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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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EUCARISTÍA

Euaristia - Diccionario Filosófico de VoltaireLa mitad de Europa anatematizó a la otra mitad por el asunto de la Eucaristía, y corrió la sangre desde las orillas del mar Báltico hasta la falda de los Pirineos, durante doscientos años, por una palabra que significa «dulce caridad».

Veinte naciones, en esta parte del mundo, tienen horror al sistema de la transustanciación católica, y declaran que ese dogma es el último esfuerzo de la locura humana. Certifican el famoso pasaje de Cicerón, que dice que habiendo los hombres agotado todas las vehemencias imaginables, todavía no han ideado comerse el dios que adoran. Dicen esas naciones que casi todas las opiniones populares se fundan en equívocos y en el abuso de las palabras, y que los católicos romanos han fundado también el sistema de la Eucaristía y de la transustanciación en otro equívoco, pues han tomado en sentido propio lo que sólo puede decirse en sentido figurado, y que el mundo, desde hace seiscientos años, se ha ensangrentado por logomaquias y equivocaciones.

Sus predicadores en los púlpitos, sus sabios en los libros, los pueblos en sus discursos, repiten sin cesar que Jesucristo no tomó su cuerpo con las dos manos para dárselo a comer a los apóstoles; que un cuerpo no puede estar en mil partes a un mismo tiempo, en el pan y en el cáliz. En el pan que se devuelve en excremento, y en el vino que se convierte en orines no puede estar el Dios creador del universo; que ese dogma expone a la religión cristiana a la irrisión de los más ignorantes y al desprecio y a la execración del género humano. Eso dicen Tillotson, Smalridge, Turretin, Claude, Daille, Amyrault, Mestrezat, Dumoulin, Blondel y la multitud innumerable de reformadores del siglo XVI, mientras que el mahometano, apacible señor de África y de la parte más hermosa de Europa y de Asia, se burla desdeñosamente de nuestras disputas, y el resto del mundo las ignora.

No quiero mezclarme en la controversia; creo con fe cristiana todo cuanto la religión católica y apostólica nos enseña respecto a la Eucaristía, pero sin comprender una sola palabra.

He aquí mi único objeto. Se trata de poner a los crímenes el mayor freno posible. Los estoicos decían que llevaban a Dios en su corazón. Éstas son las palabras de Marco Aurelio y de Epicteto, que fueron los dos hombres más virtuosos del mundo, y querían significar que llevaban dentro de sí la parte del alma divina y universal que anima todas las inteligencias. La religión católica va más allá, y dice a los hombres: «Tendréis físicamente en vosotros lo que los estoicos sólo tenían metafísicamente. No os enteréis de lo que os doy a comer y a beber; creed únicamente que os doy a Dios y que entra en vuestro estómago; no le manche, pues, vuestro corazón con injusticias y liviandades.» He aquí, pues, cómo los hombres reciben a Dios en una ceremonia solemne, al resplandor de cien cirios, al son de una música que encanta sus sentidos y al pie de un altar relumbrante: la imaginación queda subyugada y el alma enternecida; nos desligamos de los lazos terrestres al unirnos con Dios, que penetra en nuestra carne y en nuestra sangre. ¿Quién se atreverá desde ese momento a cometer una sola falta, ni siquiera a concebirla? Indudablemente es imposible imaginar un misterio que contenga mejor la virtud de los hombres. Así raciocina la religión católica.

A pesar de estos raciocinios, Luis XI, al recibir a Dios, envenena a su hermano; el arzobispo de Florencia dando la comunión, y los Pazzi recibiéndola, asesinan a los Médicis dentro de la catedral. El papa Alejandro VI, al salir del lecho de su hija bastarda, da la comunión a su otro hijo bastardo, César Borgia, y padre e hijo matan en la horca, con la espada o con el veneno al que posee dos fanegas de tierra que les convenga adquirir. Julio II da y recibe a Dios; pero con la coraza en el pecho y el casco en la cabeza se mancha de sangre y de carnicería. León X recibe a Dios en el estómago, a sus queridas en los brazos y el dinero que arranca con las indulgencias en sus cofres y en los de su hermana. Troll, arzobispo de Upsal, manda llegar a su presencia a los senadores de Suecia para prestar obediencia a la bula del Papa que lleva en la mano. Van Galen, obispo de Munster, declara la guerra a todos los pueblos inmediatos y llega a ser famoso por sus rapiñas.

¿Qué podemos deducir de semejantes contradicciones? Que todos los personajes citados no creían verdaderamente en Dios, ni mucho menos que se comieran su cuerpo y se bebieran su sangre. Porque si lo hubieran creído no hubieran cometido tantos crímenes premeditados. Debemos, pues, deducir que el freno más fuerte para curar las atrocidades de los hombres ha sido el más ineficaz.

No sólo los grandes criminales que han gobernado y los que han tenido parte en el gobierno no han creído recibir a Dios, sino que no han creído en Él. El desprecio con que miraban los sacramentos que conferían les arrastraba a despreciar al mismo Dios. ¿Qué recurso, pues, nos resta para curar la insolencia, la violencia, la calumnia y la persecución? Convencer al poderoso que oprime al débil de que existe Dios. Por lo menos no se reirá de esta opinión, y si no cree que Dios está en su estómago, podrá creer que Dios está en la Naturaleza. Si no quiere someterse a la opinión del sacerdote católico que le dice: «Soy un hombre consagrado que tengo permiso para poner a Dios en tu boca», no resistirá al contemplar los astros y todos los seres animados, y oír la voz interna que le grita diciéndole: «Dios nos ha creado.»

 


 

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