárbaros, que destruyeron el Imperio romano, disponían que se expiaran los crímenes por medio de dinero. Costaba doscientos sueldos de aquella época matar a un sacerdote y cuatrocientos matar a un obispo; de modo que un obispo equivalía a dos sacerdotes. Después de comportarse así con los hombres, trataron de comportarse con Dios, en cuanto se fue estableciendo la confesión. El papa Juan XII, que con todo quería lucrar, redactó la tarifa de los pecados. La absolución de un incesto le costaba a un laico cuatro libras tornesas y al hombre y a la mujer que habían cometido el incesto diez y ocho tornesas, cuatro ducados y nueve carlinos. La sodomía y la bestialidad también fueron tasadas: se pagaba por esos pecados noventa tornesas, doce ducados y seis carlinos.

Es difícil creer que León X cometiera la imprudencia de imprimir esa tarifa el año 1514, como se asegura. Pero sin embargo, hay que tener presente que entonces no saltaba aún ninguna chispa del incendio que luego provocaron los reformistas, que la corte de Roma estaba satisfecha de la credulidad de los pueblos y ni siquiera trataba de cubrir con un ligero velo sus rapiñas. La venta pública de las indulgencias, que se verificó al poco tiempo, prueba que la Santa Sede no tomaba ninguna precaución para ocultar las infamias a que estaban acostumbradas las naciones. En cuanto estallaron las quejas contra los abusos de la Iglesia romana, ésta hizo lo posible por evitarlas, pero no lo pudo conseguir.

Mi opinión respecto a dicha tarifa es que las ediciones que se han hecho de ella no son fieles; los precios no están proporcionados, ni son los mismos que inserta D'Aubigné, abuelo de Mad. de Maintenon, en la Confesión de Sancí. Creo que se estableció efectivamente una tarifa para los que iban a Roma en busca de la absolución o a comprar las dispensas. Pero creo también que los enemigos de Roma añadieron mucho a la tarifa para aumentar su odiosidad.

Lo cierto es que esas tarifas no las autorizó nunca ningún Concilio, que fueron hijas del más enorme de los abusos que inventó la avaricia y que respetaron los que tenían interés en que no se aboliese.


 

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