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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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ESTADOS, GOBIERNOS

Estados, gobiernos - Diccionario Filosófico de VoltaireHasta hoy no he concedido a ningún hombre que haya gobernado un Estado. Diciendo esto no hago referencia a los ministros que gobiernan efectivamente la nación dos o tres años, seis meses o seis semanas; me refiero únicamente a esos hombres ilustres que desde el fondo de su gabinete desarrollan su sistema de gobierno, reforman el ejército, la Iglesia, la magistratura y la Hacienda.

El abad Bourzeis, conocido en el mundo político por el cardenal Richelieu, empezó a gobernar la Francia el año 1645, y escribió el Testamento político (que otras veces hemos mencionado), en el que quería alistar a la nobleza en la caballería, haciéndola servir tres años; que pagaran la contribución de la talla, la Cámara de las Cuentas y los Parlamentos, y privar al rey del producto de esa gabela, asegurando además que para entrar en campaña con cincuenta mil hombres, debe hacerse por economía un reclutamiento de cien mil. Afirma que la Provenza tiene más y mejores puertos que España e Italia juntas.

El abad Bourzeis no había viajado. Por otra parte, su obra está llena de anacronismos y de errores; en ella afirma el cardenal Richelieu como nunca afirmó y habla como no habló jamás. Emplea un capítulo en decir que la razón debe ser la regla del Estado y en probar este descubrimiento. Esa obra, nacida en las tinieblas, ese hijo bastardo del abate Bourzeis, pasó durante mucho tiempo por ser hijo legítimo del cardenal Richelieu, y todos los académicos, en sus discursos de recepción, elogiaban desmesuradamente esa obra magistral de la política.

Gatien de Courtilz, al ver el éxito que consiguió el Testamento político de Richelieu, imprimió en La Haya, el año 1693, el Testamento de Colbert, en el que insertó una carta que este célebre ministro dirigió al rey. Es claro que si el citado ministro hubiera otorgado semejante testamento, debía haberse prohibido su publicación; sin embargo, algunos autores citan ese libro. Un miserable, cuyo nombre se ignora, inventó también el Testamento de Louvois, más malo todavía si cabe que el de Colbert, y un abad de Chevremont hizo testar al duque de Lorena, publicando un libro titulado el Testamento político de Carlos V, duque de Lorena y de Var, en favor del rey de Hungría. Además, poseemos los Testamentos políticos del cardenal Alberoni, del mariscal de Belle-Isle y de Mandrín.

Bois-Guillebert, autor del Detalle de Francia, impreso en 1695, publicó el proyecto inejecutable del diezmo real, tomando el nombre del mariscal Vauban. Un loco, llamado La Fouchère, que estaba en la miseria, inventó en 1720 un proyecto de Hacienda, que escribió en cuatro volúmenes, y algunos ignorantes han creído que el autor de esa obra era el tesorero general La Fouchere, pensando que un tesorero no puede escribir un libro malo de Hacienda.

A pesar de lo dicho, hemos de convenir en que hombres muy ilustrados, y quizá muy dignos de gobernar una nación, han escrito sobre la administración de los Estados en Francia, en España y en Inglaterra. Sus libros han reportado beneficios, no por haber corregido a los ministros que funcionaban cuando esos libros aparecieron, pues un ministro ni se corrige ni se puede corregir, porque en cuanto crece, no admite ni instrucciones ni consejos; no tiene tiempo para oírlos, le arrastra la corriente de los asuntos de Estado; pero esos buenos libros forman la juventud destinada a ocupar los altos destinos, reforman los principios e instruyen a la segunda generación.

En los últimos tiempos se ha examinado de cerca el lado fuerte y el lado débil de todos los gobiernos. Lector que has viajado, que has leído y que has visto mucho, dime: ¿en qué Estado y bajo qué clase de gobierno desearías haber nacido? Concibo que a un gran señor terrateniente en Francia no le sabría mal haber nacido en Alemania, y ser soberano en vez de ser vasallo. El par de Franela quedaría muy satisfecho si gozara de los privilegios de los pares ingleses, porque sería legislador. El magistrado y el hacendista se encontrarían mejor en Francia que en ninguna parte. Pero ¿qué patria debe escoger el hombre ilustrado libre, de fortuna mediocre y que carezca de preocupaciones?

Un miembro del Consejo de Pondichery, bastante sabio, regresó a Europa por tierra con un brahmán más instruido que lo son los de su categoría. El consejero le preguntó:

El consejero y el brahmán, en amigable conversación, atravesaron toda el Asia Alta.

Cuando los dos viajeros llegaron al Asia Menor, el consejero dijo al brahmán:

El indio, después de hacerse explicar lo que se entiende por honor, le contestó que el honor era más necesario en la República, y que se necesitaba mayor virtud en el Estado monárquico; añadiendo que el hombre que pretenda que le elija el pueblo, no será elegido si está deshonrado; y en cuanto a la virtud, dijo que se necesitaba mucha para atreverse a decir la verdad en la corte. El hombre virtuoso se encuentra mucho mejor en la República, porque en esa clase de gobierno no necesita adular a nadie.

 

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