ESTADOS, GOBIERNOS
Hasta hoy no he concedido a ningún hombre que haya gobernado un Estado. Diciendo esto no hago
referencia a los ministros que gobiernan efectivamente la nación dos o tres años, seis meses
o seis semanas; me
refiero únicamente a esos hombres ilustres que desde el fondo de su gabinete desarrollan su sistema de gobierno,
reforman el ejército, la Iglesia, la magistratura y la Hacienda.
El abad Bourzeis, conocido en el mundo político por
el cardenal Richelieu, empezó a gobernar la Francia el año 1645, y escribió el
Testamento político (que otras veces hemos mencionado), en el que quería alistar
a la
nobleza en la caballería, haciéndola servir tres años; que pagaran la contribución de la talla, la Cámara de las
Cuentas y los Parlamentos, y privar al rey del producto de esa gabela, asegurando además que para entrar en
campaña con cincuenta mil hombres, debe hacerse por economía un reclutamiento de cien mil. Afirma que
la
Provenza tiene más y mejores puertos que España e Italia juntas.
El abad Bourzeis no había viajado. Por otra parte, su obra está llena de anacronismos y de errores; en ella
afirma el cardenal Richelieu como nunca afirmó y habla como no habló jamás. Emplea un capítulo en decir
que la razón debe ser la regla del Estado y en probar este descubrimiento. Esa obra, nacida en las tinieblas,
ese hijo bastardo del abate Bourzeis, pasó durante mucho tiempo por ser hijo legítimo del cardenal Richelieu,
y todos los académicos, en sus discursos de recepción, elogiaban desmesuradamente esa obra magistral de la política.
Gatien de Courtilz, al ver el éxito que consiguió el
Testamento político de Richelieu, imprimió en La Haya,
el año 1693, el Testamento de Colbert, en el que insertó una carta que este célebre ministro dirigió al rey.
Es claro que si el citado ministro hubiera otorgado semejante testamento, debía haberse prohibido su publicación;
sin embargo, algunos autores citan ese libro. Un miserable, cuyo nombre se ignora, inventó también el
Testamento de Louvois, más malo todavía si cabe que el de Colbert, y un abad de Chevremont hizo
testar al duque de Lorena, publicando un libro
titulado el Testamento político de Carlos V, duque de Lorena y de Var, en favor del rey de Hungría.
Además, poseemos los Testamentos políticos del cardenal Alberoni, del mariscal de Belle-Isle y de Mandrín.
Bois-Guillebert, autor del Detalle de Francia, impreso en 1695, publicó el proyecto inejecutable
del diezmo real, tomando el nombre del mariscal Vauban. Un loco, llamado La Fouchère, que estaba en la miseria, inventó en 1720
un proyecto de Hacienda, que escribió en cuatro volúmenes, y algunos ignorantes han creído que el autor de esa obra
era el tesorero general La Fouchere, pensando que un tesorero no puede escribir un libro malo de Hacienda.
A pesar de lo dicho, hemos de convenir en que hombres muy ilustrados, y quizá muy dignos de gobernar
una nación,
han escrito sobre la administración de los Estados en Francia, en España y en Inglaterra. Sus libros han reportado
beneficios, no por haber corregido a los ministros que funcionaban cuando esos libros aparecieron, pues un ministro
ni se corrige ni se puede corregir, porque en cuanto crece, no admite ni instrucciones ni consejos;
no tiene tiempo
para oírlos, le arrastra la corriente de los asuntos de Estado; pero esos buenos libros forman la juventud destinada
a ocupar los altos destinos, reforman los principios e instruyen a la segunda generación.
En los últimos tiempos se ha examinado de cerca el lado fuerte y el lado débil de todos los
gobiernos. Lector que has viajado, que has leído y que has visto mucho, dime: ¿en qué Estado y bajo qué clase de
gobierno desearías
haber nacido? Concibo que a un gran señor terrateniente en Francia no le sabría mal haber nacido en Alemania,
y ser soberano en vez de ser vasallo. El par de Franela quedaría muy satisfecho si gozara de los privilegios
de los pares ingleses, porque sería legislador. El magistrado y el hacendista se encontrarían mejor en
Francia que en ninguna parte. Pero ¿qué patria debe escoger el hombre ilustrado libre, de fortuna mediocre
y que carezca de preocupaciones?
Un miembro del Consejo de Pondichery, bastante sabio, regresó
a Europa por tierra con un brahmán más instruido que lo son los de su categoría. El consejero le preguntó:
―¿Que os parece el gobierno del Gran Mogol?
―Abominable
–respondió el brahmán–; ¿cómo es posible
que sea feliz un Estado si le gobiernan los tártaros? Los rajás y los nababs están satisfechos de ese gobierno;
pero están descontentos los ciudadanos, y millones de ciudadanos son atendibles.
El consejero y el brahmán, en amigable conversación,
atravesaron toda el Asia Alta.
―Estoy viendo
–exclamó el brahmán– que no existe ni una sola República en esta vasta parte del mundo.
―Antiguamente existió la República de Tiro
–le contestó el consejero–, pero duró poco tiempo; había
también otra en la Arabia Pétrea, en un pequeño rincón llamado la Palestina, si se puede dar el nombre
de República a una horda de ladrones y de usureros, que los gobernaban ya
jueces, ya reyes, ya grandes pontífices, que quedó esclava siete u ocho veces, y al fin la expulsaron del
país que había
usurpado.
―Concibo
–repuso el brahmán– que debe haber en el mundo muy pocas repúblicas, porque los hombres rara vez
son dignos de gobernarse por sí mismos. Esa dicha sólo deben disfrutarla los pequeños pueblos que se
ocultan en las islas o entre las montañas, como los conejos que se esconden de los animales carnívoros,
pero que a la larga los descubren y éstos los devoran.
Cuando los dos viajeros llegaron al Asia Menor, el consejero dijo al brahmán:
―¿Puede concebirse que existiera una República establecida en un rincón de Italia, que durara quinientos años y
poseyera el Asia Menor, Asia, África, Grecia, las Galias, España y toda Italia?
―Pero pronto se convirtió en monarquía
–le replicó el
brahmán.
―Es verdad
–repuso el otro–; pero esa monarquía se derrumbó, y continuamente escribimos
disertaciones
tratando de averiguar las causas de su decadencia y de su caída.
―Trabajo perdido -objetó el indio-. Cayó ese
Imperio por haber existido, porque es preciso que todo caiga, como
un día caerá el Imperio del Gran Mogol.
―¿Creéis que el honor es lo que más falta hace en un Estado despótico y la virtud lo que hace más falta
a la República? –le preguntó el europeo.
El indio, después de hacerse explicar lo que se entiende por honor, le contestó que el honor era más necesario
en la República, y que se necesitaba mayor virtud en el Estado monárquico; añadiendo que el hombre que pretenda
que le elija el pueblo, no será elegido si está deshonrado; y en cuanto a la virtud, dijo que se necesitaba
mucha para atreverse a decir la verdad en la corte. El hombre virtuoso se
encuentra mucho mejor en la República, porque en esa clase de gobierno no necesita adular
a nadie.
―¿Creéis
–preguntó el europeo– que las leyes y las religiones se formaron con relación
a los
climas, así como es preciso abrigarse mucho en Moscú y llevar trajes muy ligeros en Delhi?
―Indudablemente
–le contestó el brahmán–; todas las leyes relativas
a la física están calcadas
en el meridiano que habitamos; el alemán no necesita tener mas que una mujer, y necesitan
tres o cuatro los persas. De la misma naturaleza son los ritos de la religión. Si yo fuera cristiano,
¿cómo había de decir misa en mi país, en el que no hay pan ni vino? Respecto a los dogmas, es diferente;
el clima no influye en ellos para nada. Vuestra religión, que empezó en Asia, fue expulsada de allí,
y existe en las inmediaciones del Báltico, donde fue desconocida en los primeros tiempos.
―¿En qué Estado y bajo qué dominación preferiríais vivir?
–le preguntó el consejero.
―En cualquier parte menos en mi país
–le respondió el compañero–, y muchos siameses,
persas y turcos dicen lo mismo.
―Contestadme categóricamente
–le replicó el europeo–: ¿qué Estado preferiríais?
―El Estado en que no se obedeciera mas que a las leyes
–contestó el brahmán.
―Esa contestación es muy ambigua
–repuso el consejero.
―Pero no por eso es mala.
―Pero ¿dónde está ese país?
―Es necesario buscarlo.
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